Capítulo 10 — Los que entran por la puerta lateral #3
Reyes sintió cómo aquella noticia, lejos de aclarar el panorama, lo enturbiaba todavía más, abriendo la posibilidad de que la propia investigación sobre la fuga se hubiera desviado, sin saberlo, hacia una pista tan falsa como la del hombre del anillo unos días antes.
—Entonces prácticamente cualquiera pudo ser quien salió por esa puerta.
—Prácticamente cualquiera con acceso al edificio, sí.
Lo cual no descarta a Contreras del todo, pero tampoco lo señala con la claridad que teníamos ayer.
Vamos a tener que confiar en la trampa de la declaración de Rocío para de verdad acotar el círculo, Cala.
Es la única prueba que no depende de un sistema de seguridad obsoleto.
Reyes colgó el teléfono con una sensación de vértigo renovado, consciente de que las próximas cuarenta y ocho horas, con la fecha y el lugar de la declaración conocidos solo por tres personas, iban a convertirse en la prueba definitiva de fuego para descubrir, de una vez por todas, si el enemigo que llevaba días persiguiendo desde fuera tenía de verdad un aliado esperándola desde dentro, o si el miedo y la sospecha, alimentados por una semana entera de sobresaltos, habían empezado a hacerle ver amenazas donde solo había coincidencias.
Pasó la noche anterior a la declaración prácticamente en vela, tumbada en el sofá con la carpeta azul de Algeciras abierta sobre el pecho, releyendo por enésima vez cada anotación, cada fecha, cada detalle de un caso que ya no tenía remedio pero que seguía enseñándole, semana tras semana, la misma lección incómoda: que la confianza, una vez rota, no se reconstruye con palabras bonitas, sino con hechos verificables, uno detrás de otro, sin margen para el atajo ni para la excepción.
En algún momento de la madrugada, con la ciudad completamente en silencio al otro lado de la ventana, se sorprendió a sí misma pensando en Rocío, no como un caso ni como un testimonio clave, sino como lo que era en realidad: una niña de doce años que había pasado los últimos diez días de su vida escondida de casa en casa, aprendiendo demasiado pronto una lección que ningún niño debería tener que aprender jamás, la de que el mundo de los adultos, incluso el de los adultos que se suponía debían protegerla, podía fallarle de maneras que ella todavía no tenía edad para comprender del todo.
Se preguntó si Rosario, en algún lugar de la ciudad que Reyes todavía desconocía, también estaría despierta esa noche, vigilando el sueño intranquilo de una niña que no era su hija pero a la que había decidido proteger con la misma entrega que si lo fuera.
Se preguntó si Custodio tenía razón, si aquella comunidad entera, curtida en generaciones de desconfianza justificada, había desarrollado una capacidad de cuidado mutuo que la propia institución a la que Reyes pertenecía llevaba décadas sin conseguir igualar, atrapada en protocolos, en jerarquías, en la lentitud burocrática que convertía cada decisión urgente en un trámite de setenta y dos horas.
Y se preguntó, por último, con una honestidad que solo se permitía a sí misma en la soledad de la madrugada, si al día siguiente, cuando Rocío entrara por fin en aquella sala con cámara Gesell para contar ante un juez todo lo que había visto, la trampa que habían tendido con tanto cuidado iba a cerrarse sobre el verdadero responsable de la fuga, o si, por el contrario, iba a confirmar la posibilidad más dolorosa de todas: que no había ningún topo, que las coincidencias eran solo eso, coincidencias, y que el verdadero enemigo llevaba toda la semana siendo mucho más listo, mucho más paciente y mucho más peligroso de lo que ninguno de ellos, con toda su experiencia acumulada, había sido capaz de anticipar.
Se quedó dormida, por fin, poco antes del amanecer, con la carpeta azul todavía abierta sobre el pecho y la alarma puesta para dentro de apenas tres horas, sabiendo que el día que estaba a punto de empezar podía cambiarlo todo, para bien o para mal, de una manera que ya no tendría vuelta atrás.
Volvió a Pino Montano ya de madrugada, con la avenida desierta y los plátanos de sombra recortados contra un cielo sin luna, y antes de subir al piso se quedó un momento sentada en el coche, con el motor apagado, repasando mentalmente la lista reducida a tres nombres: el suyo, el de Ceballos, el de un juez al que apenas conocía de un par de reuniones formales.
Pensó en Rocío, en algún lugar de la ciudad que todavía no conocía, protegida por una mujer cuyo nombre solo unos pocos habían llegado a pronunciar en voz alta.
Pensó en Gonzalo Valdelomar, aparcado cuarenta minutos frente a su comisaría sin motivo aparente, observando quién sabe exactamente qué.
Y pensó, por último, en el propio juez que en dos días iba a escuchar el testimonio que podía cambiarlo todo, un hombre cuyo rostro apenas recordaba con precisión, y cuya lealtad, a partir de esa noche, se había convertido, sin que él lo supiera todavía, en una de las tres variables más importantes de toda la investigación.