El Vacie Capítulo 7 — Un despacho con vistas
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Capítulo 7 — Un despacho con vistas

A las seis de la mañana, la calle Reyes Católicos todavía dormía con esa quietud impecable que solo tienen las calles del centro antes de que abran las tiendas, con los toldos recogidos, las persianas metálicas bajadas hasta el suelo y algún camión de reparto descargando cajas de fruta frente a un bar que todavía no había encendido las luces.

Reyes llegó en el segundo coche de la comitiva, detrás del vehículo de Ceballos y de dos furgones de la Policía Científica, y aparcó junto al bordillo con la sensación extraña de estar a punto de entrar en un territorio que hasta entonces solo había observado desde fuera, con la nariz pegada al escaparate de una cafetería, como una intrusa que no terminaba de pertenecer a aquel paisaje de piedra pulida y cristal ahumado.

Bajó del coche y se quedó un momento quieta en la acera, mirando hacia arriba, hacia la fachada restaurada del edificio, con la misma sensación de vértigo invertido que había sentido días atrás observándolo desde la cafetería contigua: entonces había sido una espectadora fingiendo indiferencia; ahora, con la placa colgada al cuello y una orden judicial doblada en el bolsillo interior de la chaqueta, era ella quien tenía la autoridad para cruzar aquella puerta de cristal ahumado que hasta entonces solo se había abierto para quienes el propio edificio consideraba dignos de entrar sin hacer preguntas.

El operativo se desplegó con la precisión silenciosa de un mecanismo bien engrasado: dos agentes cubriendo la entrada trasera del edificio, otros dos apostados junto al ascensor, y el grueso del equipo, con Ceballos a la cabeza y Reyes justo detrás, esperando frente a la puerta de cristal ahumado con la orden judicial ya en la mano, doblada en tres partes, como si el propio papel necesitara demostrar, con su pulcritud, que aquello no era un abuso de poder sino todo lo contrario.

El recepcionista de traje que Reyes había visto días atrás desde la cafetería contigua palideció al ver entrar a media docena de agentes uniformados a las seis y media de la mañana, y balbuceó algo sobre llamar a seguridad antes de que Ceballos, con una calma profesional que no dejaba resquicio para la negociación, le mostrara la orden y le pidiera, con toda la cortesía que el momento permitía, que llamara mejor al señor Almazán y le informara de que la Policía Nacional acababa de entrar en su edificio con una orden de entrada y registro.

Ignacio Almazán bajó en persona quince minutos después, todavía con el nudo de la corbata a medio hacer y una bata de seda gris asomando por debajo de la americana, como si hubiera salido de la ducha directamente hacia el ascensor sin darse tiempo a completar del todo el ritual matinal que probablemente llevaba veinte años repitiendo sin variación.

Era un hombre alto, de complexión todavía atlética a pesar de la edad, con el pelo plateado peinado hacia atrás y unas manos cuidadas que se movían con la seguridad de quien lleva décadas acostumbrado a que sus gestos, por pequeños que sean, se tomen en serio.

—¿Puedo saber qué está pasando en mi propio edificio? —preguntó, con una voz grave y controlada que no dejaba traslucir, al menos en un primer momento, ningún nerviosismo visible.

—Inspectora Cala, Distrito Norte —se presentó Reyes, adelantándose un paso, mientras Ceballos le tendía la orden judicial—.

Tenemos una orden de entrada y registro relacionada con una investigación sobre desaparición de menor y posible falsificación documental en un expediente de recalificación urbanística.

Almazán tomó el documento con dos dedos, casi con desdén, y lo leyó con una lentitud calculada, la lentitud de quien quiere que quede claro, desde el primer minuto, que ninguna prisa ajena va a alterar el ritmo con el que él decide procesar las cosas.

—Voy a llamar a mi abogado —dijo, finalmente, devolviendo el documento sin ninguna alteración visible en el tono—.

Y les advierto, con toda la educación posible, que si esta orden resulta estar basada en algo que no se sostenga después ante un juez, van a tener que responder por las consecuencias de haber entrado así, sin previo aviso, en las oficinas de una empresa con veintidós años de trayectoria intachable en esta ciudad.

—Entiendo su posición, señor Almazán —respondió Reyes, sin dejarse intimidar por el tono—. Mientras tanto, la orden nos autoriza a proceder con el registro. Puede llamar a quien considere necesario, pero el trabajo va a empezar ahora mismo.

Almazán la observó un instante más, con una mirada que Reyes reconoció de inmediato, la mirada específica de quien lleva toda la vida calibrando a las personas por su utilidad o su peligrosidad y que en ese momento estaba decidiendo, con una rapidez fría, en cuál de las dos categorías colocarla a ella.

Algo en su expresión, sin embargo, no encajaba del todo con lo que Reyes había imaginado durante días, mientras construía mentalmente la imagen de un villano de despacho impecable: no había en aquel hombre la arrogancia gratuita que había esperado encontrar, sino algo más parecido a un cálculo permanente, la vigilancia constante de quien lleva años sosteniendo un imperio sobre cimientos mucho menos sólidos de lo que su fachada de piedra ostionera dejaba entrever.

—¿Sabe una cosa, inspectora? —dijo Almazán, con una voz que había perdido parte de su tensión inicial, sustituida por algo más parecido al cansancio de quien lleva demasiado tiempo cargando un peso que ya no puede compartir con nadie—.

Empecé esta empresa hace veintidós años con un solo camión y la ayuda de mi padre.

Construimos vivienda protegida en barrios que nadie más quería tocar.

Y ahora, por culpa de dos proyectos que se torcieron y de decisiones que tomé con demasiada prisa, todo eso puede desaparecer en un juzgado.

No estoy orgulloso de lo que ha hecho Salido en mi nombre, si es que ha hecho lo que ustedes creen que ha hecho.

Pero le pido que entienda que hay una diferencia entre un hombre desesperado por salvar su empresa y un monstruo que secuestra niñas.

—Esa diferencia, señor Almazán, la va a establecer un juez, no usted ni yo, aquí, esta mañana.

Almazán asintió, despacio, con una resignación que sonaba menos a derrota que a estrategia—. Adelante, entonces —dijo—. No tengo nada que ocultar en este edificio, inspectora. Pero le advierto que va a perder el tiempo, y que ese tiempo perdido no va a devolverle a esa niña ni un minuto antes.

La frase se le quedó a Reyes clavada en algún lugar entre la certeza y la duda, porque en el tono con que Almazán la había pronunciado había algo que no terminaba de encajar con la culpabilidad simple que ella había estado dando por sentada durante días: no sonaba a la frase de alguien que oculta un secuestro.

Sonaba, más bien, a la frase amarga de alguien convencido de su propia inocencia en un asunto concreto, aunque no en todos los demás.

El registro se prolongó durante casi cuatro horas, con los técnicos de la Científica moviéndose entre los despachos con guantes de látex y cajas de cartón etiquetadas, precintando ordenadores, fotografiando estanterías enteras de archivadores antes de vaciarlos, mientras Almazán esperaba en una sala de reuniones con vistas a la Giralda, flanqueado ya por un abogado de traje impecable que había llegado en menos de veinte minutos y que se pasó buena parte de la mañana susurrándole indicaciones al oído con la discreción profesional de quien ha hecho aquello muchas veces antes.

Reyes recorrió el despacho principal de Almazán, con sus ventanales enormes abiertos sobre el skyline de la ciudad vieja, la Giralda recortada contra un cielo ya despejado de julio, la Torre Sevilla asomando más al fondo, y sintió, mientras observaba aquella vista privilegiada, la misma sensación de vértigo que había experimentado el primer día, calculando los seis kilómetros exactos que separaban aquel despacho del patio de chatarra de los Bermúdez.

Desde allí arriba, pensó, la ciudad entera debía de parecer un tablero ordenado, manejable, un conjunto de decisiones tomadas desde la distancia cómoda de un ventanal que nunca dejaba entrar el olor a tierra reseca ni el ruido de los perros ladrando en los callejones.

Fue uno de los técnicos, revisando el ordenador personal de Salido en un despacho contiguo, más pequeño y menos ostentoso que el de Almazán, quien llamó a Reyes con un gesto urgente desde la puerta.

—Inspectora, va a querer ver esto.

En la pantalla, entre decenas de correos y mensajes de trabajo rutinario, había una conversación de una aplicación de mensajería, con fecha del mismo día de la desaparición de Rocío, entre Salido y un número guardado únicamente como «R.

». Reyes leyó los mensajes con el pulso acelerado, sintiendo cómo el suelo firme sobre el que había construido, durante días, toda su hipótesis, empezaba a resquebrajarse bajo sus pies con cada línea que leía.

R: la cría vio algo, hay que localizarla ya

Salido: la estoy buscando, no está en el asentamiento

R: pues busca mejor, esto no puede salir mal

Salido: te digo que no está, alguien se me ha adelantado

R: eso qué significa

Salido: que no la tengo yo. Que alguien la sacó de allí antes de que llegáramos

Reyes leyó la conversación dos veces, y después una tercera, sintiendo cómo cada certeza que había construido en los últimos días —Almazán y Salido tenían a Rocío, la habían secuestrado para silenciarla, la investigación consistía en encontrarlos a ellos para encontrarla a ella— se desmoronaba con una violencia silenciosa, sustituida por una pregunta completamente distinta y, de algún modo, mucho más inquietante que la anterior.

Si Salido no tenía a Rocío. Si alguien se le había adelantado, sacándola de El Vacie antes de que él llegara a por ella.

Entonces, ¿quién la tenía? ¿Y por qué, si no había sido para hacerle daño, esa persona seguía sin dar señales de vida, ocho días después de la desaparición?