El Vacie Capítulo 6 — Cuando desaparece uno de los nuestros #3
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Capítulo 6 — Cuando desaparece uno de los nuestros #3

—Cuando desaparece uno de los vuestros, buscáis —dijo, con una calma que pesaba más que cualquier grito—.

Cuando desaparece uno de los nuestros, preguntáis qué habrá hecho.

Eso me dijo mi abuelo una vez, hace años, cuando yo era muy pequeño y no entendía bien de qué me hablaba.

Ahora lo entiendo perfectamente, inspectora.

Y me da igual que usted, personalmente, se haya dejado la piel en esto.

El sistema entero sigue funcionando exactamente como mi abuelo decía.

Usted es la excepción que confirma la regla, no la prueba de que la regla haya cambiado.

Reyes sintió aquella frase golpearla en un lugar que no supo nombrar del todo, un lugar donde convivían, mezcladas sin remedio, la vergüenza profesional por todo lo que aquel chico tenía razón en señalar y la certeza, igual de firme, de que ella misma, en sus primeros días en el distrito, había estado a punto de cometer exactamente el mismo error que ahora la indignaba desde fuera: sospechar primero de dentro, de la familia, del primo, del vecino con antecedentes, antes de mirar hacia donde de verdad hacía falta mirar.

—No puedo cambiar el sistema entero, Josele.

Pero te prometo que voy a seguir tirando de este hilo hasta el final, cueste lo que cueste, y que cuando esto termine, si tengo que dar explicaciones sobre por qué se tardó tanto en tomárselo en serio, las voy a dar con tu nombre y con el de tu hermana en la boca, delante de quien haga falta.

Josele no respondió a eso, pero tampoco apartó la mirada, y por primera vez desde que se habían conocido, Reyes tuvo la sensación de que entre los dos, más allá de la desconfianza inicial y de la rabia justificada, empezaba a construirse algo parecido a un entendimiento verdadero, forjado no en las palabras bonitas sino en la incomodidad compartida de admitir, sin adornos, todo lo que había fallado antes de que ninguno de los dos hiciera nada por arreglarlo.

Custodio Heredia, que se había acercado sin que ninguno de los dos lo notara, con esa capacidad suya de aparecer en el momento justo sin hacer ruido de más, se detuvo a un par de metros, con las manos metidas en los bolsillos del pantalón y una expresión que oscilaba entre la satisfacción contenida y algo más profundo, más difícil de nombrar.

—Mañana entran en las oficinas de ese hombre —dijo, no como pregunta sino como constatación, con la misma seguridad de quien lleva toda la vida sabiendo, antes de que nadie se lo confirme, cómo van a acabar moviéndose las cosas en su propio territorio—.

Se ha corrido la voz ya, inspectora. Aquí las noticias siguen viajando más deprisa que en su comisaría.

—Mañana a primera hora, sí.

Custodio asintió, despacio, y se sentó en el poyete, al otro lado de Josele, con la misma parsimonia con que hacía cualquier otra cosa, como si aquel gesto llevara implícita una declaración de intenciones que no necesitaba palabras adicionales.

—Le voy a contar una cosa que quizá no sepa, inspectora, y que tiene que ver con lo que estábamos hablando —dijo, mirando hacia el patio de chatarra, hacia las torres de metal oxidado que se recortaban contra el cielo de la tarde—.

Cuando yo era joven, mi padre solía decir que en esta calle habíamos aprendido a sobrevivir precisamente porque nunca esperábamos que nadie de fuera viniera a salvarnos.

Que la única justicia de verdad era la que uno mismo se hacía, con sus propias manos, con la ayuda de su propia gente.

Y durante muchos años yo pensé que tenía razón, porque cada vez que mirábamos hacia fuera esperando ayuda, esa ayuda no llegaba, o llegaba tan tarde y tan a medias que daba lo mismo que no hubiera llegado.

Se quedó un momento en silencio, con la mirada perdida en algún punto más allá del patio, más allá incluso del asentamiento entero.

—Pero esta semana he visto algo distinto, inspectora.

He visto a alguien de fuera venir aquí, quedarse hasta tarde la primera noche, volver al día siguiente, y al siguiente, y seguir tirando de un hilo aunque le costara llamadas incómodas de sus superiores y coches que la siguen por la calle, según me ha contado Andrés.

—Reyes no le había mencionado aquello a nadie salvo a Roldán, y el hecho de que Custodio ya lo supiera le confirmó, una vez más, lo permeable que era la frontera entre lo que ocurría dentro y fuera de aquellas calles—.

Eso no cambia lo que dijo mi padre del todo.

Pero le añade un matiz que él nunca llegó a ver: que a veces, aunque pocas, sí que llega alguien de fuera dispuesto a hacer lo que hay que hacer.

Y cuando eso pasa, inspectora, aquí sabemos reconocerlo, aunque tardemos en decirlo en voz alta.

—Se lo agradezco, Custodio.

—No me lo agradezca todavía. Agradézcamelo cuando la niña esté de vuelta en su cama, durmiendo bajo este mismo techo de chapa que tanto ha tardado el resto de la ciudad en considerar digno de mirar dos veces.

Volvió a Pino Montano cuando el sol ya se ponía sobre los bloques de ladrillo visto, con el cielo tiñéndose de ese naranja profundo y polvoriento que solo tienen los atardeceres de las ciudades donde el calor del día se resiste a marcharse del todo, y condujo despacio, sin prisa, disfrutando por primera vez en muchos días de un trayecto que no llevaba dentro ninguna urgencia inmediata, solo la espera pesada de lo que iba a ocurrir a la mañana siguiente.

Cenó de pie, otra vez, junto a la encimera de su cocina, revisando por enésima vez las notas de la conversación con Chano Vargas, subrayando con un rotulador rojo las frases que consideraba clave: la discrepancia entre los dos informes, la mención a «otras niñas» que habían visto cosas que no debían, la nota sin firma que había encontrado en su propia casa.

Cada relectura le aportaba algún matiz nuevo, algún detalle que en la primera lectura se le había escapado entre la urgencia del momento, y hacia las diez de la noche, con la cocina ya a oscuras salvo por la luz de la pantalla del móvil, sintió que por fin tenía una imagen completa, o casi completa, de todo lo que la entrada de la mañana siguiente podía llegar a confirmar.

Se sentó en el sofá, frente al cajón donde seguía guardada la carpeta azul de Algeciras, y esta vez, después de días resistiéndose, la sacó por fin, con un gesto lento, casi ceremonial, y la abrió sobre sus rodillas.

Dentro había una fotografía de un chico de diecisiete años sonriendo a cámara, con una gorra torcida y los brazos cruzados sobre el pecho, en una pose despreocupada que contrastaba, de manera brutal, con todo lo que había venido después.

Había también un informe policial incompleto, con anotaciones al margen que Reyes reconoció como suyas, escritas en los días en que todavía creía que el caso podía resolverse a tiempo, y una última página, la que nunca había querido volver a leer, con la fecha en que el caso se había cerrado sin resolver, archivado como una desaparición voluntaria de un menor conflictivo, sin que nadie, ni ella misma en su momento, hubiera insistido lo suficiente para que se investigara con la profundidad que aquel chico merecía.

Se quedó mirando la fotografía un largo rato, sintiendo cómo la vieja quemadura que llevaba semanas cargando en el estómago se abría, otra vez, con la familiaridad dolorosa de siempre, pero esta vez, por primera vez desde que había salido de Algeciras, sintió también algo distinto mezclado con el dolor: la certeza de que mañana, al entrar en aquellas oficinas con una orden judicial en la mano, iba a estar haciendo, por fin, lo que no había conseguido hacer a tiempo por aquel chico de la fotografía.

No iba a devolverle la vida. Pero iba a asegurarse, con cada fibra de determinación que le quedaba, de que a Rocío Bermúdez no le pasara lo mismo por el mismo motivo exacto: por haber nacido en el lugar equivocado, ante los ojos de una ciudad que llevaba demasiado tiempo decidiendo, sin decirlo nunca en voz alta, qué desapariciones merecían la pena buscarse a tiempo.

Cerró la carpeta, la dejó sobre la mesa del salón, ya no escondida en ningún cajón, y se fue a dormir con la alarma puesta a las cinco y media de la madrugada, sabiendo que el día siguiente, por fin, iba a llevarla hasta el umbral mismo de la otra Sevilla.