El Vacie Capítulo 7 — Un despacho con vistas #2
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Capítulo 7 — Un despacho con vistas #2

—Tenemos que hablar con Salido ahora mismo —le dijo a Ceballos, mostrándole la pantalla del ordenador, con una urgencia que le costó contener dentro de los límites de la profesionalidad—.

Esto lo cambia todo, comisario. Si esta conversación es real, Salido y Almazán no tienen a Rocío.

Estaban buscándola, igual que nosotros, y alguien se les adelantó.

Ceballos leyó la conversación con el ceño fruncido, releyendo cada línea con la misma incredulidad que Reyes había sentido minutos antes.

—¿Alguien del propio asentamiento? —preguntó, aunque la pregunta parecía dirigida más a sí mismo que a ella.

—Tiene que ser alguien de dentro. Alguien que supiera, antes que Salido, que la niña estaba en peligro. Alguien que actuó más rápido que nosotros y más rápido que ellos, y que desde entonces la mantiene escondida, probablemente para protegerla.

—¿Por qué no ha dado señales de vida entonces? Si de verdad la está protegiendo, ¿por qué no ha ido a la policía?

Reyes se quedó un momento en silencio, sintiendo cómo la respuesta, incómoda y evidente al mismo tiempo, se le formaba en la cabeza con la claridad brutal de las cosas que uno preferiría no tener que reconocer.

—Porque no confía en nosotros, comisario.

Porque lleva noventa años aprendiendo que la policía, cuando entra en El Vacie, casi nunca trae nada bueno.

Y porque, hasta hace apenas unos días, cualquiera que mirara desde fuera hubiera dado por hecho, sin cuestionárselo, que si alguien escondía a esa niña era porque tenía algo que ver con su desaparición, y no porque estuviera intentando salvarla de algo mucho peor.

Ceballos se quedó mirando la pantalla un momento más, con una expresión que mezclaba el desconcierto profesional ante un giro inesperado con algo más difícil de nombrar, algo parecido a la incomodidad de reconocer que la propia investigación, sin proponérselo, podría haber estado empujando durante días a quien fuera que protegía a Rocío hacia un silencio todavía más profundo.

—Necesitamos encontrar a esa persona antes de que Almazán o Salido lo hagan —dijo, finalmente, con una gravedad que Reyes no le había escuchado hasta entonces—.

Porque si ellos llevan ocho días buscándola con la misma urgencia que nosotros, y con muchos menos escrúpulos, la ventaja que tuviera quien la sacó de allí se está agotando cada hora que pasa.

Interrogaron a Salido esa misma tarde, en una sala sin ventanas de la comisaría central, con su abogado sentado a su lado y una grabadora encendida sobre la mesa.

Roberto Salido resultó ser un hombre de expresión impenetrable, con una calma entrenada que solo se resquebrajó, apenas un instante, cuando Reyes le mostró la conversación recuperada del ordenador.

—Sin comentarios —dijo, con la voz plana de quien ha ensayado esa misma frase muchas veces antes, mientras su abogado asentía a su lado, aprobando cada silencio con un gesto casi imperceptible.

—Señor Salido, tenemos una conversación suya, con fecha del día de la desaparición, en la que usted mismo reconoce que estaba buscando a Rocío Bermúdez y que alguien se le adelantó —insistió Reyes—.

Eso no es una acusación circunstancial. Es su propia letra, en su propio ordenador.

Colaborar ahora puede jugar a su favor cuando esto llegue a un juez.

Salido intercambió una mirada breve con su abogado, y por un instante, algo pareció resquebrajarse en aquella fachada impenetrable, un cálculo silencioso sobre cuánto le convenía seguir callando y cuánto podría beneficiarle, en última instancia, colaborar antes de que la situación se le escapara del todo de las manos.

—Yo no le he hecho daño a esa niña —dijo, finalmente, con una voz que había perdido parte de su firmeza inicial—. Ni ninguna intención de hacérselo. Solo necesitaba encontrarla, hablar con ella, asegurarme de que no dijera lo que había visto.

—¿Qué había visto exactamente?

Salido miró a su abogado, que asintió, con una brevedad que sugería un cálculo ya cerrado de antemano sobre hasta dónde podía llegar aquella colaboración.

—Vio a Iglesias entregándome un sobre, una tarde, cerca del descampado.

Yo no sabía que ella estaba allí, escondida entre los cardos, jugando probablemente, hasta que la vi salir corriendo cuando me giré.

No até cabos entonces. Fui a buscarla un rato después, a preguntarle qué había visto, solo para calibrar el daño, y ya no la encontré.

Pregunté por ella en el asentamiento, con cuidado, sin decir mi nombre, y nadie supo darme razón.

Al día siguiente ya había desaparecido de verdad, con todo el mundo dando por hecho que se la había llevado alguien de fuera.

Y créame que cuando lo supe, sentí más miedo del que había sentido en toda esta historia.

Porque si yo no la tenía, y Almazán tampoco, eso solo podía significar una cosa: que alguien más rápido que nosotros, alguien de dentro que confiaba menos en la policía que en su propia gente, se me había adelantado.

Reyes salió de la sala de interrogatorio con la cabeza llena de una certeza nueva, incómoda y esperanzadora a partes iguales: si Salido decía la verdad, y todo indicaba que sí, Rocío estaba viva ocho días después de su desaparición, y alguien, dentro de El Vacie, llevaba todo ese tiempo protegiéndola de un peligro que nadie fuera de aquellas calles había sabido ver a tiempo. ***

Fernando Iglesias fue interrogado esa misma tarde, en un despacho distinto, sin abogado presente durante la primera media hora, porque había accedido a colaborar en cuanto se vio confrontado con las dos versiones del informe de impacto ambiental, la real y la que había acabado publicada en la web del Ayuntamiento.

Era un hombre menudo, de gafas finas, y durante el interrogatorio mantuvo la misma rigidez erguida que Reyes le había observado en la cafetería, aunque ahora aquella rigidez tenía menos de disciplina y más de miedo contenido.

—Almazán me presionó durante meses —dijo, con la voz quebrada, sin levantar la vista de sus propias manos entrelazadas sobre la mesa—.

Al principio fueron peticiones normales, reuniones informativas, nada fuera de lo habitual en mi trabajo.

Pero cuando el informe salió con esas restricciones por riesgo de inundación, me llamó Salido, no Almazán directamente, siempre Salido, y me dejó muy claro que si el informe salía así, publicado, con esas restricciones, mi hijo, que trabaja de comercial para una empresa que tiene contratos con Almazán, se iba a quedar sin trabajo de la noche a la mañana.

No fue una amenaza directa. Nunca lo es, con esta gente.

Solo una sugerencia, dicha con mucha educación, sobre lo interconectado que está todo en esta ciudad.

—¿Y usted alteró el informe?

—Cambié una tabla, quité un párrafo. Me dije a mí mismo que no era tan grave, que otras veces se hacen ajustes técnicos por motivos menores.

Pero sabía lo que estaba haciendo, inspectora.

Sabía que estaba poniendo el interés de una empresa por encima de la seguridad de miles de personas que viven cerca de ese terreno, incluida la gente de El Vacie, aunque a ellos ni siquiera les llegara nunca una copia de ese informe para que pudieran opinar sobre algo que afecta directamente a su vida.

—¿Sabe algo de la desaparición de Rocío Bermúdez?

Iglesias negó con la cabeza, con una vehemencia que a Reyes le pareció, esta vez, completamente sincera.

—Nada, inspectora, se lo juro. Yo firmé un papel falso por miedo a perder la tranquilidad de mi familia. Eso ya me pesa cada noche más de lo que puedo explicarle. Pero no tengo nada que ver con esa niña, ni sabía que existiera hasta que salió en las noticias.

Ceballos convocó una rueda de prensa breve a última hora de la tarde, en el patio interior de la comisaría central, con un atril improvisado y un puñado de micrófonos de distintas cadenas apilados unos sobre otros, mientras Reyes observaba desde un lateral, todavía con la adrenalina del día circulándole por el cuerpo con una intensidad que no terminaba de asentarse.

—Se ha procedido a la imputación de dos personas por delitos relacionados con corrupción urbanística y coacciones a un funcionario público —leyó Ceballos, con la voz mesurada de quien ha aprendido, a base de práctica, a decir mucho sin decir del todo lo que de verdad importa—.

La investigación continúa abierta en relación con la desaparición de la menor Rocío Bermúdez, que sigue siendo la prioridad absoluta de este cuerpo.

Una periodista, la misma que Custodio había plantado ante la entrada de El Vacie días atrás, levantó la mano con insistencia.

—¿Puede confirmar si existe relación directa entre estas imputaciones y la desaparición de la menor?

—No voy a especular sobre líneas de investigación en curso —respondió Ceballos, con una firmeza que no dejaba resquicio—.

Lo que sí puedo decir es que este cuerpo no va a descansar hasta encontrar a Rocío Bermúdez, y que cualquier persona que tenga información relevante, por pequeña que le parezca, puede acercarse a cualquier comisaría con la garantía de que su colaboración va a ser tratada con la máxima seriedad y respeto.

Reyes escuchó aquella última frase con una punzada de ironía amarga, sabiendo que la garantía que Ceballos acababa de ofrecer en público era, precisamente, la garantía que llevaba noventa años sin cumplirse del todo para la gente de El Vacie, y que solo un giro tan brutal como el de aquel día —un empresario imputado, un funcionario confeso, un cobrador brutalmente agredido— había conseguido, por fin, que las instituciones se tomaran en serio lo que la comunidad llevaba días gritando sin que nadie, hasta entonces, quisiera escuchar del todo.

Terminada la rueda de prensa, Roldán se acercó a ella con dos cafés de máquina, el mismo gesto silencioso de siempre, y se quedaron los dos apoyados contra la pared del patio, viendo cómo los periodistas se dispersaban hacia sus furgonetas.

—Ha sido un día largo, Cala.