Capítulo 8 — La mentira que protegía #3
—Déjelo en la lista —dijo, finalmente—. A todos. Y empecemos por descartar, uno por uno, con hechos, no con simpatías. Es la única manera de que esto sirva de algo.
El teléfono de Reyes sonó a mediodía, con un número que no tenía guardado, y algo en la forma en que le dio un vuelco el estómago al verlo le confirmó, incluso antes de descolgar, de quién se trataba.
—¿Fermín?
—Inspectora. —La voz al otro lado sonaba tensa, más ronca de lo habitual, como si llevara toda la noche sin dormir—. He hablado con mi hija. Está bien, está a salvo, y me ha dicho algo que necesito contarle en persona, no por teléfono. Algo que vio, que no nos había contado del todo.
—¿Qué es, Fermín? ¿Está en peligro?
—No se lo puedo decir así, sin más, inspectora. Venga a El Vacie esta tarde. Y venga sola, sin el subinspector, sin nadie más. Después de lo que le he contado sobre esa filtración, no me fío de traer a nadie que usted misma no pueda vigilar con sus propios ojos.
Reyes colgó el teléfono con el pulso acelerado, sintiendo cómo la investigación, que apenas dieciocho horas antes había parecido a punto de cerrarse con una sandalia y un abrazo, se abría de nuevo hacia un territorio incierto, con la promesa de una revelación que Fermín no había querido adelantar ni siquiera con la más mínima pista, y con la condición, todavía más inquietante, de que acudiera sola, como si ni siquiera dentro de su propio equipo pudiera ya confiar del todo en quién tenía delante.
Antes de dirigirse a El Vacie para la cita de la tarde, Reyes decidió dedicar un par de horas a intentar identificar al hombre que Rafael había visto vigilando el arrabal, convencida de que aquel dato, por escaso que fuera, podía resultar decisivo si de verdad existía una amenaza real rondando a Rocío.
Llamó a la Taberna Cuevas de Anita, donde Rafael solía jugar al dominó los jueves, y preguntó si alguien recordaba haber visto, dos noches atrás, un coche desconocido aparcado junto al puente sobre el Guadaíra, o a un hombre alto merodeando cerca del arrabal a esas horas de la madrugada.
Una camarera recordó, vagamente, un coche gris aparcado más tiempo del habitual, aunque no supo precisar la marca ni el color exacto, y un vecino jubilado que paseaba cada noche a su perro por la ribera del río le confirmó haber visto, esa misma madrugada, a un hombre fumando junto al puente, aunque tampoco pudo aportar mucho más que una descripción vaga: alto, corpulento, con una gorra que le tapaba buena parte del rostro.
Reyes le envió la descripción a Roldán, pidiéndole que la cruzara con las fichas de todos los conocidos asociados de Salido, y la respuesta, apenas media hora después, no hizo sino profundizar la inquietud que llevaba arrastrando desde la noche anterior.
Roldán: Ninguno de los asociados conocidos de Salido encaja con esa descripción. Todos están fichados, todos tienen antecedentes menores, ninguno de complexión especialmente fuerte. Esto no cuadra con nuestra lista habitual, Cala.
Reyes leyó el mensaje dos veces, sintiendo cómo una posibilidad incómoda, que llevaba días evitando nombrar del todo, se le imponía ahora con una claridad que ya no podía seguir aplazando: si aquel hombre no pertenecía al círculo conocido de Salido, quizás Almazán y su gente no eran, después de todo, el techo de aquella historia, sino solo el escalón más visible de algo más grande, alguien con recursos suficientes para mover a un hombre nuevo, no fichado, no relacionado con nada anterior, en el mismo momento exacto en que la investigación empezaba a acercarse demasiado a la verdad.
Condujo hacia El Vacie sola, tal como Fermín le había pedido, con la ventanilla bajada y el calor de la tarde entrando en oleadas cada vez que el semáforo la obligaba a detenerse, repasando mentalmente cada pieza del rompecabezas que llevaba días intentando encajar: un empresario desesperado por salvar su imperio, un cobrador brutalmente agredido, un funcionario confeso, una niña escondida y trasladada dos veces en menos de una semana, un hombre nuevo y sin identificar vigilando en la oscuridad, y ahora, flotando sobre todo lo demás, la sospecha fría de que alguien, dentro de su propio cuerpo, podía estar facilitando cada uno de esos movimientos sin que ella hubiera conseguido, todavía, ponerle cara ni nombre.
Entró en El Vacie con el sol ya bajo, pintando de naranja los tejados de chapa, y encontró a Fermín esperándola solo, sentado en el mismo poyete de piedra donde todo había empezado, con una expresión grave que no auguraba nada sencillo.
—Gracias por venir sola, inspectora —dijo, levantándose despacio—. Lo que tengo que enseñarle no va a ser fácil de escuchar. Pero antes de que entremos en mi casa, necesito que me prometa una cosa.
—Dígame.
—Que pase lo que pase con lo que le voy a contar, no va a dejar de buscar a mi hija hasta que esté en casa de verdad, y no solo de paso, escondida en la casa de un desconocido con miedo a que llamen a la puerta.
Reyes sostuvo la mirada del hombre, sintiendo el peso de todo lo que aquella promesa implicaba, y asintió con una firmeza que no dejaba lugar a dudas.
—Se lo prometo, Fermín. Ahora dígame qué ha pasado.