Capítulo 11 — La sala de espejo #3
Le explicó, con la mayor claridad posible, lo ocurrido aquella mañana: el todoterreno, la persecución, la maniobra para despistarlo, y la conclusión a la que había llegado junto a Ceballos y Roldán, que la cadena informal de protección familiar, por ingeniosa y por leal que hubiera sido hasta entonces, ya no bastaba frente a un adversario capaz de vigilar sus movimientos con semejante precisión.
Hubo un silencio largo al otro lado de la línea, el silencio de un hombre sopesando, una vez más, la decisión más difícil de toda su vida.
—¿Qué está proponiendo exactamente, inspectora?
—Un programa de protección de testigos formal, gestionado por el Estado.
Un lugar seguro, vigilado las veinticuatro horas, con identidad protegida si hiciera falta, hasta que el juicio contra Almazán, Salido, y quien sea que resulte estar detrás de todo esto, llegue a su fin.
Sé que va en contra de todo lo que su familia ha aprendido a hacer durante generaciones.
Pero se lo pido, Fermín, porque no puedo garantizarle que la próxima vez que alguien la siga, yo tenga la misma suerte de despistarlo a tiempo.
Fermín tardó casi un minuto entero en responder, un minuto que a Reyes le pareció eterno, cargado del peso de una decisión que sabía que no era realmente suya, sino compartida con Rosario, con Rafael, con toda una cadena de personas que habían arriesgado algo por proteger a Rocío durante los últimos diez días.
—Deme hasta mañana, inspectora. Necesito hablarlo con mi mujer, con Rosario, y necesito, sobre todo, preguntárselo a mi propia hija, que ya tiene edad para opinar sobre algo que le va a cambiar la vida, aunque sea por su bien.
Pero le voy a decir una cosa, ya, esta misma noche: después de lo de hoy, ya no me parece tan disparatado como me hubiera parecido hace una semana.
—Es todo lo que le pido, Fermín. Gracias.
Colgó el teléfono, pero antes de que pudiera moverse del sofá, otro mensaje entró en su móvil, esta vez de Custodio, escueto como todos los suyos: «Fermín me lo ha contado. Venga mañana, antes de hablar con nadie más. Necesito decirle algo.»
Colgó el teléfono y se quedó un momento sentada en la penumbra del salón, con la carpeta azul de Algeciras todavía sobre la mesa, cerrada pero ya no escondida, y pensó, mientras la ciudad seguía su ritmo nocturno al otro lado de la ventana, en la distancia enorme que separaba aquel primer día, cuando Ceballos le había hablado de El Vacie con el mismo desdén con que se habla de una avería vieja sin arreglar, del punto en el que se encontraban ahora: una familia entera dispuesta a confiar, por fin, en las instituciones que llevaban noventa años dándoles motivos de sobra para no hacerlo, y una investigación que ya no giraba en torno a un simple empresario desesperado, sino en torno a uno de los apellidos más poderosos de toda Sevilla.
Fue a El Vacie a primera hora de la mañana siguiente, antes incluso de pasar por la comisaría, intrigada por la urgencia del mensaje de Custodio, y lo encontró esperándola ya en la calle, de pie junto a su verja, con una expresión grave que Reyes no le había visto desde la primera noche.
—Inspectora, gracias por venir tan pronto. Necesitaba decirle esto en persona, no por mensaje, y necesitaba decírselo antes de que hablara con nadie más de la protección oficial para Rocío.
—Le escucho, Custodio.
—Esta calle entera va a apoyar la decisión que tome Fermín, sea la que sea.
Pero quiero que sepa que aceptar esa protección no es un gesto pequeño para nosotros.
Va a significar que, por primera vez en generaciones, una familia de El Vacie va a poner la vida de una de las suyas en manos de las mismas instituciones que llevan noventa años ignorándonos.
Y si eso sale mal, inspectora, si algo le pasa a esa niña estando bajo la protección del Estado, esta calle no se lo va a perdonar nunca.
Ni a usted, ni a Ceballos, ni a nadie con placa que vuelva a pisar estos callejones en los próximos cincuenta años.
Reyes sostuvo la mirada del hombre, sintiendo el peso completo de aquella advertencia, no como una amenaza sino como lo que realmente era: la medida exacta de la confianza que le estaban pidiendo que se ganara, y que no tendría una segunda oportunidad de recuperar si fallaba.
—Lo entiendo, Custodio. Y le doy mi palabra de que voy a supervisar personalmente cada detalle de esa protección, aunque tenga que discutir con quien haga falta para conseguirlo.
—No le pido su palabra, inspectora. Ya sé que su palabra vale algo, se lo he dicho antes.
Le pido que entienda lo que está en juego para nosotros, más allá del caso, más allá del juicio, más allá incluso de la propia Rocío.
Está en juego si esta calle vuelve a confiar en algo, en alguien, después de todo esto.
Y eso, para bien o para mal, va a depender de lo que pase en las próximas semanas.
Custodio le tendió la mano, un gesto formal que contrastaba con la cercanía que habían ido construyendo semana tras semana, y Reyes se la estrechó con la misma solemnidad, comprendiendo que aquel apretón de manos, sencillo y sin adornos, pesaba más que cualquier discurso institucional que hubiera pronunciado jamás en su carrera.
—Cuente conmigo, Custodio. Hasta el final.