El Vacie Capítulo 13 — La nota bajo la puerta #2
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Capítulo 13 — La nota bajo la puerta #2

—Gonzalo Valdelomar tiene despacho propio, con papel de ese tipo con toda seguridad —dijo, finalmente—.

Pero también lo tiene su tío, su bufete de abogados, y probablemente una decena más de despachos relacionados con esta familia.

No es una prueba, Roldán. Pero es, otra vez, una pieza más que encaja en la misma dirección.

—Entonces sigamos encajando piezas, Cala. Tarde o temprano, va a haber tantas apuntando al mismo sitio que ni el mejor abogado del mundo va a poder convencer a un juez de que todas son casualidad.

El agente asignado a su escolta, un hombre joven llamado Ismael que apenas llevaba tres años en el cuerpo, se instaló esa misma noche en un coche aparcado frente a su portal, con instrucciones de no perderla de vista en ningún desplazamiento durante las próximas semanas, y Reyes, subiendo las escaleras hacia su piso con aquella presencia nueva vigilando la calle, sintió una mezcla extraña de alivio y de claustrofobia que no supo, del todo, cómo procesar.

Entró en el piso, comprobó, como cada noche desde la nota bajo la puerta, cada ventana y cada cerradura antes de sentarse en el sofá, y se quedó un momento mirando el cajón donde había guardado, semanas atrás, la carpeta azul de Algeciras, ahora sobre la mesa del salón, ya no escondida, como un recordatorio permanente de todo lo que un error de cálculo, una precaución insuficiente, podía llegar a costar.

Roldán la llamó justo cuando se disponía a acostarse, con una voz que ya no tenía nada de la formalidad profesional habitual entre ellos.

—Solo quería comprobar que está bien, Cala. Sé que esto no es fácil, tener a alguien vigilando su portal cada noche, sentir que ya no puede moverse por su propia ciudad con la libertad de antes.

—No es fácil, no. Pero prefiero esto a que le pase algo a Rocío, o a cualquiera de la gente que ha confiado en nosotros, por no haber tomado en serio una amenaza a tiempo.

—Sabía que iba a decir algo así. Por eso mismo, si necesita hablar en cualquier momento, de esto o de cualquier otra cosa, sabe que puede llamarme, ¿verdad? A cualquier hora, no solo por trabajo.

Reyes sonrió, por primera vez en todo el día, agradeciendo aquel gesto sencillo en medio de una jornada que había empezado con el hallazgo del anillo en la grabación y había terminado con una amenaza deslizada bajo su propia puerta.

—Lo sé, Roldán. Gracias.

Colgó el teléfono y se tumbó en la cama, todavía vestida, con la certeza de que el cerco alrededor de Gonzalo Valdelomar se estrechaba cada día un poco más, y con ella, también, el propio cerco que él y quienquiera que estuviera detrás de aquella nota intentaban tender alrededor de todos los que se habían atrevido, semana tras semana, a seguir tirando del hilo hasta el final.

Al día siguiente, Reyes acompañó a dos agentes de la valoración de riesgos hasta El Vacie, para informar personalmente a Fermín y Encarna de las nuevas medidas de seguridad que Ceballos había autorizado: una patrulla discreta pasando por la calle con más frecuencia de la habitual, un número de contacto directo para cualquier emergencia, y la recomendación, difícil de aceptar para cualquiera pero especialmente para una familia como la suya, de evitar rutinas fijas durante las próximas semanas.

—¿Rutinas fijas? —repitió Fermín, con una amargura que Reyes entendió de inmediato—.

Inspectora, yo llevo veinte años saliendo cada mañana a la misma chatarrería, a la misma hora, por el mismo camino.

Mi vida entera es una rutina fija. No sé vivir de otra manera, y no sé si a estas alturas de mi vida voy a aprender a hacerlo por miedo a un hombre que ni siquiera conozco.

—Lo entiendo, Fermín. Y no le pido que cambie su vida entera de la noche a la mañana.

Le pido, simplemente, que esté alerta, que varíe lo que pueda variar sin trastocarlo todo, y que confíe en que, si nota algo raro, algo que no encaje, nos llame de inmediato, sin esperar a estar completamente seguro.

Encarna, que había escuchado todo en silencio, con las manos entrelazadas sobre el regazo en aquel gesto que Reyes ya reconocía como una firma personal suya en los momentos de mayor angustia, intervino finalmente con una pregunta que llevaba días sin atreverse a formular en voz alta.

—Inspectora, ¿esto significa que mi hija corre más peligro ahora que antes? Porque si es así, prefiero que me lo diga claramente, sin suavizarlo, aunque me duela.

Reyes sostuvo la mirada de aquella madre, consciente de que le debía la misma honestidad brutal que le había pedido a Fermín semanas atrás, cuando había insistido en que le contara toda la verdad sobre el hombre del anillo.

—Creo que Rocío está más segura ahora que en ningún otro momento desde que desapareció, Encarna, precisamente porque está fuera del alcance directo de quien la amenaza, en un programa de protección profesional.

El peligro real, ahora mismo, se concentra más en quienes seguimos investigando activamente, y en las personas que ayudaron a protegerla antes de que llegara a ese programa.

Por eso las medidas que le estoy explicando hoy son para ustedes, no para ella.

Custodio, que había entrado a la casa poco después de que empezara la conversación, asintió desde la puerta, con una expresión grave pero decidida.

—Vamos a organizarnos, Encarna. Esta calle lleva noventa años cuidándose sola cuando nadie más quería hacerlo. Ahora, con la policía echando una mano de verdad, por primera vez, no va a sernos más difícil, sino más fácil.

Roldán la llamó esa misma tarde, de vuelta ya en la comisaría, con una urgencia en la voz que Reyes reconoció de inmediato como la de alguien que acababa de descubrir algo que no admitía demora.

—Cala, tengo movimiento en la cuenta de Gonzalo Valdelomar.

Ha transferido dos millones de euros a una cuenta en Suiza esta misma mañana, y su secretaria ha confirmado, sin saber muy bien por qué se lo preguntábamos, que ha cancelado todas sus citas de la próxima semana «por un viaje familiar imprevisto».

Reyes sintió que se le helaba la sangre, la certeza inmediata de que aquellos dos movimientos, juntos, solo podían significar una cosa.

—Está preparando la huida.

—Eso me temo. Si se marcha del país con ese dinero, con contactos y recursos como los suyos, va a ser prácticamente imposible localizarlo, y mucho más difícil todavía extraditarlo si decide instalarse en algún país sin acuerdo de cooperación judicial ágil con España.

—Necesitamos la orden de detención ahora, Roldán.

Hoy mismo, esta misma tarde si es posible.

No podemos esperar a que el perito termine de certificar la identificación del anillo, ni a que aparezcan más transferencias que rastrear.

Con lo que tenemos ya, más este movimiento sospechoso de fondos, tiene que bastar para conseguir, al menos, una retención cautelar de pasaporte mientras se completa la instrucción.

Ceballos movilizó cada contacto y cada favor pendiente que tenía acumulado en veintitrés años de carrera, y en menos de tres horas, un tiempo récord que ni el propio Roldán, con toda su experiencia, había visto nunca en un procedimiento similar, el juez Casals autorizó una orden de retención cautelar de pasaporte y una citación urgente para que Gonzalo Valdelomar compareciera ante el juzgado al día siguiente por la mañana, bajo amenaza de orden de busca y captura inmediata si no se presentaba.

—Ahora la pregunta es si conseguimos notificarle esa orden antes de que él decida que prefiere no esperar a mañana —dijo Ceballos, colgando el teléfono tras confirmar los últimos detalles con el juzgado, con el rostro tenso por la tensión acumulada de una tarde entera corriendo contra el reloj—.

Roldán, quiero un equipo vigilando su domicilio y sus oficinas esta misma noche.

Si intenta moverse hacia el aeropuerto, hacia la frontera, hacia cualquier sitio que no sea su propia casa, quiero saberlo en el momento exacto en que ocurra.

Reyes sintió, mientras la maquinaria de la investigación se ponía en marcha a su alrededor con una urgencia que llevaba semanas esperando ver, una mezcla de adrenalina y de vértigo que le recordó, curiosamente, a la sensación de la primera noche en El Vacie, cuando había comprendido, de golpe, que aquel caso iba a convertirse en algo mucho más grande de lo que nadie, ni siquiera ella misma, había estado dispuesto a admitir en un principio.

—Voy a estar en ese dispositivo de vigilancia esta noche, comisario. No pienso quedarme en casa esperando noticias mientras esto se decide.

Ceballos la miró un instante, sopesando la petición, y finalmente asintió, con una gravedad que dejaba claro que aquella noche, para todos ellos, iba a ser mucho más larga de lo que ninguno hubiera deseado.

—Está bien, Cala. Pero con Ismael pegado a usted en todo momento, y con el chaleco puesto desde el primer minuto.

Si esto sale como esperamos, mañana por la mañana Gonzalo Valdelomar va a estar sentado ante un juez explicando cada una de esas transferencias.

Y si sale mal… —dejó la frase suspendida, sin necesidad de terminarla, porque los dos sabían exactamente lo que implicaba aquel silencio.