El Vacie Capítulo 11 — La sala de espejo
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Capítulo 11 — La sala de espejo

Rosario Cortés le indicó el punto de encuentro por un mensaje escueto, sin firma, recibido a las siete de la mañana: la parada de autobús frente al mercado de Triana, a las nueve en punto, ni un minuto antes ni un minuto después.

Reyes llegó con diez minutos de antelación, sola, tal como se había acordado, con un coche distinto al suyo habitual, prestado por Roldán para la ocasión con la excusa oficial de una avería mecánica, y se apostó junto a los puestos de fruta que empezaban a abrir, observando el ir y venir de la gente con una atención que le costaba disimular del todo.

Rosario apareció a las nueve en punto, con Rocío de la mano, ambas vestidas de manera anodina, casi invisible, con gafas de sol y un pañuelo cubriéndole el pelo a la niña, dos figuras que a ojos de cualquiera hubieran pasado por una abuela y su nieta haciendo la compra de un sábado cualquiera.

—Todo tranquilo por el camino —dijo Rosario, en voz baja, mientras ayudaba a Rocío a subir al asiento trasero—. Nadie nos ha seguido, o al menos nadie que yo haya sabido reconocer, y llevo media vida aprendiendo a reconocer cuándo alguien me sigue.

—Gracias, Rosario. De verdad.

—Cuídemela bien, inspectora. Y tráigamela de vuelta en cuanto termine todo esto.

Condujo hacia los juzgados de la calle Vermondo Resta por una ruta deliberadamente indirecta, cruzando el río dos veces, cambiando de avenida sin necesidad aparente, comprobando el retrovisor con una frecuencia que ya no intentaba disimular delante de Rocío, sentada en el asiento trasero con la mirada fija en el paisaje que desfilaba tras la ventanilla, en silencio, con esa quietud tensa de quien ha aprendido, en diez días, a convertir el miedo en algo parecido a la disciplina.

Fue al incorporarse a la avenida de la Constitución, apenas a diez minutos de los juzgados, cuando Reyes lo vio: un todoterreno negro, con las lunas tintadas, que llevaba ya dos cambios de carril exactamente iguales a los suyos, manteniendo siempre la misma distancia de dos coches, ni más cerca ni más lejos, con la disciplina fría de quien sigue sin querer ser descubierto.

—Rocío, cariño, necesito que te agaches un poco y te pongas el cinturón bien ajustado, ¿vale? Es solo precaución.

La niña obedeció sin preguntar, con una obediencia inmediata que a Reyes le dolió en el pecho, la obediencia entrenada de quien ya sabe, por experiencia reciente, que cuando un adulto pide algo así con esa voz, más vale no perder tiempo preguntando por qué.

Activó el manos libres y marcó a Roldán con el pulgar, sin apartar la vista de la carretera, con el todoterreno negro todavía firme en el retrovisor.

—Roldán, tengo compañía. Un todoterreno negro, lunas tintadas, me lleva siguiendo desde la Constitución. Necesito refuerzos discretos cerca de los juzgados, ya.

—Voy para allá, Cala, no cuelgue. ¿Puede ver la matrícula?

—Demasiado lejos y demasiado tráfico. Voy a intentar despistarlo antes de llegar, no quiero que ese coche sepa la entrada exacta que voy a usar.

Giró bruscamente hacia una calle lateral, estrecha, de las que solo conocen quienes llevan tiempo viviendo en el centro histórico, con el corazón latiéndole con una fuerza que le costaba controlar, y aceleró entre dos hileras de coches aparcados que apenas dejaban espacio para un vehículo, calculando cada metro con la precisión desesperada de quien no tiene margen para un segundo error.

El todoterreno, demasiado ancho para seguirla por aquella calle sin arriesgarse a rozar los coches aparcados a ambos lados, se quedó atrás, y Reyes aprovechó los siguientes tres minutos para encadenar giros sin sentido aparente, cruzando dos veces la misma plaza, hasta que, por el retrovisor, ya no vio ni rastro del vehículo negro.

El corazón le seguía latiendo con una fuerza dolorosa cuando por fin se atrevió a aminorar la marcha, con las manos todavía apretadas al volante y una fina capa de sudor frío pegándole la camisa a la espalda, mucho más de lo que el calor de agosto podía justificar por sí solo.

Miró por el retrovisor hacia el asiento trasero, donde Rocío seguía agachada, con el cinturón bien ajustado y los ojos muy abiertos, sin llorar, sin gritar, con esa quietud disciplinada que a Reyes, en aquel instante, le pareció más desgarradora que cualquier ataque de pánico.

—¿Estás bien, cariño?

—¿Era él? —preguntó la niña, con una voz diminuta que apenas se oía por encima del ruido del motor—. ¿El hombre del anillo?

—No lo sé, Rocío. Pero estamos a salvo ahora mismo, te lo prometo. Vamos a llegar a un sitio con muchos policías, y allí nadie te va a hacer daño.

Rocío asintió, sin del todo convencida, y volvió a mirar por la ventanilla con esa expresión de alerta permanente que Reyes ya había visto instalarse, semana tras semana, en el rostro de una niña que debería haber estado, aquel verano, preocupada como mucho por sus trenzas y por un salón de peluquería imaginario, no por coches negros que la perseguían por las calles de su propia ciudad.

Llegaron a los juzgados con quince minutos de retraso sobre la hora prevista, con Roldán ya esperando en la puerta trasera junto a dos agentes de paisano, y Reyes bajó del coche con las piernas todavía temblorosas, ayudando a Rocío a salir con una calma que le costó fingir mucho más de lo que hubiera querido.

—¿Está bien? —preguntó Roldán, con el rostro pálido, ayudándola a asegurar la puerta trasera del edificio en cuanto estuvieron todos dentro.

—Estamos bien, las dos. Pero eso confirma lo que temíamos, Roldán. Solo tres personas sabían la hora y el lugar exactos de hoy, y alguien, de alguna manera, lo supo también.

—Conseguí parte de la matrícula cuando pasó frente a nosotros al entrar en la calle donde usted lo despistó —dijo Roldán, mostrándole el móvil con una fotografía borrosa pero legible en sus últimos tres caracteres—.

No es mucho, pero es algo. Voy a cruzarlo con la base de datos de vehículos de alta gama registrados en la provincia.

Tardó menos de una hora en obtener una respuesta, mientras Reyes esperaba junto a Rocío en una sala de espera reservada, con dos agentes de paisano custodiando la puerta y un vaso de agua que la niña apenas tocaba, con las manos todavía temblando levemente.

—Hay siete vehículos que coinciden con esos tres últimos caracteres y ese modelo en toda la provincia —anunció Roldán, entrando con el rostro tenso—.

Cinco pertenecen a empresas de alquiler, sin ningún nombre que nos diga nada.

Pero dos son de titularidad particular. Uno pertenece a un empresario de la construcción sin relación aparente con nuestro caso.

El otro… —hizo una pausa, con el peso de lo que estaba a punto de decir —.

El otro está registrado a nombre de una sociedad patrimonial cuyo administrador único es Gonzalo Valdelomar.

Reyes sintió cómo la pieza final, la que llevaba días esperando encontrar, encajaba por fin con una precisión que ya no dejaba margen razonable para la duda: el anillo descrito por Rocío, el blasón heráldico visto en el coche, y ahora la matrícula parcial coincidiendo con un vehículo de su propiedad.

Todo apuntaba, con una insistencia que empezaba a resultar casi obscena en su claridad, hacia el mismo nombre.

—Con esto, comisario, ya no hablamos de una sospecha razonable. Hablamos de un patrón que un juez difícilmente podría ignorar.

—Estoy de acuerdo, Cala. Pero también sé, por experiencia, que un buen abogado va a argumentar que cualquiera pudo tener acceso a ese vehículo, que estaba aparcado en algún sitio y alguien lo cogió sin su conocimiento, que hay mil explicaciones alternativas para una matrícula parcial y un blasón que, al fin y al cabo, decora la puerta de un coche que circula libremente por la ciudad.

Necesitamos algo que lo vincule directamente a él, sentado al volante o dando la orden, no solo al vehículo.

—Entonces vamos a conseguirlo.

La sala de la cámara Gesell tenía un aspecto casi acogedor, decorada con cuidado para que no pareciera un espacio judicial: una alfombra de colores, una mesa baja con lápices y papel, un sofá pequeño donde Rocío se sentó junto a una psicóloga especializada en menores, mientras Reyes, el juez Casals y un secretario judicial observaban desde la sala contigua, tras el cristal espejado que daba nombre al procedimiento.

Reyes se sentó en la penumbra de la sala de observación, todavía con el pulso alterado por la persecución de esa misma mañana, y sintió, mientras veía a Rocío acomodarse en el sofá al otro lado del cristal, una punzada de culpa que no esperaba: aquella niña, que ya había tenido que huir una vez, esconderse dos, y ahora enfrentarse a un interrogatorio formal por muy amable que fuera el formato, seguía pagando, capítulo a capítulo, el precio de haber estado en el lugar equivocado en el momento equivocado.

La psicóloga, una mujer de voz suave y gestos pausados, empezó con preguntas sencillas, casi triviales, sobre el colegio de Rocío, sobre su prima Sole, sobre si le gustaba peinar muñecas, dejando que la niña se relajara antes de acercarse, poco a poco, sin prisa, a la noche que había cambiado su vida entera.

Rocío habló con una claridad que sorprendió a todos los presentes, guiada con delicadeza por las preguntas suaves de la psicóloga, reconstruyendo la noche de su desaparición con un detalle que su testimonio anterior, dado en la angustia de la cueva de Alcalá, no había alcanzado del todo.

—El hombre del anillo llevaba un papel en la mano, antes de dárselo al otro hombre —dijo Rocío, con la voz clara aunque algo temblorosa—.

Y antes de irse, se quedó mirando hacia las casas, hacia El Vacie, y dijo algo así como «que se vayan de una vez, ya han tenido tiempo de sobra».

No sé si lo dijo por lo del terreno, o por otra cosa, pero recuerdo que lo dijo con mucho enfado, como si llevara mucho tiempo esperando algo que no llegaba.