Capítulo 12 — El precio de la confianza #3
—Doce mil euros por «servicios de consultoría», tres días antes de que Rocío desapareciera —repitió Reyes, sintiendo cómo la pieza final del rompecabezas, la que llevaba semanas persiguiendo sin conseguir atrapar del todo, encajaba por fin con una claridad que le heló la sangre—.
Eso no es un pago legítimo, Roldán. Eso es el precio de un encargo.
—Eso es lo que va a tener que decidir un juez, Cala.
Pero yo, si me pregunta a mí, no le veo otra explicación razonable.
Y hay algo más. —Roldán señaló otra línea, unas semanas anterior—.
Hay una transferencia parecida, de ocho mil euros, un mes antes, a la misma cuenta de Salido.
Concepto: «anticipo de consultoría». Sea lo que sea lo que Gonzalo Valdelomar contrató con Salido, no fue algo improvisado de un día para otro. Llevaba semanas planeándose.
Reyes se quedó mirando los documentos extendidos sobre la mesa, sintiendo el peso completo de lo que aquello significaba: ya no hablaban de sospechas circunstanciales, de anillos descritos por una niña asustada o de blasones heráldicos en la puerta de un coche.
Hablaban de dinero, de fechas, de un rastro documental que un buen fiscal podría presentar ante cualquier tribunal con la certeza de estar pisando terreno firme.
—Mañana a primera hora se lo llevamos a Ceballos y al juez Casals —dijo, finalmente, con una determinación renovada—. Creo que por fin tenemos suficiente para pedir la detención formal de Gonzalo Valdelomar.
Se quedaron los dos un momento en silencio, contemplando los documentos que, con toda probabilidad, iban a cambiar el curso entero de la investigación a partir de la mañana siguiente, y Reyes sintió, mezclada con la satisfacción profesional del hallazgo, una inquietud que no conseguía sacudirse del todo, alimentada por la frase enigmática que Almazán le había dedicado aquella misma mañana en el pasillo del juzgado.
—Roldán, ¿usted cree que Gonzalo Valdelomar actuó solo, o que hay alguien más arriba, dando las órdenes, y que él es solo el intermediario con el dinero y el apellido para ejecutarlas sin levantar sospechas?
Roldán se quedó pensando un momento, con la mirada fija en los documentos bancarios extendidos sobre la mesa.
—No lo sé, Cala. Pero después de todo lo que hemos visto estos diez días, ya no me sorprendería nada.
Empezamos investigando a un empresario desesperado por salvar su negocio, y hemos terminado destapando una red que incluye a un funcionario corrupto, a un sobrino de una de las familias más poderosas de la ciudad, y quién sabe a cuántas personas más que todavía no hemos identificado.
Cada vez que creemos haber llegado al final de la madeja, aparece un hilo nuevo del que tirar.
—Entonces sigamos tirando —respondió Reyes, recogiendo los documentos con cuidado para guardarlos en la carpeta que llevaría, a primera hora de la mañana siguiente, al despacho de Ceballos—. Hasta que no quede ni un solo hilo suelto.
Salió de la comisaría ya de madrugada, con la ciudad completamente dormida a su alrededor y la certeza renovada de que, por fin, después de diez días de pistas falsas, sospechas cruzadas y peligros que se multiplicaban cada vez que parecían a punto de resolverse, tenía en sus manos algo lo bastante sólido como para cerrar, de una vez por todas, el cerco sobre uno de los responsables directos de todo lo que Rocío Bermúdez había tenido que sufrir.
Condujo hacia Pino Montano con las ventanillas bajadas, dejando que el aire ya fresco de la madrugada le despejara la cabeza después de una jornada que había empezado con la despedida desgarradora de una familia entera y terminaba, doce horas después, con la promesa de una detención que podía cambiarlo todo.
Pensó, mientras la avenida desierta desfilaba tras el parabrisas, en la frase de Almazán, en la advertencia de Custodio, en la fe ciega de Rocío en que los adultos de su vida podían arreglar cualquier cosa si se lo proponían, y se prometió a sí misma, con la misma determinación silenciosa con que se había prometido, semanas atrás, no repetir los errores de Algeciras, que no iba a descansar hasta que aquella fe infantil resultara, por una vez, del todo justificada.
A primera hora de la mañana siguiente, Reyes y Roldán expusieron los hallazgos bancarios a Ceballos, que los escuchó con la misma atención concentrada que había mostrado ante cada revelación importante de los últimos diez días, aunque esta vez, cuando terminaron, se tomó un tiempo considerablemente más largo antes de responder.
—Esto es sólido, Cala. Mucho más sólido que nada de lo que hemos tenido hasta ahora contra Gonzalo Valdelomar. Pero antes de que nos precipitemos a pedir una detención, necesito que entienda algo sobre cómo va a reaccionar una familia como esa cuando vean venir el golpe.
—¿A qué se refiere, comisario?
—Me refiero a que en el momento en que solicitemos esa detención, van a desplegar el mejor bufete de abogados de Andalucía, y ese bufete va a intentar, con toda probabilidad, desacreditar cada pieza de esta investigación, empezando por el testimonio de una niña de doce años y terminando por cuestionar la cadena de custodia de cada documento bancario que hemos conseguido.
Necesitamos que todo esté perfectamente atado antes de mover ficha, porque si esto sale mal, no solo perdemos la oportunidad de condenar a Gonzalo Valdelomar.
Corremos el riesgo de que toda la investigación, incluida la parte ya sólida contra Almazán y Salido, se vea contaminada por la sombra de una acusación mal fundamentada contra alguien de tanto peso.
—Entonces, ¿qué propone, comisario? Cada día que pasa sin actuar es un día que Gonzalo Valdelomar tiene para destruir pruebas, para presionar a más gente, o para intentar algo todavía peor contra cualquiera de nosotros.
—Propongo que hagamos las cosas en el orden correcto, no en el más rápido.
Quiero que Roldán rastree cada transferencia adicional que pueda haber entre las dos sociedades, no solo las dos que ya tenemos.
Quiero que la fiscal revise personalmente cada documento antes de que se presente ninguna solicitud formal, para que no haya el más mínimo resquicio procesal del que un abogado pueda aprovecharse.
Y quiero, sobre todo, que intentemos localizar algo que vincule a Gonzalo directamente con la orden de vigilarla a usted, o de perseguirla el día de la declaración de Rocío, porque hasta ahora todo lo que tenemos prueba un pago sospechoso, no una orden concreta de hacer daño a nadie.
Roldán asintió, tomando notas con rapidez.
—Puedo pedir las cámaras de tráfico de un radio más amplio alrededor de los juzgados esa mañana, para ver si conseguimos identificar el todoterreno con más claridad, o incluso al conductor.
—Hágalo. Y Cala, mientras tanto, quiero que redoble su propia seguridad.
Nada de rutinas fijas, nada de trayectos predecibles.
Si Gonzalo Valdelomar es de verdad quien creemos que es, y sabe que estamos cerca, usted se ha convertido en el obstáculo más visible entre él y la impunidad que probablemente daba por segura hasta hace diez días.
Salió del despacho de Ceballos con las palabras de advertencia todavía resonándole en la cabeza, y decidió, antes de volver a casa esa noche, cambiar deliberadamente su rutina habitual: en lugar de la ruta directa hacia Pino Montano, condujo primero hacia el centro, aparcó cerca de la Alameda de Hércules, y caminó un rato entre las terrazas todavía animadas de un jueves de agosto, comprobando, con una atención que ya se había convertido en segunda naturaleza, que nadie la seguía.
Se sentó en una terraza pequeña, casi vacía, y pidió una cerveza que apenas tocó, dejando que el bullicio ajeno de la ciudad nocturna le sirviera, por una vez, de distracción en lugar de amenaza.
Pensó en Rocío, en su nuevo hogar temporal cuya dirección ni siquiera ella conocía; en Encarna y Fermín, aprendiendo a vivir con la ausencia de su hija como un acto de amor en lugar de abandono; en Custodio, sosteniendo sobre los hombros el peso de una comunidad entera que había depositado, por primera vez en generaciones, su confianza en un sistema que llevaba noventa años fallándoles.
Y pensó, también, en la frase de Almazán, en aquella advertencia envenenada sobre alguien a quien ella podía estar protegiendo sin saberlo, y sintió, con una claridad incómoda que llevaba días evitando del todo, que aquella frase no le abandonaba porque, en algún rincón de su instinto profesional, todavía no había terminado de descartarla.