El Vacie Capítulo 9 — El hombre del anillo #3
52%

Capítulo 9 — El hombre del anillo #3

Reyes salió de la comisaría aquella noche con la sensación extraña de estar tendiendo, sin saberlo del todo, una trampa que podía cerrarse sobre cualquiera, incluido ella misma si alguien decidía, en algún momento, dudar de su propia lealtad, y condujo hacia Pino Montano pensando en el rostro cansado de Rocío en la penumbra de la iglesia, en la pregunta que la niña le había hecho sobre el hombre del anillo, y en la posibilidad, cada vez menos remota, de que aquel hombre tuviera efectivamente ojos en todas partes, incluido algún rincón de la propia institución que se suponía debía protegerla.

Empezaron la vigilancia discreta de Gonzalo Valdelomar dos días después, con la autorización firmada por Ceballos y un coche sin distintivos aparcado en una calle lateral desde donde se veía, sin resultar demasiado evidente, la entrada del edificio de oficinas donde el sobrino de Enrique Valdelomar despachaba cada mañana.

Gonzalo Valdelomar resultó ser, a primera vista, un hombre de aspecto anodino para la magnitud de la sospecha que pesaba sobre él: mediana estatura, traje gris sin ostentación, gafas de pasta fina, y una forma de caminar apresurada, casi nerviosa, que contrastaba con la parsimonia aristocrática de su tío.

Llegaba cada mañana puntual, salía a comer siempre al mismo restaurante italiano de la zona, y regresaba a la oficina sin desviarse jamás de una rutina que, tras tres días de observación, empezaba a parecer sospechosamente perfecta en su propia normalidad.

Fue la tarde del cuarto día cuando la rutina, por fin, se rompió.

Reyes, sola en el coche mientras Roldán gestionaba otras diligencias, vio a Gonzalo salir de su oficina a una hora inusual, poco después de las cinco, con paso todavía más apresurado que de costumbre, y subirse a su coche sin la carpeta de trabajo que solía llevar cada tarde bajo el brazo.

Reyes lo siguió a distancia prudente, con el corazón acelerado por la expectativa, mientras el coche de Gonzalo cruzaba el centro de la ciudad y tomaba, para su sorpresa, la dirección de la SE-30 hacia el norte, hacia el mismo distrito donde ella misma vivía, donde quedaba su comisaría, donde quedaba El Vacie entero.

Lo siguió hasta una calle cercana a la avenida de Miraflores, a apenas doscientos metros de la propia comisaría del Distrito Norte, donde Gonzalo aparcó el coche y se quedó dentro, sin bajarse, con la vista fija en algún punto que Reyes, desde su posición, no lograba identificar del todo.

Reyes aparcó dos calles más atrás y avanzó a pie, con cautela, hasta una esquina desde la que podía observar el coche de Gonzalo sin ser vista, y comprobó, con una inquietud creciente, que la línea de visión del hombre apuntaba directamente hacia la entrada principal de la comisaría, hacia la misma puerta por la que ella misma entraba y salía cada día.

Durante casi veinte minutos, Gonzalo no se movió del coche, revisando el teléfono de vez en cuando, hasta que, poco antes de las seis, la puerta lateral de la comisaría, la que usaba el personal fuera de horario, se abrió, y una figura vestida de calle, con una gorra calada que le ocultaba buena parte del rostro, salió y caminó directamente hacia el vehículo de Gonzalo, sin dudar, como quien conoce de antemano exactamente dónde tiene que dirigirse.

Reyes sintió que se le helaba la sangre, con el corazón latiéndole con una fuerza que le costó controlar, mientras intentaba, sin éxito, distinguir algún rasgo reconocible en aquella figura desde la distancia y con la luz ya declinante del atardecer jugándole en contra.

La persona subió al coche de Gonzalo, la puerta se cerró, y durante un instante interminable, Reyes se quedó paralizada, calculando si acercarse más arriesgaba delatar su propia posición, o si quedarse quieta significaba perder la única oportunidad de averiguar, con sus propios ojos, quién estaba dentro de su comisaría entregándole información a la familia que probablemente estaba detrás de todo lo que llevaba diez días investigando.

Decidió arriesgarse. Avanzó dos calles más, pegada a la fachada de los edificios, con la mano ya buscando instintivamente el teléfono en el bolsillo para fotografiar la matrícula del coche en cuanto tuviera un ángulo claro.

Pero cuando por fin llegó a una posición desde la que podía ver el vehículo con nitidez, el motor ya se había puesto en marcha, y el coche se alejó calle abajo con una rapidez que no dejó margen ni para la fotografía ni para distinguir, por fin, el rostro de la persona sentada en el asiento del copiloto.

Se quedó de pie en mitad de la calle, con la respiración agitada y la matrícula del coche de Gonzalo, al menos, memorizada con precisión, mientras la certeza fría de lo que acababa de presenciar se le asentaba en el estómago con un peso nuevo: alguien de su propia comisaría, alguien con acceso a la puerta lateral, a los horarios de su turno, quizás incluso a los informes que ella misma redactaba cada noche, se había reunido con el sobrino de una de las familias más poderosas de Sevilla apenas unas horas después de que ella y Ceballos hubieran decidido, en la más estricta confidencialidad, empezar a vigilarlo.

La trampa de la fuga controlada, pensó mientras caminaba de vuelta hacia su coche con las piernas todavía temblando, ya no era una hipótesis teórica que discutir en un despacho a puerta cerrada.

Acababa de dar su primer resultado. Y ese resultado, por incompleto que fuera, confirmaba lo peor: el enemigo que llevaba días persiguiendo desde fuera tenía, también, un aliado esperándola desde dentro.