Capítulo 5 — El precio del silencio #4
Salió de la comisaría ya de noche, con la ciudad encendiendo sus luces al otro lado de las ventanas y una sensación extraña instalada en el pecho, a medio camino entre el vértigo y algo parecido, muy a su pesar, al entusiasmo profesional que llevaba meses sin experimentar.
Condujo hacia Pino Montano por la misma avenida ancha y arbolada de siempre, con los plátanos de sombra convertidos ya en masas oscuras recortadas contra el resplandor anaranjado de las farolas, y fue entonces, al mirar por el retrovisor en un semáforo de la avenida de Miraflores, cuando reparó en un sedán oscuro que llevaba, calculó, al menos tres cruces detrás de ella, manteniendo siempre la misma distancia exacta, ni acercándose lo suficiente para adelantarla ni cayendo lo bastante atrás como para perderla de vista.
Giró dos veces sin necesidad real, primero hacia una calle secundaria y después de vuelta a la avenida principal, con el pulso acelerándosele de una manera que no tenía nada que ver con el tráfico, y el sedán, tras la segunda vuelta, ya no apareció por ningún lado.
Se dijo a sí misma que probablemente no era nada, que Sevilla estaba llena de coches oscuros y de conductores que giraban en las mismas calles que ella por las razones más triviales del mundo, y sin embargo condujo el resto del trayecto con los ojos yendo del parabrisas al retrovisor con una frecuencia que no había tenido nunca antes, ni siquiera en sus peores noches en Algeciras.
Se detuvo, sin planearlo del todo, junto a la vía de servicio desde la que se veía, a lo lejos, la mancha oscura de El Vacie recortada contra las luces de la ciudad, con algún que otro punto de claridad amarilla asomando entre las casas de chapa, como si el asentamiento entero respirara despacio en medio de la noche, ajeno todavía a la magnitud exacta de lo que se estaba moviendo, en despachos que ninguno de sus habitantes pisaría jamás, alrededor de su propia existencia.
Pensó en Custodio Heredia, plantado ante las cámaras aquella misma mañana, defendiendo su calle con la misma quietud terca con que un contrafuerte sostiene un muro.
Pensó en Encarna, viendo su propia casa en la televisión del vecino.
Pensó en la madre de Chano Vargas, con la fotografía del balón de fútbol presidiendo un salón demasiado ordenado para la angustia que contenía.
Y pensó, por último, en Ignacio Almazán, a quien todavía no conocía, sentado probablemente en ese mismo instante en algún salón elegante del centro, sin la menor sospecha de que una inspectora recién trasladada, con una carpeta azul sin abrir en el cajón de su mueble de televisión, acababa de decidir que no iba a parar hasta averiguar hasta dónde llegaba, de verdad, el precio de su silencio.
Antes de subir al piso, marcó el número de Josele, que respondió al segundo tono con una voz cargada de la misma tensión permanente que Reyes le había notado desde la primera noche.
—¿Hay noticias? —preguntó el chico, sin saludo previo, con la urgencia de quien lleva días haciendo la misma pregunta a cada llamada que recibe.
—Todavía no de tu hermana, Josele. Pero quiero que sepas que estamos siguiendo una pista seria, fuera del asentamiento. No puedo contarte más detalles todavía, pero quiero que tu familia sepa que esto no se ha quedado parado, ni mucho menos.
Hubo un silencio al otro lado de la línea, un silencio distinto de los anteriores, menos hostil, más parecido al de alguien que está decidiendo si permitirse, después de tantos días, un resquicio de esperanza.
—Mi madre pregunta por usted todos los días —dijo finalmente Josele, con la voz algo más baja—. Le he dicho que está haciendo su trabajo. Que parece de las que no se rinden.
—Dile que tiene razón —respondió Reyes, sintiendo cómo aquellas palabras, dichas en voz alta a un chico de dieciocho años en mitad de una calle oscura de Pino Montano, pesaban más de lo que hubiera esperado—. Dile que no pienso parar hasta traer a Rocío de vuelta a casa.
Colgó el teléfono y se quedó un momento más junto al coche, con la mancha oscura de El Vacie recortada a lo lejos contra las luces de la ciudad, antes de subir, por fin, hacia un piso donde la carpeta azul seguía esperando, cerrada, en el mismo cajón de siempre.
Antes de entrar en el portal, marcó un último número esa noche, más por prudencia que por verdadera alarma, y le contó a Roldán, en dos frases breves, lo del coche que le había parecido seguirla desde la comisaría.
—Puede que no fuera nada —dijo, casi restándole importancia ella misma, como si al decirlo en voz alta el episodio perdiera parte de su peso.
—Puede que no —respondió Roldán, tras un silencio que a Reyes le sonó más largo de lo que hubiera querido—.
Pero a partir de ahora, cualquier cosa que le parezca rara, aunque sea una tontería, quiero que me la cuente en el momento, no al día siguiente.
Y duerma con el móvil cerca, Cala. Por si acaso.
Colgó, subió las escaleras hasta el tercero D sin esperar el ascensor, y una vez dentro, con la puerta bien cerrada y la cadena echada, un gesto que no recordaba haber hecho ni una sola vez en las noches anteriores, se sentó en el sofá todavía envuelto en plástico y se quedó mirando la oscuridad del salón un buen rato, preguntándose si el miedo que acababa de sentir en la avenida era el primer síntoma real de que había cruzado, sin darse del todo cuenta, la línea que separaba investigar a alguien poderoso de convertirse, ella misma, en un problema que ese alguien necesitaba resolver.