El Vacie Capítulo 7 — Un despacho con vistas #3
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Capítulo 7 — Un despacho con vistas #3

—El más largo desde que llegué —respondió Reyes, dándole un trago al café sin apenas notar el sabor—. Y todavía no ha terminado. Si Custodio o Josele consiguen algo esta noche, mañana puede ser el día en que por fin encontremos a Rocío.

—O puede que tardemos más de lo que nos gustaría —dijo Roldán, con la cautela profesional de quien ha aprendido a no prometerse finales rápidos—.

Pero por primera vez desde que empezó todo esto, Cala, tengo la sensación de que vamos por delante de la sombra, y no arrastrándonos detrás de ella.

Y eso, después de la semana que hemos tenido, ya es mucho.

Reyes salió de la comisaría central ya de noche, con la ciudad iluminada al otro lado de las ventanas y la cabeza todavía procesando la magnitud del giro que aquel día había traído consigo.

Almazán quedaría, casi con toda seguridad, imputado por corrupción urbanística y por las coacciones a Iglesias; Salido enfrentaría cargos por el mismo motivo, además de por la agresión a Chano Vargas, cuyo testimonio y cuyas lesiones documentadas cerraban el círculo casi por completo.

Era una victoria real, la primera de todo el caso que se podía medir en algo tan concreto como una imputación judicial.

Pero Rocío seguía sin aparecer, y la certeza de que estaba viva, escondida por alguien de dentro de El Vacie que no confiaba lo suficiente en la policía como para dar un paso al frente, pesaba sobre Reyes con una urgencia distinta a todas las anteriores: ya no se trataba de encontrar a quien la había hecho desaparecer, sino de encontrar, antes de que Almazán o cualquier otra sombra pudiera hacerlo, a quien la estaba protegiendo, y de convencer a esa persona, fuera quien fuera, de que por primera vez en noventa años, confiar en alguien de fuera podía significar, de verdad, salvar una vida en lugar de perderla.

Condujo directamente hacia El Vacie, sin pasar antes por su piso, con la determinación de quien sabe que cada hora que deja pasar sin compartir una información vital puede ser la hora que decida el desenlace entero de un caso.

Encontró a Custodio en el mismo sitio de siempre, sentado tras la verja sin óxido, con una radio pequeña encendida a bajo volumen a su lado, emitiendo las noticias de la noche con esa voz uniforme y lejana que tienen los locutores cuando hablan de sucesos que ocurren a apenas unos kilómetros pero que, dicha así, en la radio, parecen pertenecer a otro mundo.

—Ya me he enterado de lo del empresario, inspectora —dijo Custodio, sin levantarse, señalando la radio con un gesto de la barbilla—. Lo están diciendo ahora mismo. Imputación por corrupción, dicen. Buena noticia, supongo, aunque no sea la que estábamos esperando.

—Hay algo más, Custodio, y necesito que me escuche con atención, porque esto puede cambiarlo todo.

—Reyes se sentó frente a él, sin esperar invitación, con la urgencia todavía instalada en el pecho desde el interrogatorio de Salido—.

Hemos descubierto que Almazán y su gente no tienen a Rocío.

La estaban buscando, igual que nosotros, porque ella vio algo que no debía ver.

Pero alguien se les adelantó. Alguien de aquí, de El Vacie, la sacó antes de que ellos pudieran encontrarla.

Custodio se quedó muy quieto, con una inmovilidad que a Reyes le pareció, esta vez, distinta de la quietud habitual del hombre: no era la calma de siempre, sino algo más parecido a la concentración absoluta de quien acaba de escuchar una información que reorganiza, de golpe, todo lo que creía saber.

—¿Está segura de eso?

—Tan segura como puedo estarlo con una conversación recuperada del ordenador de Salido, escrita el mismo día de la desaparición.

Custodio, si alguien de esta calle está escondiendo a Rocío para protegerla, necesito que esa persona sepa que ya no hace falta que siga escondiéndose.

El peligro real, el que la obligó a esconderse, ya está siendo neutralizado.

Pero también necesito que sepa que cuanto más tiempo pase sin que aparezca, más posibilidades hay de que alguien, de un lado o de otro, cometa un error que ya no se pueda arreglar.

Custodio no respondió de inmediato. Se quedó mirando hacia la calle, hacia las casas de chapa que empezaban a iluminarse con las primeras luces de la noche, con una expresión que Reyes no supo del todo interpretar, aunque algo en ella le pareció, por primera vez desde que se conocían, muy parecido a la duda genuina de un hombre que sabe más de lo que ha dicho y que está decidiendo, en ese mismo instante, si el momento de decirlo por fin ha llegado.

—Voy a preguntar por ahí, inspectora —dijo, finalmente, con una voz más baja de lo habitual—.

Con mucho cuidado, sin nombrar a nadie, sin levantar sospechas.

Si hay alguien en esta calle que sepa algo, alguien que haya hecho lo que usted cree que se ha hecho, va a hacer falta más que una promesa para que dé la cara. Pero le prometo que voy a intentarlo.

—Es todo lo que le pido.

Antes de marcharse del todo, Reyes buscó también a Josele, a quien encontró en el patio de chatarra, sentado sobre el mismo bidón de siempre, con el móvil en la mano y la mirada perdida en la pantalla apagada, como si llevara horas esperando una llamada que no terminaba de llegar.

—Josele, tengo que contarte algo, y quiero que lo escuches de mí antes que de la radio o de cualquier vecino.

El chico levantó la vista, con esa mezcla de esperanza y de miedo que Reyes ya reconocía en cada rostro de aquella familia, y ella le explicó, con las palabras más sencillas que pudo encontrar, que Almazán y Salido no tenían a su hermana, que la habían estado buscando con la misma urgencia desesperada con la que la buscaba la policía, y que alguien, probablemente alguien muy cercano, la había puesto a salvo antes de que ellos pudieran encontrarla.

Josele se quedó en silencio un momento largo, con los ojos brillantes, luchando visiblemente contra la tentación de dejar que la esperanza se le desbordara del todo antes de tiempo.

—¿Cree que está viva? —preguntó, con una voz que apenas era un susurro.

—Creo que hay razones fundadas para pensar que sí, Josele.

Y creo que estamos más cerca que nunca de traerla de vuelta a casa.

Pero necesito tu ayuda para algo. Si sabes de alguien, cualquier persona, que en los últimos días haya cambiado de comportamiento, que esté más ausente, más nervioso, que evite ciertas conversaciones…

cualquier detalle, por pequeño que parezca, puede ser importante ahora mismo.

Josele negó con la cabeza, despacio, aunque algo en su expresión sugería que la pregunta le había despertado, aunque fuera vagamente, algún pensamiento que todavía no se atrevía a compartir del todo.

—Voy a pensarlo, inspectora. Voy a preguntar, con cuidado, como me pidió a Custodio. Si hay algo, se lo diré.

Reyes asintió, se despidió con un apretón breve en el hombro del chico, y caminó de vuelta hacia el coche por la calle ya casi a oscuras, sintiendo, por primera vez en muchos días, una esperanza cauta que no se atrevía todavía a nombrar del todo, pero que llevaba dentro, con la misma insistencia con que llevaba el nombre de Rocío Bermúdez desde la primera noche, la certeza creciente de que el final de aquella historia, fuera cual fuera, estaba ya mucho más cerca de lo que había estado en ningún otro momento desde que había cruzado la frontera de Cádiz.