Capítulo 8 — La mentira que protegía
La llamada de Josele llegó a las nueve de la mañana, cuando Reyes todavía no había terminado de vestirse, con el pelo húmedo goteándole sobre los hombros y el teléfono sujeto entre la oreja y el hombro mientras se abrochaba, con torpeza, los botones de la camisa.
—Inspectora, creo que he encontrado algo —dijo el chico, con una voz que llevaba dentro una mezcla de nerviosismo y de cautela, como quien ha pasado la noche entera dándole vueltas a una sospecha antes de decidirse, por fin, a compartirla en voz alta—. Es sobre mi padre. —Te escucho, Josele.
—Hace cinco días, un par de noches después de que usted fuera a hablar con el Rafita, mi padre desapareció una tarde entera sin decir dónde iba.
Le pregunté a mi madre y me dijo que había ido a arreglar un asunto de la chatarrería, algo de un camión, pero mi padre no toca camiones desde hace años, eso lo llevo yo con dos primos.
Volvió de noche, muy callado, y desde entonces ha estado raro.
Se encierra a hablar por teléfono en el patio de atrás, donde antes nunca hablaba por teléfono.
Y ayer, cuando le pregunté directamente si sabía algo de Rocío que no nos estuviera contando, se puso muy nervioso y me dijo que no volviera a preguntarle eso nunca más.
Reyes sintió cómo el pulso se le aceleraba, con la misma certeza fría que la había acompañado, días atrás, al leer la conversación recuperada del ordenador de Salido.
—¿Cinco días, dices? Eso encaja casi exactamente con la fecha en que Salido reconoce haber perdido el rastro de tu hermana.
—Eso pensé yo también, inspectora. Por eso la llamo.
Reyes llamó a Roldán antes incluso de terminar de vestirse, con la camisa todavía a medio abrochar y el teléfono otra vez sujeto entre la oreja y el hombro.
—Necesito que me acompañe a Alcalá de Guadaíra, ahora mismo. Creo que sé quién ha estado protegiendo a Rocío.
—¿El primo de Fermín? ¿El que usted ya descartó la primera semana?
—Lo descarté como sospechoso de haberse llevado a la niña, no como alguien capaz de protegerla si la vida de ella dependiera de ello —respondió Reyes, mientras terminaba de anudarse los cordones de las botas con una sola mano—.
Encajan las fechas, encaja el comportamiento de Fermín, y encaja, sobre todo, algo que el propio Rafael me dijo la tarde que hablé con él: que si algún día su primo necesitaba algo, cualquier cosa, allí lo tenía, aunque hubieran pasado diez años.
—¿Vamos con refuerzos o solo, para no espantar a nadie?
—Solos, de momento. Si tengo razón, y esa niña lleva ocho días escondida en una cueva por miedo a que alguien de fuera le hiciera daño, lo último que necesita ver es un despliegue de coches patrulla entrando en su calle otra vez.
La carretera hacia Alcalá de Guadaíra, recorrida esta vez con la urgencia de quien cree estar a punto de cerrar el círculo entero de una investigación, le pareció a Reyes mucho más corta que la primera vez, como si la propia ansiedad comprimiera la distancia entre los olivares y acelerara el paso de las colinas suaves de la campiña tras las ventanillas.
El castillo se anunció en el horizonte con la misma solidez dorada de siempre, indiferente a la urgencia de quien se acercaba a sus pies, sosteniendo sobre el cerro la misma paciencia de piedra que llevaba sosteniendo desde mucho antes de que ninguna de aquellas historias, ni la de Rocío ni la de nadie más, hubiera empezado a escribirse.
Cruzaron el Arco de la calle Bandera casi corriendo, con Roldán un paso por detrás, y subieron por la calle San Miguel con una premura que contrastaba, de manera casi violenta, con la parsimonia de la primera visita, cuando Reyes había recorrido aquellas mismas calles fijándose en cada detalle, en cada cueva convertida en taberna, en cada cortina de cuentas de colores.
Ahora solo veía el camino más corto hacia la puerta verde encajada en la roca, con la parra trepando sobre el dintel, donde días atrás había encontrado a un hombre solo, fumando un cigarro y observando el atardecer con la paciencia de quien lleva diez años esperando algo que no termina de llegar.
La puerta verde estaba entornada, lo que a Reyes le pareció, de entrada, buena señal: Rafael no era hombre de dejar su casa abierta sin motivo.
Pero según se acercaba, algo en el silencio del lugar empezó a resultarle extraño, un silencio distinto del que recordaba de su primera visita, cuando la cueva respiraba con la calma pausada de un hombre solo viviendo su rutina de siempre.
Ahora aquel silencio tenía otra textura, más parecida a la de un lugar del que alguien acaba de salir con prisa.
—Rafael —llamó, empujando la puerta un poco más, sin llegar a entrar—. Soy la inspectora Cala.
Nadie respondió. Reyes cruzó el umbral, con Roldán un paso por detrás, y encontró la primera estancia revuelta de una manera que no encajaba con el orden meticuloso que recordaba: la mesa camilla con el tapete de ganchillo torcido, como si alguien hubiera apoyado en ella algo pesado con prisa; un vaso volcado, sin haberse molestado en recogerlo; y, tendida en una cuerda improvisada entre dos clavos de la roca, junto a una ventana lateral, una muda de ropa infantil ya seca, un vestido de flores azules que a Reyes le pareció, de inmediato, dolorosamente parecido al que Encarna había descrito la primera noche entre lágrimas.
Alguien había estado allí. Una niña había estado allí. Y ya no estaba.
Encontraron a Rafael en la segunda estancia, sentado en el suelo con la espalda contra la roca fría y las manos temblando alrededor de un cigarro que se había apagado sin que él se diera cuenta, con el rostro tan pálido que por un instante Reyes temió que le estuviera dando algún tipo de crisis.
—Rafael, ¿dónde está la niña?
El hombre levantó la vista hacia ella, con los ojos enrojecidos, y tardó un momento en encontrar la voz, como si todavía estuviera procesando algo que había ocurrido apenas unas horas antes.
—Se la llevaron —dijo, finalmente—. Anoche. Fermín vino él mismo, de madrugada, y se la llevó.
—¿Por qué? ¿Qué ha pasado? Rafael se pasó una mano temblorosa por la cara.
Llevaba dos noches viendo un coche aparcado junto al puente, donde nunca aparca nadie a esas horas.
La primera noche pensó que serían imaginaciones suyas, los nervios de tener a la cría escondida allí.
Pero anoche el coche volvió, y esta vez un hombre se bajó y se quedó mirando hacia el arrabal un buen rato, sin moverse, fumando despacio, como quien espera a que algo se decida por sí solo.
Entré en pánico, inspectora. Llamé a Fermín en ese mismo momento, sin esperar a que amaneciera.
—¿Vio bien a ese hombre? ¿Podría describirlo?
—Desde lejos, en la oscuridad. Alto, complexión fuerte, eso es todo lo que puedo decirle. No me atreví a acercarme.
—¿Dónde la ha llevado Fermín?
Rafael negó con la cabeza, despacio, con una expresión que mezclaba el alivio de haberse librado de aquel peso y la angustia de no poder ofrecer la respuesta que Reyes necesitaba.
—No me lo dijo, inspectora. Y no me lo dijo a propósito. Fue idea suya, desde el principio: que yo supiera lo menos posible, para que si alguna vez alguien me presionaba a mí, no tuviera nada que contar aunque quisiera.
Reyes sintió cómo la esperanza que había traído consigo desde Sevilla, la certeza casi absoluta de estar a punto de cerrar el caso, se le deshacía entre las manos con una violencia que le costó, durante un instante, contener del todo.
Se quedó mirando la ropa tendida, el vaso volcado, el cigarro apagado entre los dedos temblorosos de Rafael, y comprendió que aquella familia, con una inteligencia nacida de generaciones enteras de desconfianza justificada, había construido una cadena de protección tan compartimentada que ni siquiera ella, con toda su determinación, podía deshacerla de un solo tirón.
Encontraron a Fermín en El Vacie dos horas después, en el patio de chatarra, con las manos manchadas de grasa y una actitud que ya no tenía nada de la vacilación de la primera noche.
—Fermín, sé que estuvo en Alcalá con Rafael. Sé que ha movido a Rocío otra vez. Necesito saber dónde está.
Fermín dejó la herramienta que tenía entre las manos sobre el capó oxidado de un coche desguazado, y se giró hacia Reyes con una calma que no admitía ninguna negociación.
—No se lo voy a decir, inspectora.
—Fermín, entiendo su desconfianza, de verdad que la entiendo. Pero si hay alguien ahí fuera buscando a su hija con intenciones peores que las mías, cada hora que pasa sin que colaboremos juntos es una hora que juega a favor de esa persona, no de Rocío.
—Y yo entiendo su trabajo, inspectora, de verdad que sí. Pero hace una semana ustedes tenían un sospechoso, un cobrador de deudas, y en menos de un día ese hombre apareció medio muerto junto al río.
Fermín continuó, sin dejar que Reyes lo interrumpiera.
—Alguien supo dónde encontrarlo, inspectora.
Alguien con información que se supone que solo tenía la policía.
Y ahora me dice usted que un hombre ha aparecido vigilando la cueva de mi primo, dos días después de que usted misma fuera a hablar con él.
No sé cómo lo han sabido. Pero lo han sabido demasiado rápido para mi gusto, y hasta que entienda cómo, no pienso decirle a nadie, ni a usted ni a nadie con placa, dónde está mi hija.
Reyes no encontró, en ese momento, ninguna réplica que pudiera desmontar del todo el argumento de Fermín, porque la misma pregunta —cómo había sabido Almazán, tan rápido, que ella estaba investigando su empresa— llevaba días rondándole la cabeza sin que hubiera conseguido, todavía, una respuesta satisfactoria.