El Vacie Capítulo 10 — Los que entran por la puerta lateral
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Capítulo 10 — Los que entran por la puerta lateral

Reyes llegó a la comisaría a la mañana siguiente sin haber dormido apenas, con la matrícula del coche de Gonzalo Valdelomar anotada en tres sitios distintos por si acaso perdía alguno, y encontró a Ceballos ya esperándola en su despacho, con la puerta cerrada y las persianas bajadas del todo, algo que Reyes no le había visto hacer nunca hasta entonces.

—Cuénteme exactamente lo que vio, Cala. Cada detalle, por pequeño que le parezca.

Reyes repitió el relato con la precisión de quien lleva toda la noche repasándolo mentalmente sin descanso: la hora exacta, la gorra, la forma decidida de caminar de la figura hacia el coche, la imposibilidad de distinguir el rostro con la luz ya declinante.

—La puerta lateral tiene control de acceso con tarjeta, registra cada entrada y salida con hora exacta —dijo Ceballos, ya con un listado impreso sobre la mesa—.

He pedido el registro de esa tarde antes de que usted llegara.

A las seis menos cinco, hora que coincide con lo que usted describe, solo una tarjeta registró salida por esa puerta.

Ceballos giró el listado hacia ella, señalando con el dedo una línea concreta.

El nombre que aparecía era el del sargento Manuel Contreras, el mismo agente de guardia que había atendido a Reyes la primera noche, el que había querido cerrar el caso como una fuga temporal antes incluso de que amaneciera.

—Contreras —repitió Reyes, sintiendo cómo las piezas encajaban con una lógica retrospectiva incómoda—.

Fue el primero en querer minimizar el caso.

El primero en decir que probablemente aparecería sola en unos días.

Si alguien quería que esta investigación no avanzara desde el principio, no hay mejor sitio para empezar que restándole urgencia la primera noche.

—No saque conclusiones todavía, Cala. Contreras lleva veinte años en este distrito, y esa actitud suya la primera noche, por desgracia, es la misma que hemos visto en media docena de casos parecidos antes de que usted llegara.

No es necesariamente sospechosa. Es, más bien, la costumbre instalada de un cuerpo que lleva demasiado tiempo sin cuestionarse a sí mismo.

—Aun así, comisario, la tarjeta es suya. Necesitamos hablar con él.

Llamaron a Contreras a un despacho vacío a media mañana, con la excusa oficial de una revisión rutinaria de turnos, y el sargento entró con la tranquilidad despreocupada de quien no espera ningún problema, una tranquilidad que empezó a resquebrajarse en cuanto Ceballos, sin rodeos, le mostró el registro de acceso de la tarde anterior.

—Sargento, necesitamos que nos explique dónde estuvo ayer entre las cinco y media y las seis y cuarto de la tarde.

Contreras se quedó pálido un instante, con una reacción que a Reyes le pareció, de entrada, más propia de la culpa que de la simple sorpresa, y tardó unos segundos incómodos en responder, mirando alternativamente a Ceballos y a Reyes con una expresión que oscilaba entre la vergüenza y algo más parecido al miedo.

—¿Por qué me lo preguntan? ¿Ha pasado algo?

—Eso depende de su respuesta, sargento —dijo Ceballos, con una sequedad que Reyes no le había escuchado emplear con nadie de la propia casa hasta entonces—.

Tenemos un registro de acceso con su tarjeta y un testigo que le vio subir a un coche que le esperaba fuera.

Necesitamos saber con quién se reunió y por qué.

Contreras se pasó una mano por la cara, con un gesto de derrota que a Reyes le hizo dudar, por primera vez desde que había entrado en la sala, de la hipótesis que llevaba toda la mañana dando casi por segura.

—¿Esto va a quedar en un expediente, comisario? Porque lo que le voy a contar no tiene nada que ver con ningún caso, y preferiría que no me costara el matrimonio encima de todo lo demás.

—Depende de lo que nos cuente, Contreras. Pero le adelanto que si su explicación no tiene relación con la investigación que llevamos entre manos, no tengo ningún interés en airear su vida privada más de lo estrictamente necesario.

El sargento asintió, despacio, y tomó aire antes de empezar a hablar, con la voz cada vez más baja a medida que avanzaba en un relato que claramente le costaba pronunciar en voz alta delante de sus superiores.

—Salí a las seis menos cinco, es verdad, por la puerta lateral —admitió finalmente, con la voz baja, casi avergonzada—.

Pero no fue por lo que ustedes están pensando, se lo juro.

Subí a un coche que me esperaba, sí, pero era el de un investigador privado que llevo semanas pagando, a escondidas de todo el mundo aquí dentro, para que siga a mi mujer.

Llevo meses sospechando que me engaña, y ese hombre me estaba entregando un informe con fotografías que llevo toda la noche sin poder mirar del todo.

—¿Puede darnos el nombre y el contacto de ese investigador privado, para verificarlo?

—Por supuesto, inspectora. No tengo ningún problema, aunque preferiría que esto no saliera de esta habitación. Ya es bastante humillante sin que además se convierta en comentario de pasillo.

Contreras les dio un nombre, una dirección y un número de teléfono, y esa misma tarde, tras una llamada breve al investigador en cuestión, quien confirmó cada detalle con una factura y un informe fechado con precisión notarial, la coartada del sargento quedó verificada sin margen de duda razonable.

—Entonces la persona que vi subir a un coche no era Contreras yendo con Valdelomar —dijo Reyes, más para sí misma que para Roldán, mientras repasaba mentalmente la escena de la tarde anterior con una nueva luz—.

O sí era Contreras, pero el coche al que subió no era el de Gonzalo.

Puede que hubiera dos coches parecidos, dos citas distintas, en la misma calle, casi a la misma hora, y que yo, con la luz ya cayendo y los nervios del momento, las mezclara sin darme cuenta.

—He revisado las cámaras de tráfico de la zona esta mañana, antes de que llegara —dijo Roldán, extendiendo sobre la mesa varias capturas de una calidad mediocre pero suficiente—.

Hay dos vehículos distintos en esa calle a esa hora.

El de Gonzalo Valdelomar, que permanece aparcado, sin que nadie suba ni baje, durante casi cuarenta minutos, hasta que él mismo arranca y se marcha solo.

Y un segundo coche, más pequeño, gris, que aparece por primera vez a las seis menos cinco y se marcha apenas tres minutos después, coincidiendo exactamente con lo que Contreras nos ha contado.

Reyes se quedó mirando las capturas granulosas, sintiendo una mezcla de alivio y de frustración en igual medida: alivio porque Contreras, con toda su actitud desganada de la primera noche, no era el topo que llevaba días temiendo encontrar dentro de su propia casa; frustración porque la pregunta original, la que de verdad importaba, seguía sin respuesta.

¿Por qué Gonzalo Valdelomar se había quedado cuarenta minutos, solo, aparcado frente a la comisaría del Distrito Norte, sin reunirse con nadie, sin hacer nada más que observar?

Antes de dar por cerrado el asunto de Contreras, Reyes insistió en un último detalle que le parecía necesario verificar del todo.

—¿Alguna posibilidad de que alguien más usara su tarjeta ese día, sargento? ¿La ha perdido alguna vez, se la ha dejado olvidada en algún sitio?

—No, inspectora, la llevo siempre encima, en la cartera. Nunca se me ha perdido.

—¿Y podría alguien haberla clonado sin que usted lo notara?

Contreras se encogió de hombros, con una honestidad que a Reyes le pareció, esta vez, del todo genuina.

—No sabría decirle, la verdad. No soy un experto en esas cosas. Pero si alguien fue capaz de clonarla sin que yo me diera cuenta, entonces el problema es mucho más grave de lo que cualquiera de nosotros está pensando ahora mismo.

Roldán, que se había incorporado a la reunión tras la confirmación de la coartada, tomó nota de aquella posibilidad con el ceño fruncido.

—Voy a pedir que revisen el sistema de control de acceso completo, no solo el registro de esa tarde. Si hay alguna vulnerabilidad, cualquier tarjeta clonada podría explicar movimientos que a simple vista parecen apuntar a una persona concreta cuando en realidad no tienen nada que ver con ella.

—Hágalo —dijo Ceballos—. Y mientras tanto, quiero un informe completo sobre el juez que va a tomar la declaración de Rocío.

Nada intrusivo, nada que pueda llegar a sus oídos.

Solo lo básico: trayectoria, casos anteriores, cualquier vínculo conocido con el sector inmobiliario o con alguna de las familias que estamos investigando.

—¿Sospecha de él, comisario?

—No sospecho de nadie en concreto, Cala. Pero después de lo de esta mañana, prefiero pecar de exhaustivo con las tres personas que van a conocer la hora y el lugar exactos de la declaración, incluido yo mismo, si hiciera falta.

Roldán dedicó el resto de la tarde a reunir, con la discreción que el encargo exigía, todo lo disponible sobre el juez Fernando Casals: veintidós años en la carrera judicial, una reputación intachable según los pocos compañeros con los que Roldán se atrevió a consultar sin levantar sospechas, y ningún vínculo aparente, ni familiar ni profesional, con Almazán, con Valdelomar, ni con ninguna empresa del sector urbanístico sevillano.

Nada que hiciera saltar ninguna alarma, aunque tampoco nada que permitiera descartarlo del todo con la certeza absoluta que Reyes hubiera deseado.

—Puede que simplemente estuviera reconociendo el terreno —dijo Roldán, guardando las capturas en una carpeta—.

Averiguando dónde trabaja usted, qué coche conduce, a qué hora entra y sale.

Ese tipo de vigilancia no necesita cómplices dentro, Cala.

Solo necesita paciencia y una calle pública donde aparcar.

—O puede que estuviera esperando a alguien que, por el motivo que sea, no llegó a aparecer esa tarde —respondió Reyes, sin descartar del todo la hipótesis más inquietante—. Sea lo que sea, no me gusta nada la idea de que ese hombre sepa ya dónde trabajo, y probablemente también dónde vivo.