El Vacie Capítulo 9 — El hombre del anillo #2
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Capítulo 9 — El hombre del anillo #2

—¿Su sobrino Gonzalo tiene relación con la inversión en Almazán Desarrollos Urbanos?

Valdelomar dudó, apenas un segundo, un segundo que a Reyes no le pasó desapercibido.

—Gonzalo gestiona buena parte de nuestras inversiones inmobiliarias, sí.

Fue él quien me propuso entrar en el capital de Almazán, de hecho, hace ya dos años.

Pero de ahí a pensar que mi sobrino tenga algo que ver con la desaparición de una niña hay una distancia enorme, inspectora, y espero que no estén insinuando algo así sin fundamento alguno.

—No insinuamos nada, don Enrique. Simplemente seguimos cada hilo que aparece, con la misma diligencia con la que hemos verificado ya su coartada —respondió Ceballos, con la diplomacia cuidadosa de quien no quiere cerrar ninguna puerta antes de tiempo—. Le agradecemos su colaboración.

Salieron de la casa palacio con el murmullo de la fuente todavía sonando a su espalda, y Reyes caminó hasta el coche con la cabeza llena de un nombre nuevo, Gonzalo Valdelomar, sintiendo cómo la pista del anillo, lejos de cerrarse en un callejón sin salida como había temido durante la entrevista, se abría hacia una dirección todavía más precisa y todavía más peligrosa de investigar.

—Gonzalo Valdelomar —dijo Roldán, ya en el coche, tecleando el nombre en el móvil con una mano mientras conducía con la otra—.

Cuarenta y dos años, según el primer resultado.

Gestiona el patrimonio familiar desde hace más de una década.

Y mire esto, Cala: aparece como consejero, sin cargo ejecutivo pero con voto, en el consejo de administración de al menos tres empresas del sector inmobiliario en la provincia, una de ellas, efectivamente, Almazán Desarrollos Urbanos.

—Entonces mañana empezamos por él.

—Mañana empezamos por él —confirmó Roldán, con una determinación renovada—.

Pero esta vez, Cala, con mucho más cuidado del que hemos tenido con nadie hasta ahora.

Si de verdad es la persona que estamos buscando, ya sabe lo que ha sido capaz de hacer para proteger su posición.

Y no creo que un apellido como Valdelomar vaya a ponérselo más fácil a un juez que lo que se lo puso el apellido Almazán.

A la mañana siguiente, antes incluso de acercarse a Gonzalo Valdelomar, Reyes recibió un mensaje de Fermín con una dirección y una hora: la Iglesia de San Julián, en el Casco Antiguo, junto a la Macarena, a las cinco de la tarde, un lugar neutral, público pero discreto, elegido, supuso Reyes, precisamente por su condición de terreno sagrado, donde ni ella ni nadie más se atrevería a montar ningún operativo que pudiera asustar a una niña ya bastante asustada.

Antes de eso, Roldán y ella dedicaron la mañana a reunir todo lo posible sobre Gonzalo Valdelomar, con la cautela que Ceballos les había exigido: nada de llamadas directas, nada que pudiera alertarlo antes de tiempo, solo consultas discretas a registros públicos y a un par de contactos de Roldán en el sector financiero.

Lo que fueron descubriendo, pieza a pieza, dibujaba un perfil mucho más inquietante que el de Almazán: Gonzalo Valdelomar no tenía deudas visibles, ni proyectos fallidos, ni ninguna necesidad económica urgente.

Su motivo, si es que lo tenía, no era la supervivencia, sino algo más frío y más ambicioso, según les confirmó uno de los contactos de Roldán, un antiguo compañero de estudios que ahora trabajaba en un fondo de inversión rival.

—Gonzalo lleva años queriendo demostrar que puede multiplicar el patrimonio familiar más rápido que su tío, que siempre ha sido más conservador con las inversiones —les explicó el contacto, por teléfono, con la voz baja de quien comparte información que preferiría no tener que compartir—.

La recalificación de ese solar junto a El Vacie no es solo un negocio de Almazán, según me han contado.

Gonzalo metió dinero propio, a través de una sociedad interpuesta, apostando fuerte a que la operación saliera adelante antes de fin de año.

Si algo la retrasa, o la hace caer del todo, no solo pierde Almazán.

Pierde también, y mucho, la reputación de Gonzalo dentro de su propia familia, que lleva generaciones sin fallar en ninguna inversión importante.

—Un hombre que no necesita el dinero para sobrevivir, sino para demostrar algo, puede ser mucho más peligroso que uno desesperado, Cala —dijo Roldán, colgando el teléfono con expresión sombría—.

Almazán, al menos, tenía límites marcados por el miedo a perderlo todo.

No sé qué límites tiene alguien que ya lo tiene todo y solo quiere más.

La Iglesia de San Julián, a las cinco de la tarde, tenía el interior fresco y en penumbra propio de los templos antiguos en pleno agosto, con la luz filtrándose apenas por unas pocas vidrieras altas y el olor a cera e incienso impregnado en cada rincón de piedra.

Reyes entró sola, tal como se había acordado, y encontró a una mujer sentada en uno de los últimos bancos, con un pañuelo cubriéndole parte del rostro y una niña pequeña a su lado, encogida, con la misma trenza deshecha que Reyes recordaba de la fotografía que Encarna le había enseñado la primera noche.

La mujer se bajó el pañuelo al ver acercarse a Reyes, y esta reconoció, con una mezcla de sorpresa y de lógica retrospectiva, el rostro curtido y la melena entreverada de canas de Rosario Cortés, la mujer que semanas atrás le había advertido, a la salida de El Vacie, que la calle entera estaría mirando qué hacía, no qué decía.

—La Pelúa —dijo Reyes, sin poder ocultar del todo su sorpresa—. Debí imaginarlo. Usted es la única persona de todo El Vacie que se mueve con la misma soltura fuera que dentro.

—Por eso Fermín confió en mí, inspectora.

Nadie en el centro de Sevilla, ni en ningún otro sitio, sabe que limpio en un hostal cerca de aquí, ni que tengo una prima que me deja quedarme en su piso cuando hace falta.

Para el mundo de fuera, soy invisible. Y a veces, inspectora, ser invisible es la mejor protección que existe.

Reyes se agachó junto a Rocío, con la misma suavidad que había empleado en la cueva de Alcalá, y la niña, reconociéndola, le dedicó una sonrisa breve y cansada, aunque ya sin el terror absoluto de aquel primer encuentro.

—Hola, Rocío. Me alegro mucho de verte otra vez.

—¿Ha atrapado ya al señor del anillo? —preguntó la niña, con una seriedad que sorprendió a Reyes en una cría de doce años, como si aquella pregunta llevara días pesándole más que ninguna otra.

—Todavía no, cariño. Pero estamos muy cerca. Y gracias a lo que tú viste, vamos a poder hacerlo pronto.

Rocío asintió, despacio, y se quedó mirando sus propias manos un momento antes de añadir algo más, con una voz mucho más baja.

—Tenía miedo de que si se lo contaba a alguien, ese hombre lo supiera enseguida. Como si tuviera ojos en todas partes.

Reyes sintió aquella frase golpearla con una fuerza inesperada, la intuición certera de una niña de doce años tocando, sin saberlo del todo, la misma sospecha que llevaba días atormentando a los propios adultos encargados de protegerla.

Le apretó la mano un instante, con una ternura que no solía permitirse en el trabajo, y se despidió con la promesa renovada de encontrar pronto una solución definitiva, mientras Rosario la observaba desde el banco con una mirada evaluadora que ya no tenía nada de la cautela de la primera vez que se habían cruzado.

Aquella misma noche, ya en la comisaría, Reyes y Roldán expusieron a Ceballos todo lo averiguado sobre Gonzalo Valdelomar, con el comisario escuchando de pie, junto a la ventana, con los brazos cruzados y una tensión visible en los hombros que no había mostrado ni siquiera durante la entrada en las oficinas de Almazán.

—No podemos repetir con Gonzalo Valdelomar lo que hicimos con Almazán, Cala.

Ni entrada por sorpresa, ni interrogatorio directo, no todavía.

Con un apellido como el suyo, necesitamos algo mucho más sólido que una descripción de un anillo dada por una niña de doce años, por muy fiable que sea su testimonio, antes de arriesgarnos a que esto se nos vuelva en contra de la manera más pública y más dañina posible.

—¿Qué propone, comisario?

—Vigilancia discreta, autorizada dentro del marco de la investigación abierta contra Almazán, ya que Gonzalo figura como consejero de la empresa.

Nada de seguimiento físico visible, nada que pueda interpretarse como acoso.

Solo comprobar sus movimientos, sus contactos, si en algún momento se reúne con Salido o con alguien relacionado con este caso.

Y mientras tanto, quiero que sigamos avanzando con lo que sí podemos usar ya: la declaración completa de Rocío, formalizada ante un juez con todas las garantías para un menor, de manera que su testimonio quede protegido y no dependa de que ella tenga que repetirlo una y otra vez cada vez que alguien lo necesite.

—Eso significa revelar su ubicación aproximada para poder trasladarla ante el juez, comisario. Y con la sospecha de filtración todavía sin resolver, eso me preocupa más de lo que puedo expresar.

—Lo sé, Cala. Por eso vamos a limitar la información al mínimo círculo posible: usted, yo, y el juez, sin pasar por ningún canal escrito hasta el último momento. Nada de correos, nada de partes que puedan filtrarse. Todo de viva voz, entre las personas estrictamente necesarias.

—¿Y si aun así se filtra?

Ceballos se quedó un momento en silencio, mirando hacia la ciudad iluminada al otro lado de la ventana, con una gravedad que Reyes había aprendido, en los últimos días, a tomarse muy en serio.

—Entonces sabremos, con una certeza casi absoluta, que la fuga viene de uno de los tres. Y eso, por doloroso que resulte, también sería una respuesta.