El Vacie Capítulo 6 — Cuando desaparece uno de los nuestros
34%

Capítulo 6 — Cuando desaparece uno de los nuestros

El teléfono sonó a las seis y cuarto de la mañana, cuando la luz todavía tenía esa calidad gris y sin decidir que precede al amanecer de verano en Sevilla, cuando el calor del día anterior ya se ha marchado del todo y el nuevo calor todavía no ha empezado a instalarse, y la ciudad entera parece, por un rato breve, respirar a una temperatura razonable.

Reyes llevaba dos horas despierta, sentada en el sofá con la cadena de la puerta todavía echada y el móvil sobre la rodilla, cuando la pantalla se iluminó con el nombre de Roldán.

No había dormido más de tres horas seguidas desde la noche del coche que la había seguido, o que quizá solo le había parecido seguirla, y el insomnio le había dejado esa sensación de irrealidad ligera con que se afrontan las noticias importantes cuando el cuerpo entero funciona ya con la reserva de energía equivocada, la del miedo sostenido en lugar de la del descanso reparador.

—Han encontrado a Chano Vargas —dijo, sin preámbulos, con una voz que llevaba dentro la urgencia particular de quien ha recibido una noticia a medio camino entre el alivio y el desastre—.

Un pescador lo encontró hace una hora, junto al Guadalquivir, a la altura de la Esclusa.

Está vivo, Cala, pero lo han dejado muy mal. Lo llevan al Virgen del Rocío.

Reyes ya estaba de pie antes de que Roldán terminara la frase, buscando las llaves con una mano mientras con la otra sujetaba el teléfono contra el hombro, sintiendo cómo la calma tensa de las últimas horas, la calma de quien espera una noticia sin saber por dónde va a llegar, se rompía de golpe en algo mucho más parecido al vértigo de una carrera contrarreloj.

—Voy para allá.

Condujo hacia el hospital con las calles todavía casi vacías, con esa Sevilla desconocida y silenciosa que solo existe entre las cinco y las siete de la mañana, cuando los barrenderos municipales son los únicos habitantes visibles de una ciudad que el resto del día se llena de un ruido que oculta, casi siempre, lo que de verdad importa.

Cruzó el puente sobre el Guadalquivir con el río todavía envuelto en una bruma tenue que el sol, apenas asomando por el horizonte, empezaba a deshacer despacio, en volutas que se desprendían de la superficie del agua como si el propio río exhalara, aliviado, el peso de la noche que acababa de terminar.

Pensó, sin poder evitarlo, en el lugar exacto donde habían encontrado a Chano, río abajo, cerca de la Esclusa, y en la crueldad calculada de dejar a un hombre malherido junto al agua, como si quien lo hubiera hecho hubiera querido, además de castigarlo, recordarle lo fácil que hubiera sido, con solo un poco más de fuerza, que aquel río se convirtiera en su tumba.

El hospital Virgen del Rocío, a esa hora de la mañana, tenía la actividad reducida y silenciosa propia de los turnos de guardia que agonizan esperando el relevo: enfermeras moviéndose entre las camas con la lentitud metódica de quien lleva doce horas despierta, algún familiar dormido en una silla de plástico junto a una puerta, el zumbido constante y neutro de los monitores que nadie, salvo quien los necesita de verdad, llega a escuchar del todo.

Reyes encontró a Roldán en el pasillo de Urgencias, con dos cafés de máquina que esta vez ninguno de los dos tocó, esperando frente a una puerta cerrada tras la cual, según les había dicho una enfermera diez minutos antes, un cirujano terminaba de suturar una brecha en la ceja de Chano Vargas mientras un traumatólogo evaluaba, en la sala contigua, si alguna de las tres costillas rotas había llegado a perforar algo importante.

—¿Qué le ha pasado? —preguntó Reyes, aunque la pregunta era, en cierto modo, retórica: llevaba días sabiendo, sin poder demostrarlo, que aquello acabaría pasando.

—Palizas de este tipo, con esta precisión, no las da nadie improvisando —respondió Roldán, con la voz baja de quien lleva demasiado tiempo viendo el resultado de violencia calculada como para seguir sorprendiéndose—.

Costillas, no la cara, nada que deje una marca permanente que pueda usarse como prueba fotográfica contundente.

Es un mensaje, Cala, no una agresión al azar.

Alguien quería que sobreviviera, pero también quería que le quedara muy claro por qué le estaba pasando esto.

Les dejaron pasar a verlo poco después de las ocho, con la condición estricta de que la visita fuera breve y de que no lo alteraran innecesariamente, según les advirtió una médica joven con ojeras marcadas y una carpeta bajo el brazo que hablaba con la precisión cansada de quien ha dado ya la misma indicación demasiadas veces esa noche.

Chano estaba tumbado, con el rostro hinchado por un lado y un vendaje que le cruzaba la ceja izquierda, con un brazo escayolado y el resto del cuerpo oculto bajo una sábana que se movía, despacio, al ritmo de una respiración que sonaba más trabajosa de lo que a Reyes le hubiera gustado escuchar.

La habitación olía a antiséptico y a plástico nuevo, con esa luz fluorescente blanca que iguala todos los rostros hasta volverlos ligeramente enfermos, y por la ventana entraba ya la claridad completa de la mañana, incongruente con la oscuridad de lo que aquel hombre acababa de atravesar durante la noche.

Un gotero goteaba, a intervalos regulares, un líquido transparente que a Reyes le pareció, en aquel silencio tenso, sonar más alto de lo que en realidad sonaba.

Abrió los ojos cuando ella se acercó a la cama, y algo en su expresión —el reconocimiento inmediato, la ausencia total de la hostilidad que le había mostrado la primera vez que hablaron en el patio de chatarra— le dijo a Reyes, antes incluso de que él pronunciara palabra, que el hombre que tenía delante había cruzado, en algún momento de los últimos días, una frontera después de la cual ya no le quedaban fuerzas ni ganas para seguir escondiéndose.

—Inspectora —dijo, con la voz ronca y entrecortada por el dolor de las costillas—. Me alegro de que sea usted la que ha venido.

—Chano, necesito que me cuente lo que pasó, si puede. Con calma, sin prisa.

Tardó un momento en organizar las palabras, con los ojos cerrados y la respiración marcada por pausas breves que Reyes intuyó, más que dolor, precaución ante algo que llevaba días sin atreverse a decir en voz alta.

—Estuve trabajando para él. Para Salido —empezó, finalmente, con los ojos todavía cerrados—.

Cobros, avisos, algún que otro recado que no me gustaba pero que hacía porque le debía dinero y él sabía exactamente cómo cobrarse esa deuda con mi tiempo.

Hace un mes me mandó a llevar unos papeles de una oficina a otra, un sobre cerrado, nada más, un recado sencillo.

Pero el sobre se abrió, sin que yo hiciera nada, se abrió solo, el pegamento estaba mal puesto, y vi lo que había dentro.

—¿Qué había, Chano?

—Un informe. De impacto ambiental, creo que se llama así.

Con la firma de alguien del Ayuntamiento, de ese tal Iglesias.

Pero el informe que yo llevaba decía una cosa, y el que había colgado hacía dos semanas en la web del Ayuntamiento, que miré después en un locutorio, decía otra distinta.

En el que yo llevaba, el terreno aparecía como zona de riesgo de inundación, con restricciones serias para construir.

En el que estaba publicado, esa parte había desaparecido entera, como si nunca hubiera existido.

Reyes sintió que se le aceleraba el pulso, con la certeza fría y precisa de quien ve, por fin, la pieza concreta que convierte una sospecha razonable en algo que empieza a parecerse, de verdad, a una prueba.

—¿Guardó usted ese informe? ¿Tiene alguna copia?

Chano negó con la cabeza, despacio, con un gesto que le costó visiblemente el esfuerzo.

—Hice fotos con el móvil, de las páginas que me parecieron importantes.

Pero cuando volví a mi casa esa noche, alguien había entrado, sin forzar nada, con una llave que no tenía por qué tener, y se había llevado el teléfono, el ordenador, todo lo que pudiera tener algo guardado.

Me dejaron una nota, sin firma, que decía solo: «Lo que no viste, no lo puedes contar».

Al día siguiente empecé a esconderme. Y hace tres noches, cuando pensaba que ya se había olvidado de mí, me sacaron de donde estaba escondido, en Utrera, y me trajeron aquí, a Sevilla, en un coche con las ventanillas tintadas, y me hicieron esto.

—Señaló, con un gesto mínimo de la mano escayolada, su propio cuerpo tendido en la cama—.

Me dijeron que la próxima vez no iba a ser una advertencia.

—¿Le mencionaron a Rocío en algún momento? ¿A la niña desaparecida?

Chano abrió los ojos, por primera vez desde que había empezado a hablar, y en ellos había algo que a Reyes le pareció, más que miedo, una especie de horror recién comprendido, como si aquella pregunta le hubiera obligado a atar, en ese mismo instante, un cabo que hasta entonces había preferido no atar.

—No directamente. Pero uno de los dos hombres que me pegaron dijo algo, mientras el otro me sujetaba, algo de que «ya habían tenido suficientes problemas con niñas que veían cosas que no debían».

En el momento no até cabos, inspectora, estaba más preocupado por sobrevivir a los golpes que por analizar cada palabra.

Pero ahora que lo pienso, ahora que usted me lo pregunta…

Se le quebró la voz, y una lágrima le resbaló por la mejilla intacta, la única parte de su rostro que la paliza no había alcanzado, mientras el monitor de las constantes marcaba, a su lado, un ritmo cardíaco que se había acelerado visiblemente en los últimos segundos.

—Descanse, Chano. Ha hecho lo correcto contándome esto.

—¿Van a protegerme? —preguntó, con una vulnerabilidad que contrastaba brutalmente con la actitud desafiante que le había mostrado la primera vez que hablaron—. Porque si esta gente se ha enterado de que he hablado con usted, no me va a dar tiempo a una segunda advertencia.