Capítulo 6 — Cuando desaparece uno de los nuestros #2
—Voy a solicitar protección policial esta misma mañana —respondió Reyes, con una firmeza que se prometió a sí misma cumplir costara lo que costara—.
Y quiero que sepa que lo que acaba de contarme puede ser la pieza que nos falta para entender qué le pasó a Rocío.
Se lo agradezco más de lo que puedo expresarle ahora mismo.
Chano cerró los ojos de nuevo, y por un momento Reyes pensó que se había quedado dormido, vencido por el agotamiento y por el efecto de la medicación que le habían administrado durante la noche, pero antes de que ella se levantara para marcharse, volvió a hablar, con una voz todavía más débil que antes.
—Dígale a mi madre que lo siento. Que siento no haberla llamado antes, que siento haberla hecho pasar estas noches sin saber nada. Se lo puede decir usted mejor que yo, ahora mismo no tengo fuerzas ni para sostener el teléfono.
—Se lo diré, Chano. Y ella lo entenderá, se lo prometo. Solo quiere que estés vivo, y ahora lo estás.
Salieron de la habitación con el monitor todavía marcando su ritmo constante detrás de la puerta, y Reyes se quedó un momento en el pasillo, con la espalda apoyada contra la pared fría, dejando que el peso completo de todo lo escuchado terminara de asentarse antes de volver a moverse.
Salieron del hospital con la mañana ya bien avanzada, con el sol calentando de nuevo el asfalto con esa insistencia terca de julio, y Reyes llamó a Ceballos desde el aparcamiento, sin esperar siquiera a llegar al coche, incapaz de contener la urgencia de compartir lo que acababan de escuchar.
—Un informe de impacto ambiental adulterado, comisario.
Con la firma de Iglesias en las dos versiones, la real y la falsificada.
Y una frase, dicha por uno de los agresores de Chano Vargas, que sugiere que esto no es la primera vez que alguien tiene «problemas» con una niña que vio algo que no debía.
Hubo un silencio al otro lado de la línea, un silencio que a Reyes le pareció, por primera vez en días, no de cautela sino de determinación.
—Con eso, Cala, ya tenemos base suficiente para pedir al juez una orden de entrada y registro en las oficinas de Almazán Desarrollos Urbanos, y otra en el despacho de Fernando Iglesias en el Ayuntamiento.
Voy a mover cielo y tierra esta misma mañana para conseguirlas.
Y voy a solicitar protección para Chano Vargas, con vigilancia permanente en el hospital.
—Gracias, comisario.
—No me las dé todavía. Conseguir esas órdenes contra gente con los contactos de Almazán no va a ser sencillo, y en cuanto las pidamos, él lo va a saber en cuestión de horas, si no lo sabe ya.
Así que prepárese, porque a partir de ahora esto se mueve rápido, y no siempre en la dirección que a nosotros nos convendría.
Pasaron el resto de la mañana en el Palacio de Justicia, en una sala de espera de paredes color hueso y sillas de plástico atornilladas al suelo, con un ventilador de pie girando en una esquina sin conseguir mover del todo el aire cargado de la sala, mientras Ceballos, en el despacho contiguo, exponía al juez de guardia todo lo reunido en los últimos días: el testimonio de Chano Vargas, las fotografías de sus lesiones que un médico forense había documentado esa misma mañana con la meticulosidad clínica de quien sabe que cada detalle puede acabar decidiendo un juicio, y la discrepancia entre las dos versiones del informe de impacto ambiental, una de las cuales, la que circulaba oficialmente, ya no incluía ninguna restricción sobre el terreno de Almazán.
Reyes esperó junto a Roldán, con las piernas cruzadas y las manos entrelazadas sobre el regazo, en la misma postura exacta que había visto adoptar a tantas personas, en los últimos días, cuando esperaban una noticia que podía cambiarlo todo.
El pasillo olía a café recalentado y a papel viejo, con ese aroma particular de los edificios públicos que llevan décadas procesando la misma clase de urgencias humanas sin que el propio edificio, aparentemente, aprenda nunca a hacerlo con más rapidez.
—¿Cuánto suele tardar esto? —preguntó Reyes, más por necesidad de decir algo que por verdadero desconocimiento del procedimiento.
—Depende del juez, depende del día, depende de si a alguien, en algún despacho que ninguno de los dos vemos, le interesa que tarde más de la cuenta —respondió Roldán, sin apartar la vista de la puerta cerrada—.
Pero con lo que llevamos, con las lesiones documentadas y la discrepancia en los informes, no debería tardar más de un par de horas.
Un juez que se niegue a firmar esto, con estas pruebas encima de la mesa, se estaría jugando su propia reputación si algo sale mal después.
Pasaron casi tres horas, durante las cuales Reyes salió dos veces al patio interior del edificio a tomar el aire, con el móvil pegado a la mano por si Ceballos llamaba antes de salir del despacho, y en las que intentó, sin conseguirlo del todo, no pensar en la cara de Josele mientras ella le prometía justicia sin saber todavía si iba a poder cumplirla, ni en el rostro hinchado de Chano Vargas, ni en la frase que uno de sus agresores había dejado caer, casi sin querer, sobre otras niñas que en el pasado habían visto cosas que no debían.
Cuando Ceballos salió, por fin, con una carpeta bajo el brazo y una expresión que Reyes no supo interpretar del todo entre el alivio y la tensión de lo que venía después, no hizo falta que dijera una sola palabra: la sonrisa breve, casi imperceptible, que se le escapó al cruzar la puerta, bastó para que Reyes sintiera cómo algo, por fin, empezaba a moverse en la dirección correcta.
—Tenemos las dos órdenes —dijo, acercándose a ellos—.
Entrada y registro en las oficinas de Almazán Desarrollos Urbanos, y en el despacho de Fernando Iglesias.
Se ejecutan mañana a primera hora, con la Científica ya avisada y un dispositivo coordinado con la Unidad de Delincuencia Económica, para que no se nos escape ni un solo documento antes de que alguien tenga tiempo de hacerlo desaparecer.
—¿Y protección para Chano Vargas?
—Concedida también. Dos agentes en turnos de doce horas, en la puerta de su habitación, hasta que se decida lo contrario.
—Ceballos se pasó la mano por la cara, con un gesto que ya no era de cansancio sino de una determinación que Reyes no le había visto hasta entonces—.
Cala, quiero que sepa una cosa. Llevo veintitrés años en este cuerpo, y pocas veces he visto un caso moverse tan rápido, en tan poco tiempo, desde tan abajo.
Sea lo que sea lo que encontremos mañana en esas oficinas, usted se ha ganado estar en primera línea cuando entremos.
Reyes asintió, sintiendo el peso de aquella confianza recién otorgada con una mezcla de orgullo profesional y de un miedo mucho más íntimo, el miedo de quien sabe que, a partir del día siguiente, ya no habría vuelta atrás posible, ni para ella, ni para el caso, ni para nadie de los que llevaban ocho días esperando, en una calle de tierra apisonada, que alguien encontrara por fin el camino de vuelta a casa para una niña de doce años.
Antes de volver a la comisaría, Reyes decidió pasar por El Vacie, sintiendo la necesidad, más emocional que profesional, de contarle a la familia de Rocío que algo importante acababa de ocurrir, aunque todavía no supiera cómo explicarles, sin darles una esperanza que después pudiera resultar prematura, la conexión exacta entre la paliza de un cobrador de deudas y la desaparición de su hija.
Encontró a Josele sentado en el mismo poyete de piedra donde Reyes había hablado con Sole el primer día, con la mirada perdida hacia el patio de chatarra, y se sentó junto a él sin pedir permiso, algo que no había hecho antes y que ahora le pareció, después de una semana entera compartiendo aquella calle, lo bastante natural como para no necesitar explicación.
—Han encontrado a Chano Vargas —dijo, sin rodeos—. Vivo, pero muy mal. Alguien le dio una paliza brutal, y por lo que nos ha contado, tiene relación directa con el hombre que estamos investigando por el solar.
Josele se quedó en silencio un momento, procesando la noticia, antes de responder con una amargura que Reyes no le había escuchado hasta entonces, ni siquiera la primera noche, cuando la rabia había sido más ruidosa pero, comprendió ahora, menos profunda que aquel cansancio nuevo.
—¿Sabe lo que me resulta curioso, inspectora?
—dijo, sin mirarla, con la vista todavía fija en algún punto del patio—.
Que a Chano, en cuanto le dan una paliza que casi lo mata, le mandan protección policial en cuestión de horas.
Vigilancia permanente, ha dicho usted. Y mi hermana lleva ocho días desaparecida, y hasta que apareció una sandalia en un descampado, nadie movió un dedo por ella más allá de usted sola, investigando por su cuenta, sin que su propio comisario le diera los recursos que necesitaba.
Reyes no encontró, en un primer momento, ninguna respuesta que no sonara a excusa institucional, y se quedó callada, dejando que el silencio se asentara entre los dos, consciente de que cualquier palabra apresurada iba a sonar, en ese momento concreto, más a defensa corporativa que a la verdad incómoda que Josele acababa de poner sobre la mesa.
—Tienes razón —dijo finalmente, porque no encontró nada más honesto que decir—.
Y no te voy a dar ninguna excusa, porque no la hay que valga de verdad.
Cuando desapareció un cobrador de deudas con antecedentes, en cuanto apareció malherido, todo el sistema se movió en cuestión de horas.
Cuando desapareció tu hermana, una niña de doce años sin ningún antecedente, sin ninguna mancha, el sistema tardó ocho días en moverse con la misma urgencia.
Eso no tiene justificación, Josele. Y no voy a intentar dártela.
El chico se volvió, por fin, a mirarla, con una expresión que ya no tenía la hostilidad de los primeros días pero tampoco el alivio que Reyes hubiera esperado encontrar tras una disculpa tan directa.