Capítulo 10 — Los que entran por la puerta lateral #2
Aquella misma tarde, Ceballos consiguió, tras varias llamadas y no pocos favores personales, que un juez de instrucción aceptara tomar declaración a Rocío Bermúdez de manera protegida, con cámara Gesell, evitando así que la niña tuviera que enfrentarse cara a cara con ningún interrogatorio hostil, y fijaron la fecha para dos días después, en los juzgados de la calle Vermondo Resta, con el mínimo de personal posible informado de antemano.
—Solo tres personas van a saber la hora y el lugar exactos con antelación suficiente para planear nada —dijo Ceballos, cerrando la puerta de su despacho con un gesto casi ceremonial—.
Usted, yo, y el propio juez. Ni Roldán, con todo lo que confío en él, lo va a saber hasta la misma mañana de la declaración.
Si esto se filtra, sabremos, sin ninguna duda posible, que el problema está en uno de nosotros tres.
Reyes asintió, sintiendo el peso de aquella confianza extrema recién depositada en ella, consciente de que, técnicamente, ella misma seguía figurando en aquella lista reducida de sospechosos posibles, por absurdo que le resultara pensarlo.
Salió del despacho con la sensación de estar caminando sobre una cuerda floja tendida entre la confianza y la sospecha, sabiendo que solo el paso de las próximas cuarenta y ocho horas iba a decirle si aquella cuerda la sostenía de verdad, o si alguien, en algún lugar que todavía no podía ver, ya había empezado a cortarla por un extremo.
Se lo contó a Roldán esa misma noche, en el aparcamiento de la comisaría, con la sensación incómoda de estar traicionando una confianza que llevaba días construyendo con él, aunque supiera, racionalmente, que la decisión no era suya sino de Ceballos.
—Así que hasta yo estoy en la lista de sospechosos —dijo Roldán, con una media sonrisa que no llegaba a disimular del todo la incomodidad real detrás de la broma—. Después de todo lo que hemos corrido juntos estos días, Cala.
—No es que sospeche de usted, Roldán. Es que no puedo permitirme sospechar de nadie a medias.
O confío en todo el mundo por igual, lo cual ya hemos visto que es un lujo que no me puedo permitir, o desconfío de todo el mundo por igual, empezando por mí misma, hasta que tengamos una respuesta de verdad.
Roldán se quedó un momento en silencio, con las manos en los bolsillos, mirando hacia las ventanas iluminadas de la comisaría.
—Lo entiendo, aunque no me guste. Y para que conste, Cala, si al final resulta que la fuga viene de mí, de alguna manera que ni yo mismo sepa explicar, quiero que sepa que jamás lo haría a sabiendas.
Llevo quince años en este distrito viendo cómo la gente de El Vacie recibe siempre la peor parte de todo.
No sería capaz de ponerme del lado de quien les está haciendo esto a propósito.
—Lo sé, Roldán. Por eso mismo espero, más que nada en el mundo, que la respuesta que encontremos en dos días no lleve su nombre.
Antes de volver a casa, Reyes hizo una última parada en El Vacie, más por necesidad personal que por obligación profesional, y encontró a Custodio Heredia en su lugar de siempre, tras la verja sin óxido, con una taza de café humeante entre las manos a pesar del calor de la noche.
—Inspectora, se la ve cansada. Más de lo habitual, y ya es decir.
—Ha sido un día largo, Custodio. Dentro de dos días vamos a tomar declaración a Rocío ante un juez, de manera protegida, para que su testimonio quede grabado y no tenga que repetirlo cada vez que alguien lo necesite.
Quería que usted lo supiera, aunque no pueda darle todavía la fecha ni el lugar exactos.
Custodio asintió, despacio, dándole un sorbo a su café antes de responder.
—¿Va a estar segura?
—Vamos a hacer todo lo posible para que así sea.
Pero le voy a ser sincera, porque creo que se lo ha ganado: hay indicios de que alguien, desde dentro de mi propia institución, ha estado facilitando información a la gente que estamos investigando.
Por eso esta vez el círculo de quien conoce los detalles va a ser mucho más pequeño que nunca.
El rostro de Custodio se ensombreció, con una expresión que mezclaba la indignación y una especie de resignación amarga, la de quien ha visto confirmarse, una vez más, una sospecha que llevaba toda la vida cargando sin necesidad de que nadie se la confirmara con pruebas.
—Ya se lo dije la primera noche, inspectora.
Aquí llevamos noventa años aprendiendo a no confiar en las instituciones, y cada vez que parece que las cosas van a ser distintas, aparece algo así que nos recuerda por qué aprendimos esa lección tan bien.
No se lo digo para hacerle sentir peor de lo que ya se siente.
Se lo digo porque quiero que entienda que, si al final resulta que el problema viene de dentro de su propia casa, la gente de esta calle no se va a sorprender lo más mínimo.
Lo que sí les va a sorprender, y mucho, es que alguien como usted haya seguido adelante a pesar de todo.
Reyes no encontró ninguna respuesta que estuviera a la altura de aquellas palabras, y se limitó a asentir, agradeciendo en silencio la franqueza de un hombre que, semana tras semana, se había convertido en algo parecido a una brújula moral en medio de una investigación cada vez más enredada.
Al día siguiente, con la declaración de Rocío ya a menos de cuarenta y ocho horas, Reyes decidió que no podía permitirse dejar sin explorar la pista de Gonzalo Valdelomar, por muy delicado que resultara acercarse a un apellido de aquel peso sin pruebas concluyentes.
Consultó con Ceballos, que aceptó a regañadientes una visita informal, sin orden judicial de por medio, presentada como una simple ampliación de la entrevista ya realizada a su tío.
Encontraron a Gonzalo en su despacho, un espacio mucho más funcional y menos ostentoso que el de Almazán, con estanterías llenas de informes financieros y ni un solo cuadro ni objeto personal que delatara nada de su vida privada.
Los recibió de pie, con una cortesía fría que no llegaba a calidez en ningún momento.
—Inspectora, comisario. Mi tío me comentó que habían hablado con él. No sé qué más puedo aportarles yo que él no les haya contado ya.
—Señor Valdelomar, tenemos constancia de que estuvo usted aparcado frente a la comisaría del Distrito Norte anteayer por la tarde, durante casi cuarenta minutos, sin motivo aparente. Nos gustaría que nos explicara qué hacía allí.
Algo cruzó por el rostro de Gonzalo, apenas un instante, una tensión rápida que desapareció casi tan pronto como había aparecido, sustituida por una expresión de sorpresa que a Reyes le costó determinar si era genuina o perfectamente ensayada.
—¿Vigilándome, inspectora? Empiezo a sentirme incómodo con el cariz que está tomando esta investigación sobre la empresa de un socio minoritario mío.
—No es una acusación, señor Valdelomar. Es una pregunta sencilla que merece una respuesta sencilla.
Gonzalo se tomó su tiempo antes de responder, apoyándose contra el borde de su mesa con una parsimonia que a Reyes le pareció, esta vez, deliberadamente calculada.
—Tenía una reunión cerca de allí que se canceló en el último momento, y me quedé un rato revisando correo en el coche antes de decidir qué hacer con el resto de la tarde. No hay ningún misterio, inspectora, por mucho que la coincidencia geográfica les resulte sospechosa.
—¿Puede decirnos con quién era esa reunión cancelada?
—Con un proveedor de materiales de construcción, nada relacionado con este asunto. Puedo pedirle a mi secretaria que les facilite el contacto, si tanto les interesa verificarlo.
Reyes anotó el ofrecimiento, sabiendo de antemano que aquella verificación, con toda probabilidad, resultaría en una coartada tan pulida y tan difícil de rebatir como la de su tío días atrás, y salió del despacho con la sensación incómoda de haber gastado una carta importante sin obtener, a cambio, nada más que una explicación demasiado perfecta para resultar del todo tranquilizadora.
Roldán la llamó esa misma tarde con los resultados de la revisión del sistema de control de acceso de la comisaría, y su voz, al otro lado del teléfono, tenía un matiz de urgencia que Reyes reconoció de inmediato.
—Cala, tenemos un problema. El sistema de tarjetas de la puerta lateral lleva meses sin actualizar su firmware, con una vulnerabilidad conocida que cualquiera con conocimientos técnicos medios podría explotar para clonar una tarjeta sin que el titular original lo note.
El técnico que lo ha revisado dice que es sorprendente que nadie lo haya hecho ya, con lo desactualizado que está.
—Entonces la tarjeta de Contreras pudo haber sido clonada sin que él lo supiera.
—Es una posibilidad real, sí. Lo cual significa que, técnicamente, cualquiera con acceso físico breve a la cartera de cualquier agente de este edificio, en cualquier momento de los últimos meses, podría haber entrado y salido por esa puerta sin dejar más rastro que el nombre de otra persona.