Capítulo 13 — La nota bajo la puerta
Roldán la llamó a primera hora de la mañana con noticias sobre las cámaras de tráfico ampliadas, y Reyes acudió a la comisaría todavía con el sabor amargo de una noche de sueño irregular, interrumpido cada pocas horas por el más mínimo ruido del edificio, un crujido de tuberías, un portazo lejano, cualquier cosa que su cerebro, ya entrenado en el sobresalto, interpretaba como una amenaza potencial antes de que la razón consiguiera imponerse.
—Conseguimos una cámara privada de un edificio de oficinas, dos calles antes de donde usted lo despistó —dijo Roldán, mostrándole en la pantalla una imagen granulosa pero mejorada digitalmente—.
No da la cara con claridad, pero sí la complexión, la forma de conducir, y algo más importante: el reflejo, apenas un segundo, de una mano en el volante. Lleva un anillo.
Reyes sintió que el pulso se le aceleraba de golpe.
El anillo familiar de los Valdelomar, el mismo que Enrique llevaba en su casa palacio, el mismo que Gonzalo había recibido, según su propio tío, hacía poco más de dos años.
Ya no era solo el coche registrado a su nombre.
Era, con toda probabilidad, el propio Gonzalo Valdelomar al volante, persiguiéndola a ella y a una menor de doce años por las calles de Sevilla.
—Esto, junto con las transferencias, junto con el testimonio de Rocío sobre el blasón, ya no es una cadena de coincidencias, Roldán. Es un patrón que cualquier juez razonable tendría que tomarse en serio.
—Estoy de acuerdo. Voy a pedirle a un perito forense que certifique formalmente la identificación del anillo en la grabación, para que tenga valor probatorio real y no quede en una simple impresión nuestra.
Con eso, más las transferencias, más el testimonio de la niña, creo que por fin tenemos un caso que ni el mejor bufete de Sevilla puede desmontar fácilmente.
Reyes asintió, sintiendo una mezcla de alivio y de vértigo, consciente de que aquel avance, por sólido que fuera, también significaba que el cerco alrededor de Gonzalo Valdelomar se estrechaba de manera visible, y que un hombre acorralado, con recursos prácticamente ilimitados a su disposición, podía reaccionar de maneras que ninguno de ellos podía anticipar del todo.
Volvió a su piso de Pino Montano esa noche siguiendo, otra vez, una ruta deliberadamente irregular, con dos paradas innecesarias y un cambio de sentido a mitad de camino que Roldán le había recomendado como precaución mínima, y encontró, al llegar al rellano del tercero D, algo que no había estado allí por la mañana: un sobre blanco, sin sello ni matasellos, deslizado bajo la puerta de su piso.
Se quedó de pie frente a la puerta un momento, con el corazón latiéndole con fuerza y la mano suspendida en el aire sin atreverse todavía a tocar el sobre, mientras una parte de su cerebro, la parte entrenada por quince años de oficio, le repetía que debía llamar a la Científica antes de contaminar cualquier posible huella, y otra parte, mucho más primitiva, solo quería saber, cuanto antes, qué contenía aquel sobre y cuánto peligro corría en ese mismo instante, de pie en un rellano vacío, a solas.
Llamó primero a Roldán, con la voz tan controlada como pudo conseguir, y esperó junto a la puerta de un vecino, sin entrar en su propio piso, hasta que él llegó quince minutos después con un par de guantes de látex y una expresión tan tensa como la que Reyes sentía por dentro.
Roldán abrió el sobre con cuidado, sujetándolo por los bordes, y extrajo una única hoja de papel, sin membrete, con un texto breve escrito en letras de imprenta, mecanografiado o impreso, sin rastro alguno de caligrafía personal que pudiera identificar a su autor.
Inspectora Cala: sabemos dónde vive, sabemos dónde trabaja, y sabemos que cree tener algo sólido contra alguien que está muy por encima de lo que usted puede alcanzar.
Le damos un consejo gratuito, el único que le vamos a dar: hay expedientes que es mejor dejar cerrados.
El de Rocío Bermúdez ya se resolvió. La niña apareció, está a salvo, el caso podría cerrarse hoy mismo con las condenas que ya tiene aseguradas contra Almazán y Salido.
No hace falta que siga tirando de hilos que solo van a traerle problemas a usted, y a la gente que la rodea.
Reyes leyó la nota dos veces, sintiendo cómo cada palabra, calculadamente educada, calculadamente desprovista de amenazas explícitas que pudieran perseguirse penalmente con facilidad, le confirmaba, mejor que cualquier confesión directa, que estaban tocando algo mucho más grande y mucho más peligroso de lo que habían imaginado al principio.
—«La gente que la rodea» —repitió Roldán, con la mandíbula tensa, leyendo por encima del hombro de Reyes—. Eso no es solo una amenaza contra usted, Cala. Es una amenaza contra todos nosotros. Contra Rocío, contra su familia, contra cualquiera que haya colaborado con esta investigación.
—Lo sé. Y también es una confirmación, aunque indirecta, de que quien escribió esto sabe exactamente cómo va la investigación, incluida la parte que todavía no hemos hecho pública: que ya tenemos algo sólido contra alguien «muy por encima» de Almazán.
Eso no lo sabe cualquiera, Roldán. Eso lo sabe alguien con acceso real a información interna.
Ceballos llegó al piso de Reyes menos de media hora después, con dos agentes de la Científica que procesaron el sobre y la nota con la meticulosidad habitual, aunque todos sabían, sin necesidad de decirlo en voz alta, que un texto impreso sin caligrafía y sin huellas visibles, deslizado bajo una puerta en un edificio sin cámaras de seguridad, tenía pocas probabilidades de arrojar ninguna pista concluyente sobre su autor.
—Esto cambia las cosas de manera importante, Cala —dijo Ceballos, con el rostro más serio que Reyes le había visto en toda la investigación—.
A partir de esta noche, va a tener un agente de escolta permanente, dentro y fuera de horario de servicio.
No es negociable, y no quiero discutirlo.
Y voy a solicitar una valoración de riesgo formal, tanto para usted como para toda la familia Bermúdez, incluidos quienes participaron en el escondite de Rocío durante estas semanas.
—Comisario, si aumentamos tanto la presencia policial alrededor de todos ellos, vamos a hacer todavía más visible lo cerca que estamos de Gonzalo Valdelomar, y eso podría acelerar cualquier decisión desesperada que esté considerando.
—Prefiero esa visibilidad, Cala, a que le pase algo a usted, o a cualquiera de las personas que han confiado en nosotros estas semanas, por haber intentado mantener un perfil bajo que ya no podemos permitirnos.
Esta nota es la prueba de que ya saben que estamos cerca.
Ocultarlo ahora no protege a nadie. Solo nos deja más vulnerables.
Reyes llamó a Custodio esa misma noche, a pesar de lo tardío de la hora, sintiendo que no podía permitirse esperar hasta la mañana para advertirle de lo ocurrido.
—Custodio, siento llamarle tan tarde. Ha pasado algo que necesito que sepa cuanto antes.
—Dígame, inspectora.
Le explicó, con la mayor precisión posible, el contenido de la nota, la amenaza velada contra «la gente que la rodea», y la decisión de Ceballos de reforzar la seguridad no solo de ella misma sino también de la familia Bermúdez y de cualquiera que hubiera participado en la protección de Rocío durante las últimas semanas.
Hubo un silencio largo al otro lado de la línea, un silencio que Reyes ya había aprendido a interpretar como el de un hombre sopesando, con cuidado, las implicaciones completas de lo que acababa de escuchar.
—Esto ya no es solo sobre Rocío, ¿verdad, inspectora? Es sobre demostrarle a toda esta ciudad que hay gente por encima de la ley, capaz de amenazar a una inspectora de policía en la puerta de su propia casa sin que nadie pueda hacer nada al respecto.
—Es exactamente eso, Custodio. Y por eso mismo no pienso parar. Pero necesito que usted, Rosario, Fermín, todos los que han estado implicados en esto, extremen la precaución en los próximos días. No puedo garantizarles que no intenten algo similar con cualquiera de ustedes.
—Aquí llevamos noventa años acostumbrados a vivir con precaución, inspectora. No es una novedad para nosotros. Pero le agradezco que nos avise, en vez de dejarnos descubrirlo solos, como tantas otras veces.
Los resultados preliminares de la Científica llegaron dos días después, con Roldán presentándolos en la sala de mapas con una carpeta fina que, a pesar de su tamaño, contenía un hallazgo que ninguno de ellos había anticipado.
—No hay huellas, como esperábamos. Papel genérico, tinta de impresora láser común, imposible de rastrear por sí sola.
Pero el análisis del papel ha revelado algo interesante: la composición de la fibra coincide con un lote de papel de alta gama, usado habitualmente en despachos de abogados y notarías de nivel, no en una papelería cualquiera.
—¿Puede rastrearse ese lote hasta algún proveedor concreto?
—Es un fabricante que distribuye a media Andalucía, así que no nos da un nombre directamente.
Pero sí reduce el círculo de posibles orígenes a un tipo de establecimiento muy concreto.
Nadie escribe una nota de amenaza en papel de despacho de lujo por casualidad, Cala.
O quien la escribió tiene acceso a ese tipo de papel en su trabajo, o quiso, deliberadamente, dejar esa pista como una forma sutil de recordarnos con quién estamos tratando.
Reyes se quedó pensando en aquella posibilidad, la de una amenaza firmada, en cierto modo, por el propio material en que estaba escrita, un gesto de arrogancia casi imperceptible por parte de alguien tan acostumbrado al poder que ni siquiera en un acto de intimidación anónima conseguía renunciar del todo a los símbolos de su propio estatus.