Capítulo 11 — La sala de espejo #2
—¿Recuerdas algo del coche en el que llegó ese hombre, Rocío? ¿Algún color, alguna letra, algún dibujo? —preguntó la psicóloga, con la voz calmada de quien ha hecho aquella misma pregunta a decenas de niños asustados antes.
—Era negro, grande, brillante. Y tenía algo en la puerta, como un dibujo pequeño, dorado, no sé qué era, parecía una letra rara, como una uve pero con otra cosa encima, no me acuerdo bien.
Reyes sintió cómo, tras el cristal espejado, el pulso se le aceleraba de golpe.
Una uve con algo encima, dorada, sobre la puerta de un coche negro: el blasón heráldico de los Valdelomar, que había visto grabado, apenas unos días antes, sobre la puerta de piedra de la casa palacio en Santa Cruz, era exactamente eso, una V coronada por una pequeña corona nobiliaria estilizada.
El juez Casals, sentado junto a ella tras el cristal, anotó aquel dato con una expresión que ya no dejaba lugar a dudas sobre la gravedad de lo que estaban escuchando, y cuando la declaración terminó, cuarenta minutos después, con Rocío visiblemente agotada pero también, de alguna manera, aliviada por haber podido por fin contarlo todo con calma, Casals se volvió hacia Reyes con el rostro serio.
—Con un blasón heráldico específico, un vehículo de alta gama y la coincidencia física con Enrique Valdelomar, aunque él tenga coartada para esa noche, tengo base suficiente para autorizar una investigación patrimonial completa sobre Gonzalo Valdelomar, incluyendo sus cuentas y sus vehículos registrados.
Pero le voy a pedir, inspectora, la máxima discreción posible.
Si esta familia se entera de que estamos investigando formalmente a uno de los suyos antes de que tengamos algo irrefutable, van a desplegar un ejército de abogados capaz de paralizar esto durante meses.
Se reunieron con Ceballos esa misma tarde, en su despacho con las persianas bajadas de nuevo, para repasar, uno por uno, los tres nombres que habían conocido con antelación la hora y el lugar exactos de la declaración.
—Usted estaba conmigo en el coche, Cala, así que se descarta usted misma por pura lógica —dijo Ceballos, con un intento de aligerar la tensión que no llegó a funcionar del todo—. Quedamos el juez Casals y yo.
—El juez ha colaborado en todo momento, comisario. No parece el perfil de alguien que filtraría información para poner en peligro a una menor cuya declaración él mismo estaba a punto de tomar.
—Estoy de acuerdo, aunque eso no lo descarta del todo, por desgracia.
Y en cuanto a mí… —Ceballos se pasó una mano por la cara, con un gesto de cansancio genuino—.
Solo puedo decirle que no he sido yo, Cala, y que entiendo perfectamente que mi palabra, en este punto, vale exactamente lo mismo que la de cualquier otro sospechoso: no mucho, sin pruebas que la respalden.
—Hay otra posibilidad que deberíamos considerar —intervino Roldán, que llevaba un rato en silencio, dándole vueltas a algo—.
Puede que nadie filtrara la hora ni el lugar exactos.
Puede que, simplemente, alguien llevara días vigilando sus movimientos, Cala, sabiendo que tarde o temprano tendría que trasladar a la niña para algo así, y que ese todoterreno estuviera, sencillamente, siguiéndola a usted desde por la mañana, esperando el momento en que apareciera con alguien más en el coche.
Reyes se quedó pensando en aquella posibilidad, que resultaba, en cierto modo, casi tan inquietante como la de la fuga interna: si alguien había sido capaz de vigilarla a ella misma con la paciencia y los recursos suficientes como para anticipar sus movimientos sin necesidad de ningún soplo, el nivel de amenaza al que se enfrentaban era, si cabe, todavía mayor del que habían calculado hasta entonces.
—Sea cual sea la explicación, comisario, ya no me parece seguro que Rocío siga con la cadena informal de protección que la familia ha ido improvisando estos días —dijo, finalmente, con una determinación que llevaba horas fraguándose—.
Necesitamos ofrecerle una protección real, formal, con recursos del Estado, aunque eso signifique tener que convencer a Fermín y a Rosario de algo a lo que llevan toda la vida resistiéndose.
—Voy a tramitar la solicitud de protección de testigos esta misma noche —respondió Ceballos—. Pero le adelanto que la familia va a tener que confiar en nosotros más de lo que ha confiado hasta ahora, y después de lo de hoy, no sé si eso va a resultarles más fácil o mucho más difícil.
Devolvió a Rocío al punto de encuentro con Rosario ya avanzada la tarde, con un dispositivo de escolta mucho más visible esta vez, dos coches sin distintivos cubriendo la ruta en paralelo, y se despidió de la niña con un abrazo breve, sintiendo el peso renovado de todo lo que acababa de descubrir.
—¿Ha ido bien? —preguntó Rosario, con la cautela de quien ya intuye, por la expresión de Reyes, que algo no ha salido del todo según lo previsto.
—Rocío lo ha hecho muy bien, mejor de lo que esperábamos. Pero nos siguieron de camino, Rosario. Alguien sabía dónde íbamos, o nos vigilaba lo suficientemente cerca como para saberlo sin que nadie se lo dijera.
El rostro de Rosario se ensombreció, con una preocupación que ya no intentó disimular.
—Entonces ya no basta con esconderla entre nosotros, ¿verdad?
—Me temo que no. Vamos a necesitar hablar con Fermín sobre protección oficial, formal, con todos los recursos del Estado detrás.
Sé que va a costarle aceptarlo, después de todo lo que ha vivido esta familia.
Pero después de lo de hoy, no puedo garantizarle que la cadena que han montado, por muy bien pensada que esté, siga siendo suficiente.
Rosario asintió, despacio, con una expresión que mezclaba el miedo y una especie de resignación práctica, la de quien entiende que las reglas del juego, después de lo ocurrido esa mañana, ya no eran las mismas que hasta entonces.
—Hable con Fermín esta noche, inspectora. Y dígale que, sea lo que sea lo que decida, cuenta con mi apoyo. Ya no se trata de orgullo ni de desconfianza vieja. Se trata de que esa niña llegue viva al final de todo esto.
Reyes se despidió con la sensación extraña de haber ganado, aquel día, mucho más de lo que había perdido —un testimonio clave, un blasón heráldico que apuntaba con fuerza hacia Gonzalo Valdelomar, la promesa de una colaboración plena por parte de la familia— y sin embargo condujo de vuelta hacia Pino Montano con el peso de la persecución de esa mañana todavía instalado en el pecho, incapaz de sacudirse la imagen del todoterreno negro en el retrovisor, ni la pregunta que llevaba todo el día evitando formularse del todo: si alguien había sido capaz de seguirla con tanta precisión aquella mañana, ¿qué le impedía, la próxima vez, no limitarse a seguirla, sino a hacer algo mucho peor?
Llamó a Fermín esa misma noche, sentada en el sofá de su piso con la ventana abierta al patio de manzana, donde el niño de siempre seguía practicando, con una perseverancia que a Reyes empezaba a resultarle casi entrañable, las mismas escalas de guitarra que llevaba semanas sin terminar de dominar del todo.
—Fermín, necesito hablarle de algo importante, y necesito que me escuche hasta el final antes de decidir nada.
—La escucho, inspectora.