El Vacie Capítulo 8 — La mentira que protegía #2
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Capítulo 8 — La mentira que protegía #2

—Le doy mi palabra de que voy a averiguar cómo se ha filtrado esa información, Fermín.

Y le pido, a cambio, que confíe en una sola cosa concreta, no en mí en general, sino en esto: cuanto más tiempo pase su hija sola, movida de escondite en escondite, sin protección real, más aumenta el riesgo de que cometa un error, o de que la persona en la que confíe la próxima vez no sea de fiar.

Yo puedo ofrecerle protección de verdad.

Lo que no puedo ofrecerle es más tiempo.

Fermín se quedó en silencio un largo momento, con la mirada perdida en la torre de chatarra oxidada que se alzaba a su espalda, sopesando, visiblemente, un dilema que llevaba días cargando en solitario y que ahora, por fin, alguien le pedía que compartiera.

—Déjeme hacer una llamada —dijo finalmente—.

No a usted. A alguien de mi confianza, para saber si mi hija sigue bien donde está ahora.

Si me dicen que sí, esta noche lo pensaré.

Mañana le doy una respuesta. Es lo único que le puedo ofrecer hoy, inspectora, y ya es más de lo que hubiera ofrecido hace una semana.

Reyes asintió, aceptando aquel plazo con la sensación agridulce de quien gana una batalla pequeña sin haber ganado todavía la guerra, y salió del patio de chatarra hacia la calle, donde el sol ya se ponía sobre los tejados de chapa con ese rojo profundo de los atardeceres de julio, dejando tras de sí sombras alargadas que parecían, esa tarde, más largas y más inquietas que nunca.

Antes de llegar al coche, Custodio la interceptó en mitad de la calle, con una expresión tensa que Reyes reconoció de inmediato como la de alguien que ha oído una versión de los hechos que no coincide del todo con la realidad.

—Inspectora, ha corrido la voz de que ha estado en Alcalá, en casa del Rafita. Y de que ha encontrado ropa de la niña. La gente ya está diciendo que la han encontrado, que esta noche vuelve a casa.

Reyes sintió el peso de aquella información propagándose sin control, la misma velocidad de rumor que llevaba días advirtiéndole Roldán, y comprendió, con una punzada de angustia añadida, que ahora tenía que deshacer una esperanza que ni siquiera ella había confirmado del todo.

—Custodio, necesito que ayude a corregir eso, cuanto antes. Encontramos el lugar donde la escondieron, pero ya no está allí. Está bien, viva, protegida, pero la han tenido que mover otra vez por seguridad, y no sé todavía dónde se encuentra en este momento.

El rostro de Custodio se ensombreció, con la frustración de quien ha visto, en menos de una hora, cómo la calle entera pasaba de la desesperación al alivio y ahora tenía que volver a instalarse en la incertidumbre.

—Voy a hablar con la gente, inspectora. Pero le voy a pedir que la próxima vez que algo cambie, aunque sea a peor, me lo diga a mí primero, antes de que se entere por el rumor de la calle.

Esta comunidad ya ha sufrido bastante estos días como para añadirle además la crueldad de una esperanza que se deshace sin explicación.

—Tiene razón. Se lo prometo.

Reyes se despidió con la sensación de haber fallado, aunque fuera sin intención, en algo pequeño pero importante, y caminó hacia el coche donde Roldán la esperaba con el motor ya encendido, cargando con ella el peso añadido de una calle entera que, por unas horas, había creído el final feliz que todavía no había llegado.

Volvieron a la comisaría ya de noche, con la ciudad iluminada al otro lado de las ventanillas del coche y un silencio pesado instalado entre los dos, roto solo cuando Roldán, deteniéndose en un semáforo, formuló en voz alta la pregunta que Reyes llevaba rumiando desde el patio de chatarra.

—¿Usted cree que Fermín tiene razón? ¿Que hay alguien filtrando información desde dentro?

Reyes se quedó mirando las luces de la ciudad pasar tras la ventanilla antes de responder, ordenando en voz alta una sospecha que llevaba días evitando pronunciar del todo.

—Almazán supo en menos de veinticuatro horas que estábamos mirando su registro mercantil.

Eso ya me pareció demasiado rápido entonces, y Ceballos también lo dijo, ¿se acuerda?

Que alguien con capacidad para llamar a sus superiores ya sabía exactamente qué estábamos investigando.

Y ahora, dos días después de que yo fuera a hablar con Rafael por primera vez, alguien aparece vigilando su casa en Alcalá.

No creo en las casualidades tan precisas, Roldán.

—¿Está pensando en alguien en concreto?

—Todavía no. Y eso es lo que más me inquieta.

Puede ser alguien de la comisaría, puede ser alguien del juzgado, puede ser alguien de la propia Científica.

Cualquiera que haya tenido acceso a los informes en los últimos diez días es, en teoría, sospechoso, y no me gusta nada la idea de tener que empezar a mirar con desconfianza a la gente con la que trabajo cada día, casi tanto como no me gustó, la primera semana, empezar a mirar con desconfianza a la gente de El Vacie.

Ceballos los recibió todavía en su despacho, con la corbata aflojada y una pila de informes esperando su firma sobre la mesa, y escuchó el relato completo de la jornada —el hallazgo en Alcalá, la cueva vacía, la negativa de Fermín, la posibilidad de una filtración— con una atención que no dejaba traslucir, al menos en un primer momento, ninguna reacción concreta.

—Una filtración interna es una acusación muy seria, Cala. No es algo que se pueda investigar a la ligera, y desde luego no es algo que yo pueda ignorar si usted me lo plantea formalmente.

—No la planteo a la ligera, comisario. La planteo porque una niña de doce años sigue escondida en algún lugar que ninguno de los dos conoce, con un hombre sin identificar rondando su último escondite conocido, y porque cada vez que hemos dado un paso adelante en esta investigación, alguien parece haberlo sabido casi tan rápido como nosotros mismos.

Ceballos se quedó un momento en silencio, con la mandíbula tensa, sopesando visiblemente el peso de lo que Reyes acababa de sugerir.

—Voy a solicitar a Asuntos Internos que revisen, con la máxima discreción, quién ha tenido acceso a cada informe de este caso desde el primer día.

Va a llevar tiempo, y va a haber gente que se sienta ofendida solo por el hecho de que se les pregunte.

Pero si tiene razón, Cala, prefiero encontrar la fuga ahora, aunque duela, que seguir jugando a ciegas mientras alguien, dentro de esta misma casa, le hace el trabajo sucio a la gente que estamos investigando.

Reyes llegó a Pino Montano ya muy tarde, con el cansancio acumulado de un día que había empezado con la esperanza casi cerrada de traer a Rocío de vuelta a casa y que terminaba, en cambio, con más preguntas abiertas de las que había tenido por la mañana.

Subió las escaleras sin esperar el ascensor, con las piernas pesadas y la cabeza todavía dándole vueltas al rostro sin identificar de un hombre alto, de complexión fuerte, fumando junto a un coche en la oscuridad de Alcalá.

Se tumbó en el sofá sin desvestirse, con el móvil sobre el pecho por si Fermín cumplía su palabra y llamaba antes de lo prometido, y se quedó dormida, por fin, con la certeza incómoda de que el caso, lejos de cerrarse aquella tarde en una cueva de Alcalá, acababa de abrirse hacia un territorio mucho más peligroso e incierto del que había imaginado esa misma mañana, cuando había salido de su piso convencida de que en apenas unas horas tendría a Rocío Bermúdez, sana y salva, de vuelta entre los brazos de su madre.

A la mañana siguiente, Reyes llegó a la comisaría antes de las ocho, con la tensión de la espera instalada en el estómago desde que se había despertado, mucho antes de que sonara la alarma, con la vista fija en el techo del salón.

Encontró a Roldán ya en la sala de mapas, con una lista impresa extendida sobre la mesa y el rostro cansado de quien lleva despierto desde mucho antes del amanecer.

—He estado tirando del hilo toda la noche, Cala. Esta es la lista de todas las personas que han tenido acceso, en algún momento de los últimos diez días, a los informes sobre Almazán, Salido o el paradero de Rocío.

Reyes recorrió la lista con la vista: el sargento de guardia de la primera noche; dos agentes de la Científica; un administrativo del juzgado que había tramitado las órdenes de entrada; y, al final, dos nombres que le encogieron el estómago de una manera distinta, el suyo propio y el de Roldán, incluidos por pura exhaustividad, y el de Ceballos, tachado y vuelto a escribir, como si Roldán hubiera dudado, más de una vez durante la noche, sobre si incluirlo o no.

—¿Por qué ha dudado con Ceballos?

Roldán se pasó una mano por la cara, con la incomodidad visible de quien sabe que está a punto de decir algo que no le va a resultar fácil pronunciar.

—Porque técnicamente lo ha sabido todo, desde el primer día.

Y porque llevo aquí más tiempo que usted, Cala, y sé que este distrito lleva años sin recursos suficientes, con un comisario que probablemente gana menos de lo que merece por la responsabilidad que carga.

No estoy diciendo que sea él. Le juro que no lo creo.

Pero una investigación de verdad no puede descartar a nadie solo porque nos caiga bien o porque confiemos en él por instinto.

Reyes asintió, sintiendo el peso incómodo de tener que sospechar, aunque fuera solo en una lista de papel, del hombre que le había dado una segunda oportunidad después de Algeciras.