Capítulo 9 — El hombre del anillo
Fermín la hizo pasar a su casa, con las cortinas echadas a pesar del calor y una única bombilla encendida sobre la mesa de fórmica, y se sentó frente a ella con las manos entrelazadas, buscando, visiblemente, la manera de empezar algo que llevaba horas ensayando en silencio.
—Cuando hablé con ella por teléfono, para saber que estaba bien, me contó algo más de lo que había visto aquella noche.
Algo que no le contó al Rafita, ni a mí la primera vez, porque dice que en ese momento no le pareció importante, y solo ahora, después de tantos días dándole vueltas sola en la oscuridad, ha empezado a entender que quizá sí lo era.
—¿Qué vio, Fermín?
—Dice que antes de que el hombre del sobre y el otro se fijaran en ella, hubo un tercer hombre.
Más mayor, con el pelo plateado, que llegó en un coche negro grande y se quedó esperando un poco apartado, sin bajarse del todo, mientras los otros dos hablaban.
Y dice que en un momento, cuando el hombre del sobre se acercó a ese coche a entregarle algo, ella vio cómo el del pelo plateado le tendía la mano, y que llevaba puesto un anillo grande, dorado, con una piedra roja en el centro, algo que a Rocío le llamó la atención porque le recordó a un anillo que había visto una vez en la televisión, en un documental sobre reyes.
Reyes sintió cómo el pulso se le aceleraba, con la certeza fría de que aquel detalle, pequeño y aparentemente insignificante, podía ser la primera pista real hacia algo mucho más grande de lo que había imaginado hasta entonces.
—¿Recuerda algo más? ¿La matrícula del coche, algún rasgo de su cara?
—El coche no, estaba demasiado lejos y demasiado asustada para fijarse.
Pero dice que el hombre caminaba apoyándose en un bastón, aunque no parecía cojo del todo, más bien como si el bastón fuera parte de su forma de vestir, de presentarse, no una necesidad real.
Y que Salido, el que ya tienen detenido, le hablaba a ese hombre con la cabeza gacha, como se le habla a alguien a quien se le debe mucho respeto, o mucho miedo, o las dos cosas a la vez.
—Fermín, esto cambia las cosas. Si hay alguien por encima de Almazán, alguien con la autoridad suficiente para que Salido le hable así, estamos ante algo mucho más grande que una empresa de desarrollo urbano al borde de la quiebra.
—Por eso mismo no quería decírselo por teléfono, ni delante de nadie más —respondió Fermín, con la voz cargada de una angustia nueva—.
Si ese hombre es tan importante como parece, y se entera de que mi hija puede describirlo, con anillo y bastón incluidos, el peligro para ella deja de ser el que teníamos hasta ahora. Se multiplica.
—Necesito que confíe en mí una vez más, Fermín. Necesito saber dónde está, para poder protegerla de verdad, con hombres apostados, con discreción absoluta si hace falta, pero de verdad, no con la protección improvisada de una cadena de familiares por muy leal que sea.
Fermín se quedó pensando un largo momento, con los dedos tamborileando sobre la mesa de fórmica, sopesando una decisión que Reyes podía ver, en su rostro, costarle más que cualquier otra de las últimas ocho jornadas.
—Todavía no puedo decirle dónde está, inspectora.
No porque no confíe en usted, sino porque no soy yo el único que decide ya en esta cadena, ¿entiende?
Le di mi palabra a la persona que la tiene ahora de que nadie sabría el sitio hasta que ella misma lo considerara seguro.
Pero puedo organizar un encuentro, en un lugar neutral, que ella elija, para que hable con mi hija y compruebe con sus propios ojos que está bien. Es lo máximo que puedo ofrecerle hoy.
—Acepto —dijo Reyes—. Organice ese encuentro en cuanto pueda. Y gracias, Fermín, por confiar en mí, aunque sea un poco más cada día.
Roldán la esperaba en la comisaría con dos cafés, otra vez, y escuchó el relato completo del anillo, el bastón y el respeto casi temeroso con que Salido se dirigía a aquel hombre, con una expresión que iba pasando, línea a línea, de la incredulidad a una determinación nueva.
—Un anillo con piedra roja, estilo antiguo, casi de realeza, según la niña. Eso no es joyería cualquiera, Cala. Ese tipo de piezas suelen ser heredadas, o encargadas a medida, y en Sevilla no hay tantos joyeros capaces de hacer algo así como para que no podamos preguntar.
Pasaron la tarde recorriendo, con discreción, tres joyerías del centro especializadas en piezas antiguas y encargos a medida, mostrando una descripción básica sin entrar en detalles del caso, hasta que un joyero de la calle Sierpes, un hombre mayor con lupa colgada al cuello, reconoció la descripción casi de inmediato.
—Un anillo así, con ese tipo de piedra y ese engaste, suena a la casa Valdelomar —dijo el joyero, bajando la voz, como si el simple hecho de pronunciar aquel apellido mereciera cierta cautela—.
Son clientes de toda la vida, banca y terrenos desde hace generaciones.
El patriarca, don Enrique Valdelomar, siempre lleva un anillo parecido al que describen, herencia de su abuelo, según cuentan.
Enrique Valdelomar resultó ser, según la búsqueda rápida que Roldán hizo esa misma noche, uno de los apellidos más antiguos y respetados de la banca sevillana, con participaciones en media docena de empresas de suelo y construcción, entre ellas, descubrieron con el pulso acelerado, un porcentaje minoritario pero significativo en Almazán Desarrollos Urbanos, invertido hacía apenas dos años.
—Encaja, Cala. Encaja demasiado bien —dijo Roldán, con una mezcla de satisfacción profesional y de inquietud ante la magnitud de lo que estaban a punto de tocar—.
Si Valdelomar invirtió en la empresa de Almazán, tiene motivos de sobra para que la recalificación salga adelante, y motivos de sobra también para que nada, ni una niña ni una investigación policial, se interponga en el camino.
Ceballos, informado esa misma noche, palideció visiblemente al escuchar el apellido.
—Cala, los Valdelomar no son Almazán. Almazán es un empresario hecho a sí mismo con deudas y proyectos que se le han torcido.
Los Valdelomar son cuatro generaciones de banca en esta ciudad, con amigos en cada consejo de administración y en cada comité de cada partido que ha gobernado el Ayuntamiento en los últimos cincuenta años.
Si nos equivocamos con ellos, no va a ser solo mi cabeza la que ruede.
—No le pido que lo detengamos, comisario. Le pido una entrevista formal, con todas las garantías, dentro del marco de la investigación abierta contra Almazán, en la que Valdelomar figura como inversor. Es un procedimiento estándar, no una acusación.
Ceballos se quedó un momento en silencio, calculando, con la misma cautela permanente que Reyes ya conocía bien.
—Está bien. Pero la entrevista la hago yo, con usted presente, y con cada palabra medida antes de pronunciarla. No quiero que nadie pueda decir después que hemos entrado a saco en algo que no habíamos verificado antes.
Recibieron a Enrique Valdelomar dos días después, en su propia casa palacio del barrio de Santa Cruz, un edificio del siglo XVIII con patio interior de azulejos y una fuente central cuyo murmullo constante llenaba todas las estancias de un frescor casi irreal para el calor de agosto que ya empezaba a asomar.
Valdelomar resultó ser un hombre de más de setenta años, delgado, con el pelo completamente blanco peinado hacia atrás, que los recibió apoyado en un bastón de empuñadura de plata, con una amabilidad exquisita que no dejaba entrever ni un ápice de la inquietud que Reyes había imaginado encontrar en un hombre a punto de ser interrogado, aunque fuera de manera informal, por la policía.
Reyes se fijó, casi de inmediato, en el anillo que el hombre llevaba en la mano derecha: dorado, con una piedra roja en el centro, prácticamente idéntico a la descripción que Rocío había dado.
El corazón le dio un vuelco, la certeza de estar, por fin, ante el hombre que había presenciado la entrega del sobre.
—Comisario, inspectora, ¿en qué puedo ayudarles? —preguntó Valdelomar, invitándolos a sentarse en torno a una mesa de mármol junto a la fuente, con una tranquilidad que a Reyes le pareció, en un primer momento, sospechosamente perfecta.
Ceballos expuso el motivo de la visita con la mesura acordada, centrándose en la inversión de Valdelomar en Almazán Desarrollos Urbanos y preguntando, sin mencionar todavía a Rocío ni el descampado, por sus movimientos durante la noche de la desaparición de la menor, ocho días atrás.
—Esa noche exacta la recuerdo perfectamente, comisario, porque no estaba en Sevilla —respondió Valdelomar, sin alterarse—.
Llevo tres semanas en Madrid, en tratamiento médico en una clínica privada, por un problema de cadera que este bastón, por cierto, no consigue disimular tan bien como me gustaría.
Mi secretaria puede confirmarles las fechas exactas, y la propia clínica también, si necesitan una prueba más oficial que mi palabra.
Reyes sintió cómo la pista, que segundos antes le había parecido sólida hasta la certeza, se le deshacía entre las manos con la misma facilidad con que se había construido.
Pero antes de que la conversación diera por cerrado el asunto del todo, decidió insistir en un detalle que no quería dejar pasar.
—Don Enrique, ese anillo que lleva, ¿es una pieza única o hay más como él en su familia?
Valdelomar levantó la mano, observando el anillo con una media sonrisa nostálgica, como quien recuerda algo con más cariño que preocupación.
—Es una tradición familiar, inspectora. Cada primogénito varón de los Valdelomar recibe uno igual al cumplir los veinticinco años, encargado siempre al mismo taller, con la misma piedra, el mismo engaste.
Yo tengo el mío, que fue de mi padre. Mi hijo Álvaro tiene el suyo desde hace ya quince años.
Y mi sobrino Gonzalo, que lleva las finanzas de varias de nuestras empresas, recibió el suyo hace poco más de dos años, cuando cumplió la edad.