El Vacie Capítulo 12 — El precio de la confianza
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Capítulo 12 — El precio de la confianza

La Unidad de Protección de Testigos ocupaba dos plantas discretas de un edificio sin identificación exterior en las afueras de Sevilla, cerca de Alcalá de Guadaíra aunque en dirección opuesta al castillo y al arrabal que Reyes ya conocía tan bien, un edificio de oficinas anodino entre polígonos industriales, elegido precisamente por su absoluta falta de nada que lo distinguiera de los almacenes vecinos.

Reyes acudió allí con Fermín y Encarna, dos días después de la persecución camino de los juzgados, para formalizar la incorporación de Rocío al programa, y se encontró con una inspectora de la Unidad, una mujer de mediana edad llamada Beatriz Solano, de trato seco pero eficiente, que les explicó el procedimiento con la precisión fría de quien lo ha repetido cientos de veces ante familias tan asustadas como aquella.

—Rocío va a trasladarse a un piso franco fuera de la provincia, gestionado exclusivamente por esta unidad —explicó Solano, mostrando un mapa en el que ninguna ubicación concreta aparecía señalada—.

Nadie fuera de esta unidad, ni siquiera ustedes, va a conocer la dirección exacta.

Van a poder verla, en un primer momento, en encuentros supervisados y programados con antelación, en lugares neutrales que nosotros mismos elegiremos cada vez, sin patrón fijo.

—¿Cuánto tiempo va a durar esto? —preguntó Encarna, con la voz quebrada, apretando la mano de Fermín con una fuerza que le blanqueaba los nudillos.

—Hasta que el riesgo real se haya neutralizado del todo, señora Bermúdez. Puede ser hasta el juicio. Puede ser más tiempo, si las circunstancias lo requieren. Sé que es una petición enorme la que les estamos haciendo, y lamento no poder darle una fecha exacta, porque sería mentirle.

Trajeron a Rocío media hora después, escoltada por dos agentes de la Unidad que se mantuvieron discretamente apartados mientras la familia se reunía, por última vez antes del traslado, en una sala pequeña con sofás de escay y una máquina de café en la esquina, un espacio tan impersonal como el resto del edificio pero que, durante los siguientes veinte minutos, se convirtió en el escenario de una despedida que Reyes, a pesar de los años de oficio, no consiguió presenciar sin que se le formara un nudo en la garganta.

—Vas a estar bien, mi niña, vas a estar bien —repetía Encarna, una y otra vez, entre lágrimas, acariciándole el pelo a Rocío con una ternura desesperada, como si aquel gesto pudiera, de alguna manera, quedarse grabado en la piel de su hija hasta el próximo encuentro—.

Y en cuanto todo esto termine, vamos a volver a ser una familia normal, con tus tonterías de la peluquería y tus discusiones con Sole por cualquier chico tonto del barrio.

Rocío asintió, con los ojos también llenos de lágrimas pero con una entereza que sorprendió, otra vez, a todos los presentes, la misma entereza inesperada que había mostrado durante la persecución de dos días atrás.

—¿Voy a poder dibujar allí donde me lleven? —preguntó, con una vulnerabilidad infantil que contrastaba, de manera conmovedora, con la madurez forzada que había tenido que desarrollar en apenas diez días.

—Vas a poder dibujar todo lo que quieras, cariño —respondió Solano, acercándose con una sonrisa que suavizaba, por un instante, la seriedad profesional de todo el procedimiento—. Y en cuanto podamos organizarlo, vas a volver a ver a tu familia, aunque tenga que ser en un sitio distinto cada vez.

Fermín se arrodilló junto a su hija, con las manos todavía ásperas de tantos años de chatarra pero moviéndose con una delicadeza extrema mientras le apartaba un mechón de pelo de la cara, y le habló en voz baja, casi en un susurro, algo que Reyes no llegó a escuchar del todo pero que reconoció, por el gesto de ambos, como una promesa entre padre e hija que no necesitaba testigos.

—Papá va a arreglarlo todo, ¿verdad? —preguntó Rocío, con una fe absoluta que a Reyes le encogió el pecho, la fe ciega de una niña que todavía creía, contra toda la evidencia acumulada de los últimos diez días, que los adultos de su vida podían arreglar cualquier cosa si se lo proponían de verdad.

—Vamos a arreglarlo entre todos, mi vida —respondió Fermín, con la voz quebrada pero firme—.

La inspectora, Rosario, el Rafita, toda la gente que te quiere.

Y tú solo tienes que hacer una cosa: estar tranquila, confiar en la gente que te van a poner delante, y esperar a que llegue el día en que todo esto sea solo un mal recuerdo del que hablaremos, dentro de unos años, como quien cuenta una historia que le pasó a otra persona.

Se llevaron a Rocío por una puerta distinta a la que Reyes y la familia habían usado para entrar, con Solano acompañándola con una mano apoyada, suavemente, en el hombro de la niña, y Encarna se derrumbó en cuanto la puerta se cerró, con Fermín sosteniéndola entre los brazos mientras ambos lloraban en silencio, en aquella sala impersonal de sofás de escay que, durante los próximos meses, probablemente sería el escenario de cada uno de los encuentros supervisados con su hija.

Reyes salió al aparcamiento con Fermín, ya más calmado, mientras Encarna se quedaba dentro un momento más, terminando de recomponerse antes de enfrentarse al trayecto de vuelta a casa.

—Gracias, inspectora —dijo Fermín, con la voz todavía rota pero ya recuperando algo de su compostura habitual—.

Por todo. Por no dejarnos solos en ningún momento de estos diez días, aunque el protocolo, o la lógica, o vaya usted a saber qué, le hubieran permitido hacerlo mucho más fácil para usted misma.

—No hubiera podido hacerlo de otra manera, Fermín. Y ahora, con Rocío a salvo, mi trabajo es asegurarme de que esto termine de verdad, no solo para Rocío, sino para que ninguna otra familia de El Vacie tenga que pasar por algo parecido nunca más.

Fermín asintió, y por un instante, algo parecido a una sonrisa cansada le cruzó el rostro.

—Custodio tenía razón sobre usted, inspectora. Y no es hombre que reparta razones con facilidad.

De vuelta en la comisaría, encontró a Roldán esperándola con una expresión que no auguraba buenas noticias, sentado frente a su mesa con una carpeta cerrada y los brazos cruzados, como si necesitara reunir fuerzas antes de compartir lo que llevaba dentro.

—¿Qué ha pasado?

—El abogado de Almazán ha presentado una solicitud de libertad provisional, alegando arraigo familiar, ausencia de riesgo de fuga y estado de salud delicado. La vista es mañana por la mañana.

Reyes sintió que se le tensaba algo en el pecho, la misma sensación de terreno movedizo que llevaba experimentando toda la semana cada vez que algo parecía, por fin, empezar a estabilizarse.

—¿Cree que se lo van a conceder?

—Con un buen abogado, sin antecedentes previos, y con la fianza que Almazán puede permitirse pagar sin pestañear, no sería la primera vez que un juez concede la libertad provisional en un caso como este, por muy grave que sea la acusación.

Y si Almazán sale, aunque sea con medidas cautelares, con retirada de pasaporte y comparecencias periódicas, va a tener mucha más libertad de movimiento de la que tiene ahora mismo entre rejas.

—Necesitamos que el fiscal se oponga con fuerza, Roldán.

Con todo lo que tenemos: la agresión a Chano Vargas, la amenaza documentada en el bar, el hecho de que ya intentó ocultar información falsificando un informe oficial a través de Iglesias.

Ese hombre ha demostrado sobradamente que, si tiene margen de maniobra, lo va a usar para intentar controlar el desenlace de este caso.

—Ya he hablado con la fiscal encargada, Cala. Va a oponerse con todo lo que tenemos. Pero quería que lo supiera esta misma tarde, para que no le pillara por sorpresa mañana, y para que decida si quiere estar presente en la vista.

—Voy a estar presente. Y voy a pedir permiso para hacer una declaración, si el juez me lo permite, sobre el riesgo real que supone la libertad de Almazán para la seguridad de los testigos de este caso.

Roldán asintió, aunque con una expresión que todavía guardaba una reserva que Reyes no tardó en identificar.

—Hay algo más, Cala, y no sé cómo va a sentarle. La solicitud de libertad de Almazán se presentó esta misma mañana, apenas dos horas después de que ustedes salieran de la Unidad de Protección de Testigos con Rocío. La coincidencia de horarios es, cuando menos, inquietante.

—¿Cree que alguien avisó a Almazán de que Rocío ya estaba bajo protección oficial, y que por eso su abogado se movió tan rápido?

—No lo sé con certeza, Cala. Pero un abogado no presenta una solicitud de libertad provisional de la noche a la mañana sin preparación previa.

Esto llevaba tiempo gestándose, seguramente desde antes incluso de la declaración de Rocío.

Puede que la coincidencia de horarios sea solo eso, una coincidencia, fruto de la casualidad burocrática de que la petición estuviera lista precisamente hoy.

O puede que alguien, sabiendo que Rocío ya estaba a salvo y que el riesgo de que Almazán intentara algo directamente contra ella se reducía, decidiera que era el momento perfecto para mover ficha.

Reyes se quedó pensando en aquello, sintiendo cómo la red de sospechas, en lugar de estrecharse con cada nuevo dato, parecía extenderse en todas direcciones a la vez, complicando cualquier certeza que hubiera conseguido construir en los últimos días.

—Esto no termina nunca, Roldán. Cada vez que creo que hemos cerrado un frente, se abre otro distinto.

—Bienvenida a los casos de verdad, Cala —respondió Roldán, con una media sonrisa cansada que pretendía aligerar, sin conseguirlo del todo, el peso de la conversación—. Los que salen en las películas se resuelven en dos horas. Los de verdad se parecen más a esto.