El Vacie Capítulo 14 — La noche de vigilancia
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Capítulo 14 — La noche de vigilancia

El dispositivo se desplegó poco después de las diez de la noche alrededor de la finca de Gonzalo Valdelomar, una casa moderna de líneas limpias en la zona de Bellavista, con jardín trasero y un garaje de dos plazas visible desde la calle a través de una verja de barrotes finos, mucho menos ostentosa que el palacio familiar de Santa Cruz pero igual de custodiada por una tranquilidad de barrio residencial que parecía, aquella noche, casi ofensiva frente a la tensión que Reyes llevaba acumulada en el cuerpo desde primera hora de la tarde.

Reyes esperaba en el asiento del copiloto de un coche sin distintivos aparcado a media manzana de distancia, con Ismael al volante y un chaleco antibalas ajustado bajo la chaqueta que le resultaba, a pesar del calor todavía persistente de la noche de agosto, extrañamente reconfortante.

Dos coches más, con Roldán en uno de ellos, cubrían las salidas alternativas del barrio, mientras un cuarto vehículo permanecía junto al aeropuerto de San Pablo, por si acaso Gonzalo decidía, contra todo pronóstico, intentar un vuelo directo esa misma noche.

Las primeras dos horas transcurrieron con una lentitud exasperante, marcadas solo por el ir y venir esporádico de algún vecino paseando al perro, por el zumbido constante de los grillos entre los setos de los jardines cercanos, y por el intercambio ocasional de mensajes breves entre los distintos coches del dispositivo, confirmando, una y otra vez, que nada se movía todavía en el interior de la finca.

—¿Cuánto tiempo lleva usted en la escolta, Ismael? —preguntó Reyes, más por romper el silencio pesado del coche que por verdadera curiosidad, aunque la respuesta, cuando llegó, le interesó de verdad.

—Tres años en el cuerpo, ocho meses en escoltas, inspectora. Este es mi primer dispositivo de esta envergadura. La mayoría de mi trabajo hasta ahora ha sido protección de testigos en casos de violencia de género, nada tan… —dudó, buscando la palabra adecuada— tan grande como esto.

—No se preocupe. Grande o pequeño, el trabajo es el mismo: mantener con vida a la gente que depende de que hagamos bien nuestro trabajo. Eso no cambia por el tamaño del apellido del sospechoso.

Fue poco antes de la una de la madrugada cuando la radio del coche crepitó con la voz tensa de Roldán, apostado en el extremo opuesto de la manzana.

—Movimiento. La puerta del garaje se está abriendo. Luces encendidas en el vehículo.

Reyes sintió que el pulso se le disparaba de golpe, con la misma descarga de adrenalina que había sentido, semanas atrás, viendo el todoterreno negro en su retrovisor camino de los juzgados, aunque esta vez, por fin, con la ventaja de estar del lado que anticipaba el movimiento en lugar de padecerlo.

—Todas las unidades, atentas —dijo por radio, con la voz tan controlada como pudo conseguir—. Nadie intervenga todavía. Dejemos que salga a la calle antes de movernos, para no comprometer el operativo si decide dar marcha atrás al ver algo raro.

El coche de Gonzalo Valdelomar, un sedán oscuro distinto del todoterreno que Reyes ya conocía, salió de la finca y giró hacia el sur, alejándose del centro de la ciudad en dirección contraria al aeropuerto, una ruta que desconcertó, durante un instante, a todo el dispositivo.

—No va hacia San Pablo —dijo Ismael, arrancando el coche con cuidado, manteniendo una distancia prudente—. ¿Adónde cree que va, inspectora?

—No lo sé. Pero esa dirección lleva hacia Dos Hermanas, hacia la autovía de Cádiz. Si su intención es llegar hasta algún puerto del Estrecho con acceso a una embarcación privada, o cruzar a Marruecos por Algeciras, esa es exactamente la ruta que tomaría.

Roldán confirmó por radio la misma sospecha segundos después, y el dispositivo entero se reorganizó sobre la marcha, con los coches de apoyo desplazándose para cubrir la autovía en distintos puntos, manteniendo siempre una distancia que no delatara el seguimiento, mientras Reyes sentía cómo la noche entera se convertía, de golpe, en una carrera contrarreloj cuyo desenlace todavía no podía anticipar del todo.

Siguieron al sedán durante casi cuarenta minutos por la autovía, con el tráfico nocturno lo bastante escaso como para exigir una distancia mayor de la habitual, alternando qué vehículo llevaba la posición más cercana cada pocos kilómetros para no levantar sospechas, hasta que, poco después de Dos Hermanas, el coche de Gonzalo salió de la autovía por una desviación secundaria que Reyes no esperaba.

—No va hacia Cádiz —dijo Ismael, reduciendo la velocidad para mantener la distancia mientras el sedán se adentraba en una carretera comarcal estrecha, flanqueada por olivares que la oscuridad convertía en masas negras indistinguibles a ambos lados—.

Esto lleva hacia el campo, hacia alguna finca privada.

Reyes consultó el mapa en su móvil, con el pulso todavía acelerado, y confirmó lo que ya empezaba a sospechar.

—Hay una finca a cuatro kilómetros de aquí, registrada a nombre de la misma sociedad patrimonial que la casa de Gonzalo. Puede que no esté huyendo del todo, Ismael. Puede que vaya a reunirse con alguien antes de decidir su próximo movimiento.

Dejaron el coche a casi un kilómetro de distancia, ocultos tras un recodo de la carretera, y Reyes avanzó a pie junto a Ismael y dos agentes más que Roldán había hecho converger hacia el mismo punto, todos con el corazón acelerado por una mezcla de disciplina profesional y de la excitación innegable que precede a un momento decisivo, caminando entre los olivares con el mínimo ruido posible, guiados solo por la luz tenue de la luna y por el resplandor lejano de una vivienda iluminada al fondo del camino.

Desde un pequeño montículo cubierto de matorrales, a unos ochenta metros de la vivienda principal, Reyes pudo observar, con unos prismáticos de visión nocturna que uno de los agentes había traído en su equipo, el patio delantero de la finca, iluminado por dos focos exteriores que proyectaban largas sombras sobre la grava.

El sedán de Gonzalo estaba aparcado junto a otros dos vehículos: el todoterreno negro, inconfundible, y un tercer coche que Reyes no reconoció de inmediato, hasta que, ajustando el enfoque de los prismáticos, distinguió el mismo blasón dorado en la puerta que ya conocía de memoria.

Tres figuras se movían por el patio: Gonzalo, reconocible por su forma nerviosa de caminar; un hombre corpulento que, por la complexión y el andar, Reyes identificó de inmediato como Roberto Salido, algo que no encajaba del todo, dado que Salido debía seguir bajo custodia policial tras su detención semanas atrás.

Y una tercera figura, más alta, de complexión delgada, que permanecía apartada de las otras dos, con los brazos cruzados, observando la conversación con una quietud que a Reyes le resultó, incluso a esa distancia, inquietantemente familiar.

—Roldán —susurró por radio, con el corazón desbocado—. Confirme el estado de custodia de Roberto Salido ahora mismo. Necesito saber si sigue detenido.

Hubo un silencio de apenas diez segundos, que a Reyes le parecieron eternos, antes de que la voz de Roldán volviera a sonar por el auricular, con una tensión nueva.

—Cala, acabo de comprobarlo. Salido fue puesto en libertad bajo fianza hace cuatro horas, en un procedimiento exprés que nadie de nuestro equipo autorizó ni conocía. Alguien movió los hilos para sacarlo esta misma noche, sin que ninguno de nosotros lo supiéramos.

Reyes sintió que el suelo se le movía bajo los pies, con la certeza fría de que aquella liberación exprés de Salido, en mitad de la noche, sin conocimiento de su propio equipo, solo podía significar que la corrupción que llevaban semanas persiguiendo alcanzaba niveles mucho más altos y mucho más cercanos de lo que ninguno de ellos había querido admitir hasta entonces.

Volvió a enfocar los prismáticos hacia la tercera figura, intentando, sin éxito, distinguir algún rasgo que le permitiera identificarla con certeza a aquella distancia y con aquella luz escasa.

El hombre —porque por la complexión y la postura, Reyes estaba casi segura de que se trataba de un hombre— llevaba un abrigo ligero a pesar del calor de la noche, un detalle que le pareció, de manera inexplicable, más inquietante que cualquier otra cosa que hubiera observado hasta entonces.

—No podemos quedarnos aquí observando indefinidamente —susurró Ismael, a su lado, con la mano ya cerca de su arma reglamentaria—. Si tienen algún tipo de vigilancia perimetral, tarde o temprano nos van a detectar.

—Lo sé. Pero necesito identificar a esa tercera persona antes de que decidamos intervenir. Si es quien creo que puede ser, esto ya no es solo la detención de Gonzalo Valdelomar. Es mucho más grande que eso.

Roldán, que había conseguido acercarse con dos agentes más por el flanco opuesto de la finca, confirmó por radio que tenían suficientes efectivos para intervenir con garantías, y Reyes, tras un instante de duda que le pareció eterno, tomó la decisión que llevaba semanas preparándose para tomar.

—Vamos a intervenir. Ismael, usted y el agente Duarte cubren la salida trasera.

Roldán, usted y su equipo entran por el flanco norte.

Yo entro por la puerta principal con el resto.

Nadie dispara salvo que la vida de alguien esté en peligro inmediato.

Quiero a Gonzalo Valdelomar, a Salido, y a esa tercera persona, identificados y detenidos, no heridos ni muertos. ¿Entendido?

Un coro de confirmaciones susurradas por radio le respondió, y Reyes sintió, mientras se incorporaba desde su posición agazapada entre los matorrales, la misma descarga de determinación fría que la había acompañado la noche que había cruzado por primera vez, sola, la frontera de El Vacie, dispuesta a hacer lo que hiciera falta por encontrar a una niña que nadie más parecía dispuesto a buscar con la urgencia necesaria.