El Vacie Capítulo 12 — El precio de la confianza #2
66%

Capítulo 12 — El precio de la confianza #2

La vista se celebró a la mañana siguiente en una sala pequeña de los juzgados, con Almazán sentado junto a su abogado con el mismo traje impecable que Reyes recordaba de la mañana del registro, aunque ahora con un aspecto más demacrado, con ojeras profundas y una delgadez que sugería que las últimas semanas en prisión preventiva le habían pasado factura de una manera que ningún sastre podía disimular del todo.

El abogado defensor expuso los argumentos habituales en estos casos: arraigo familiar sólido, ausencia total de antecedentes penales previos a esta causa, una trayectoria empresarial de más de dos décadas construida sin incidentes, y un estado de salud que, según certificaba un informe médico adjunto, incluía problemas cardíacos que requerían un seguimiento que la prisión, alegaba, no podía garantizar con la misma calidad que la vida en libertad.

La fiscal, una mujer de expresión seria y voz firme, respondió punto por punto, citando la gravedad de los cargos, el riesgo de fuga dado el patrimonio internacional del acusado, y sobre todo, el patrón de comportamiento que la investigación había revelado: coacciones documentadas, una agresión brutal a un testigo, y la sospecha fundada, aunque todavía sin cerrar del todo, de una red de intereses mucho más amplia que la propia empresa de Almazán.

El juez, un hombre distinto del que había tomado la declaración de Rocío, autorizó finalmente a Reyes a intervenir brevemente, y ella se levantó con el pulso firme, decidida a aprovechar cada segundo de aquella oportunidad.

—Señoría, en los últimos diez días hemos sido testigos de una agresión brutal a un testigo clave de esta causa, de una persecución directa a una menor y a la agente que la custodiaba, y de indicios sólidos que apuntan a que la red de intereses detrás de este caso se extiende mucho más allá del señor Almazán.

Conceder la libertad, aunque sea provisional, a uno de los responsables de esa red, en un momento en que la investigación todavía está identificando a otros implicados, supondría un riesgo real, no teórico, para la seguridad de todas las personas involucradas en este proceso, empezando por una niña de doce años que ya ha tenido que ser trasladada a un programa de protección de testigos.

El abogado defensor protestó, alegando que Reyes especulaba sobre implicaciones no probadas, pero el juez, tras un silencio que a Reyes le pareció interminable, tomó nota de cada palabra con una gravedad que le dio, por primera vez desde que había entrado en aquella sala, un motivo real para la esperanza.

El juez se retiró a deliberar durante casi una hora, un tiempo que Reyes pasó en el pasillo exterior, junto a Roldán y la fiscal, repasando mentalmente cada argumento expuesto, cada posible objeción, con la misma ansiedad con que había esperado, días atrás, el resultado de la solicitud de las órdenes de entrada en las oficinas de Almazán.

Cuando por fin volvieron a entrar en la sala, el juez leyó su resolución con la voz neutra y pausada propia de quien ha aprendido, con los años, a no dejar traslucir en el tono ninguna pista sobre el contenido de lo que va a anunciar.

—Vista la gravedad de los indicios y el riesgo acreditado para la seguridad de terceros implicados en el proceso, se deniega la solicitud de libertad provisional del acusado, que permanecerá en prisión preventiva sin fianza mientras continúe la instrucción de la causa.

Reyes sintió que se le escapaba, por fin, el aire que llevaba conteniendo desde que había entrado en la sala aquella mañana, y aunque no se permitió ningún gesto de celebración visible, delante del propio Almazán, que la observaba con una mezcla de rabia contenida y de resignación amarga, sintió que aquella victoria, pequeña dentro de la magnitud entera del caso, pesaba mucho más de lo que su tamaño hubiera sugerido a simple vista.

Al salir de la sala, escoltado de vuelta hacia el furgón que lo devolvería a prisión, Almazán se detuvo un instante frente a Reyes, con los dos agentes que lo custodiaban aflojando el paso lo justo para permitir aquel cruce, y le dedicó una mirada que ya no tenía nada de la cortesía fría de su despacho, sino algo mucho más desnudo, más cansado, casi confesional.

—Cree que ha ganado algo hoy, inspectora —dijo, con una voz baja que solo ella pudo escuchar—.

Y en cierto modo es verdad. Pero le voy a decir una cosa, ya que de todas formas voy a pasar los próximos meses, o años, encerrado por mis propios errores: yo no soy el problema real de este caso.

Nunca lo he sido del todo. Y el día que se dé cuenta de a quién ha estado protegiendo, sin saberlo, con cada decisión que ha tomado estos diez días, va a desear no haber conseguido nunca esta pequeña victoria de hoy.

Los agentes retomaron la marcha antes de que Reyes pudiera formular ninguna pregunta, y se quedó de pie en el pasillo del juzgado, con aquella frase enigmática resonándole en la cabeza con una insistencia que no conseguía aplacar, preguntándose si Almazán hablaba de Gonzalo Valdelomar, de alguien todavía sin identificar, o si, sencillamente, estaba intentando sembrar la duda y el miedo con las únicas armas que le quedaban ya, encerrado y con el futuro entero de su imperio empresarial reducido a escombros.

Compartió la frase de Almazán con Ceballos esa misma tarde, sentados los dos en su despacho con las persianas otra vez bajadas, un gesto que Reyes había empezado a asociar, casi de manera automática, con las conversaciones más delicadas de todo el caso.

—«A quién ha estado protegiendo, sin saberlo» —repitió Ceballos, dándole vueltas a la frase con la misma inquietud que Reyes había sentido desde el pasillo del juzgado—.

Puede ser una manipulación barata, Cala.

Los acusados en su situación suelen intentar sembrar dudas, dividir a quienes los investigan, cualquier cosa que les compre un poco de ventaja psicológica antes de que la maquinaria judicial siga su curso sin ellos.

—Lo sé, comisario. Y puede que tenga razón.

Pero después de todo lo que hemos descubierto estos diez días, no puedo permitirme descartar nada solo porque venga de la boca de alguien que tiene motivos para mentir.

A veces la gente más interesada en mentir es también la que más cerca está de la verdad que no quiere que se sepa.

Ceballos asintió, con gesto grave, y cambió de tema hacia el frente que sí podían controlar con hechos verificables.

—¿Cómo va la investigación patrimonial sobre Gonzalo Valdelomar?

—Avanzando, aunque despacio. El juez Casals ha autorizado el acceso a sus movimientos bancarios de los últimos dos años, y Roldán lleva toda la semana cruzando esos datos con las fechas clave del caso: la desaparición de Rocío, la agresión a Chano Vargas, la reactivación del plan de realojo por parte de Iglesias.

Si encontramos un solo pago, una sola transferencia que conecte a Gonzalo directamente con alguno de esos hechos, dejamos de hablar de indicios circunstanciales y empezamos a hablar de pruebas.

El primer encuentro supervisado entre la familia y Rocío se produjo cinco días después, en un parque público a las afueras de Sevilla, elegido por la Unidad de Protección apenas dos horas antes, sin previo aviso, tal como Solano les había advertido que ocurriría cada vez.

Reyes acompañó a Encarna y a Fermín hasta el lugar señalado, un banco junto a un pequeño estanque artificial rodeado de palmeras, y sintió, al ver a Rocío correr hacia sus padres en cuanto la reconoció a lo lejos, una emoción que no había esperado sentir con aquella intensidad, la misma que había sentido semanas atrás en la cueva de Alcalá, multiplicada ahora por todo lo que habían tenido que atravesar desde entonces para llegar hasta allí.

—Está más tranquila —le dijo Encarna a Reyes, un rato después, mientras Fermín jugaba con Rocío junto al estanque, lanzando migas de pan a unos patos que se acercaban con la confianza despreocupada de quien no sabe nada de sobres, ni de anillos, ni de hombres siguiendo coches por la ciudad—.

Duerme mejor, según me ha contado. Y dice que le gusta el sitio donde está, aunque no puede contarme mucho más.

—Me alegro mucho, Encarna. De verdad.

—Sé que todavía queda mucho camino, inspectora. Pero por primera vez desde que todo esto empezó, siento que estamos avanzando hacia algún sitio, en vez de solo sobreviviendo día a día.

Reyes asintió, observando a la familia reunida junto al estanque, con el sol de la tarde cayendo suave sobre el agua y los patos, y pensó, no por primera vez en las últimas semanas, en la distancia enorme que separaba aquel momento de paz frágil de la magnitud del peligro que todavía acechaba, en algún despacho elegante del centro de Sevilla, esperando el momento oportuno para volver a moverse.

Roldán la llamó esa misma noche, con una voz que dejaba entrever, incluso a través del teléfono, la magnitud de lo que acababa de encontrar.

—Cala, tiene que venir a la comisaría ahora mismo. Creo que hemos encontrado el pago.

Reyes condujo hacia el distrito Norte con el corazón acelerado, atravesando las calles ya vacías de la noche con una premura que le recordó, de manera incómoda, a la persecución de días atrás, y encontró a Roldán en la sala de mapas, con varios documentos bancarios extendidos sobre la mesa y una expresión de triunfo contenido que no le había visto en toda la investigación.

—Mire esto —dijo, señalando una línea concreta en un extracto bancario—.

Una transferencia de doce mil euros, realizada tres días antes de la desaparición de Rocío, desde una cuenta de la sociedad patrimonial de Gonzalo Valdelomar hacia una cuenta a nombre de Roberto Salido.

El concepto de la transferencia dice, textualmente, «servicios de consultoría».