Capítulo 5 — El precio del silencio #3
—Antes de que empiece, Cala, necesito decirle algo —dijo Ceballos, sin dejarla hablar—.
Esta mañana he recibido una llamada. No de arriba, de más arriba todavía.
Alguien, en algún despacho que ni usted ni yo pisamos nunca, quiere saber por qué una inspectora de un distrito periférico está haciendo preguntas sobre el registro mercantil de una empresa de desarrollo urbano con contratos activos con el Ayuntamiento.
Reyes sintió que se le helaba algo por dentro, no de miedo exactamente, sino de la certeza fría de que Roldán había tenido razón la noche anterior: aquellas cosas se sabían, y se sabían rápido, mucho más rápido de lo que a ella le hubiera gustado.
—¿Cómo se han enterado tan rápido?
—Esa es la pregunta que me hago yo también, Cala —respondió Ceballos, con una media sonrisa amarga—.
Hemos hecho, entre usted y yo, un puñado de llamadas discretas, ninguna oficial, ninguna que debiera haber salido de este edificio.
Y aun así, en menos de veinticuatro horas, alguien con capacidad para llamar a mis superiores ya sabe exactamente lo que estamos mirando.
Eso me dice dos cosas, y ninguna es tranquilizadora: que Almazán tiene ojos en sitios donde ni usted ni yo esperaríamos encontrarlos, y que a partir de ahora tenemos que dar por hecho que cualquier cosa que hagamos, la va a saber él antes que nosotros mismos hayamos terminado de redactarla.
—¿Qué le han dicho, comisario?
—Me han dicho que tenga cuidado con las acusaciones sin fundamento contra empresarios de reconocido prestigio en la ciudad, que podrían derivar en consecuencias legales para el cuerpo si se demuestra que carecían de base.
Palabra por palabra, Cala, así me lo han dicho, con ese tono tan educado que usan cuando en realidad te están amenazando.
—No he acusado a nadie de nada. He seguido un hilo de investigación legítimo.
—Lo sé, y se lo voy a decir con toda la claridad que pueda: le creo.
Y por eso mismo le voy a dar dos opciones, porque a partir de ahora esto ya no depende solo de usted, ni solo de mí.
—Ceballos se inclinó hacia delante, apoyando los antebrazos sobre la mesa, con una gravedad que Reyes no le había visto hasta entonces—.
Opción uno: paramos aquí esta línea de investigación, documentamos lo que tenemos como una posibilidad más entre otras, y nos centramos en las vías que no van a levantarnos una llamada de arriba cada dos días.
Es la opción segura, para usted y para mí.
—¿Y la opción dos?
—La opción dos es que sigamos, con todas las garantías legales que podamos reunir, documentando cada paso con una precisión absoluta, sin dar a nadie el más mínimo resquicio para acusarnos de actuar sin fundamento.
Pero si elegimos esa opción, Cala, tiene que saber que a partir de ahí ya no vamos a estar solos usted y yo contra un protocolo aburrido.
Vamos a estar usted y yo, con los recursos limitados de un distrito periférico, contra alguien que tiene dinero suficiente para que le devuelvan las llamadas en los despachos que a usted y a mí ni siquiera nos cogerían el teléfono.
Reyes no necesitó pensarlo mucho tiempo, aunque dejó pasar un silencio deliberado antes de responder, consciente de que aquella decisión merecía, al menos, la apariencia de haber sido sopesada con calma.
—Sigo, comisario. Con todas las garantías que hagan falta, pero sigo.
Ceballos asintió, despacio, con una expresión que mezclaba la resignación de quien sabe que se está metiendo en un terreno peligroso con algo parecido, muy al fondo, a un principio de orgullo profesional que llevaba mucho tiempo sin sentir.
—Está bien. Pero a partir de ahora, cada movimiento que haga en esta dirección, cada llamada, cada visita, cada documento que consiga, lo quiero registrado y fechado con precisión de notario. Si esto acaba donde creo que puede acabar, va a hacer falta que todo lo que hayamos hecho sea inatacable.
—Entendido.
—Y otra cosa, Cala, y esta se la digo como persona, no como comisario —añadió Ceballos, bajando un poco la voz, como si de pronto le costara pronunciar aquello delante de sí mismo—.
Llevo veintitrés años en este cuerpo, y he visto a mucha gente joven llegar con las mismas ganas que trae usted, de hacer las cosas bien, de no mirar hacia otro lado.
Y he visto a la mayoría acabar cediendo, poco a poco, no porque dejen de importarles las cosas, sino porque el sistema entero está diseñado para que ceder resulte más fácil que insistir.
No le estoy pidiendo que ceda. Le estoy pidiendo que tenga cuidado, que es distinto.
—Lo tendré, comisario.
—Y una última cosa. Si en algún momento siente que esto se le está yendo de las manos, que le están presionando más de lo que puede soportar sola, venga a mí.
No a Roldán, no a nadie más. A mí. Porque si esto explota, y tiene toda la pinta de que puede explotar, prefiero que explote sabiendo exactamente dónde estamos parados los dos, y no enterándome por una llamada de arriba de algo que usted ya sabía y no me había contado.
Reyes asintió, sorprendida por la franqueza inesperada de aquel hombre que, apenas cinco días antes, le había parecido la personificación exacta de la indiferencia institucional, y comprendió, mientras salía del despacho, que quizá se había equivocado al juzgarlo tan deprisa, de la misma manera en que quizá se estaba equivocando, sin saberlo todavía del todo, en juzgar otras cosas de aquel caso con la misma precipitación.