El Vacie Capítulo 5 — El precio del silencio #2
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Capítulo 5 — El precio del silencio #2

Se quedaron los dos en silencio un momento, con el calor de la tarde pesando sobre el patio, sobre el geranio recién limpiado, sobre la verja sin óxido que Custodio mantenía, comprendió entonces Reyes, con la misma terquedad exacta con que mantenía todo lo demás en su vida: como un acto de dignidad frente a un mundo que llevaba noventa años dándole motivos para dejar de tenerla.

—Hay algo más que necesito preguntarle —dijo Reyes, finalmente—. ¿Ha oído hablar, en los últimos meses, de reuniones entre el Ayuntamiento y alguna promotora, sobre esta zona? ¿De un funcionario llamado Fernando Iglesias?

Custodio negó con la cabeza, despacio, aunque algo en su expresión sugería que la pregunta le había despertado un recuerdo concreto.

—Ese nombre no me suena. Pero hace dos meses, quizá tres, vino un hombre por aquí, un funcionario, según dijo, haciendo un «estudio social» del asentamiento.

Preguntaba cuántas familias vivíamos, cuántos años llevábamos, si estaríamos dispuestos a un realojo si se ofreciera en condiciones dignas.

Le dijimos lo de siempre: que ya hemos oído esa pregunta muchas veces, que cuando la respuesta venga con papeles firmados y fecha concreta, hablamos.

Se fue con su carpeta y no hemos vuelto a saber de él.

—¿Recuerda su nombre?

—No me lo dijo, o si me lo dijo no lo retuve. Pero puedo preguntar. Aquí, si alguien más habló con él, se acordará mejor que yo.

—Se lo agradecería mucho.

Custodio asintió, y por un instante, antes de que Reyes se despidiera, algo en su expresión se suavizó, apenas un grado, lo suficiente para que ella lo notara.

—Inspectora, le voy a decir una cosa, y no se la digo por halagarla, que no es mi estilo.

Esta calle lleva noventa años acostumbrada a que nadie de fuera mire hacia otro lado que no sea el nuestro cuando algo va mal.

Usted es la primera, en mucho tiempo, que ha empezado a mirar también hacia allí.

—Señaló, con un gesto vago de la mano, hacia el sur, hacia donde quedaba el resto de la ciudad—.

Eso, aquí, cuenta. Aunque todavía no hayamos encontrado a la niña.

Reyes se despidió con un nudo extraño en la garganta, algo que no era del todo esperanza pero que se le parecía, y volvió a la comisaría con la certeza reforzada de que aquel caso, cuanto más avanzaba, menos se parecía a cualquier cosa que hubiera investigado antes.

Antes de irse, pasó un momento por casa de Encarna, que la recibió en la puerta con las manos todavía manchadas de detergente, en mitad de una colada que parecía haber emprendido, más que por necesidad, por la simple urgencia de tener las manos ocupadas en algo mientras la cabeza se le iba, sin remedio, a otro sitio.

—¿Hay algo, inspectora? —preguntó, con la misma pregunta exacta que Reyes ya había oído de tantas bocas distintas en los últimos días, formulada siempre con esa mezcla imposible de esperanza y de miedo a que la respuesta fuera, por fin, definitiva de la peor manera posible.

—Estamos siguiendo una pista sólida, Encarna. Fuera de aquí, fuera del asentamiento. No puedo darle detalles todavía, porque cualquier cosa que se sepa antes de tiempo puede ponerlo todo en peligro, pero quiero que sepa que no hemos dejado de buscar ni un solo minuto.

Encarna asintió, secándose las manos en el delantal con un gesto mecánico, y por un momento pareció que iba a decir algo más, pero se limitó a mirar hacia el interior de la casa, hacia la habitación donde Rocío había dormido cada noche de sus doce años de vida, con la puerta entornada y la cama todavía hecha exactamente como la había dejado la mañana de su desaparición, porque nadie en aquella casa había tenido valor, todavía, para deshacerla.

—Cada noche dejo su plato puesto en la mesa —dijo, finalmente, con una voz tan baja que Reyes tuvo que inclinarse un poco para oírla—.

Sé que es una tontería. Sé que no va a venir a cenar esta noche tampoco.

Pero no puedo dejar de hacerlo. Es lo único que se me ocurre que puedo seguir haciendo por ella, mientras ustedes hacen lo que tienen que hacer.

Reyes no encontró ninguna respuesta profesional que estuviera a la altura de aquello, así que no dijo nada, y se limitó a apretarle el brazo un instante, con la misma torpeza cálida con que se ofrece consuelo cuando las palabras, sencillamente, no alcanzan.

Roldán la esperaba junto al coche, con las llaves ya en la mano y una expresión de urgencia contenida que Reyes reconoció de inmediato.

—He localizado a Fernando Iglesias —dijo, en cuanto Reyes se sentó en el asiento del copiloto—.

Trabaja en el edificio de Urbanismo, en el Prado de San Sebastián.

Sale todos los días a la misma hora a comer, en una cafetería de la esquina, solo, con el periódico bajo el brazo.

Si queremos verlo con nuestros propios ojos, sin levantar sospechas, ahora es el momento.

No era, estrictamente, un movimiento autorizado dentro del plan de cautela que Ceballos había trazado, pero Reyes decidió que observar a un hombre desde la barra de una cafetería no equivalía a interrogarlo, y asintió, dejando que Roldán condujera hacia el centro con la misma pericia silenciosa de siempre.

La cafetería era pequeña, con mesas de mármol falso y un ventilador de techo que giraba despacio sin conseguir del todo refrescar el ambiente cargado de aceite frito y café recién hecho.

Fernando Iglesias resultó ser un hombre de unos cincuenta años, de complexión menuda, con gafas de montura fina y una forma de sentarse muy erguida, casi rígida, que a Reyes le recordó a los funcionarios que llevan toda la vida cuidando cada gesto en público, como si en cualquier momento alguien pudiera estar evaluándolos.

Comió solo, en efecto, con el periódico doblado junto al plato y el móvil apoyado boca abajo sobre la mesa, en un gesto que a Reyes le pareció, más que discreción, una especie de disciplina aprendida a base de repetición.

—No tiene pinta de villano de película, ¿verdad? —murmuró Roldán, removiendo el café que había pedido para disimular—. Parece más un hombre que se pasa el día firmando informes y volviendo a casa a las seis en punto.

—Esos son, a veces, los más útiles para gente como Almazán —respondió Reyes, sin apartar la vista del hombre, que en ese momento levantaba el teléfono, lo desbloqueaba, y tecleaba algo con una rapidez nerviosa que contrastaba con la parsimonia del resto de sus movimientos—.

No hace falta que sea un villano. Solo hace falta que sea alguien con la firma correcta, en el informe correcto, en el momento correcto.

Y que esté dispuesto a mirar hacia otro lado a cambio de algo que le compense el riesgo.

Vieron cómo, minutos después, Iglesias recibía una llamada que le hizo incorporarse en la silla con un respingo casi imperceptible, mirar alrededor con disimulo, y salir del local con el teléfono pegado a la oreja y el periódico olvidado sobre la mesa, hablando en voz tan baja que ni siquiera el camarero, que pasó junto a él recogiendo platos, pudo captar una sola palabra.

—Eso no ha sido una llamada cualquiera —dijo Roldán, observando cómo el hombre se alejaba por la acera, todavía con el teléfono pegado a la oreja, con un paso que ya no tenía nada de la parsimonia anterior.

—No —coincidió Reyes, sintiendo cómo la certeza, cada vez más sólida, de que aquel funcionario menudo y de gafas finas sabía mucho más de lo que cualquier informe técnico reflejaría jamás, se le asentaba en el pecho con el peso frío de quien empieza a intuir, sin poder demostrarlo todavía, la forma completa de una trampa tendida con mucha antelación—.

Pero algo me dice que vamos a tener que averiguar quién estaba al otro lado de esa llamada antes de que él mismo decida borrarla de su memoria.

De vuelta en la comisaría, Roldán redactó una solicitud formal para que la Científica cursara una petición judicial de los registros de llamadas del teléfono de Fernando Iglesias, un trámite que, le explicó a Reyes mientras rellenaba el impreso con la letra apretada de quien ha hecho aquello mil veces, podía tardar entre cuarenta y ocho horas y una semana, dependiendo de la disponibilidad del juzgado y de cuánta prisa estuvieran dispuestos a meterle desde arriba.

—No podemos esperar una semana —dijo Reyes, leyendo por encima del hombro de Roldán el formulario a medio rellenar.

—Ya lo sé, y por eso voy a marcar la casilla de urgencia, aunque eso también va a hacer ruido, porque alguien en el juzgado va a preguntarse por qué un distrito periférico pide con urgencia el registro de llamadas de un funcionario municipal sin antecedentes.

—Roldán levantó la vista un momento, con una expresión cansada que a Reyes le recordó, por primera vez, lo joven que era en realidad, a pesar de la soltura profesional con que se movía por cada rincón del distrito—.

Cada paso que damos deja una huella, Cala.

Y cuantas más huellas dejemos, más fácil le resulta a Almazán, si de verdad está detrás de todo esto, saber exactamente por dónde vamos.

—Entonces hay que asumir el riesgo. Prefiero dejar huellas y avanzar que quedarme quieta por miedo a que alguien las vea.

Roldán asintió, sin discutir, y firmó el impreso con un trazo rápido antes de metérselo en la carpeta que llevaría, esa misma tarde, hasta el juzgado de guardia.

Llevó todo lo reunido al despacho de Ceballos esa misma tarde, con la sensación de estar a punto de cruzar una frontera de la que ya no habría marcha atrás, y encontró al comisario más serio de lo que lo había visto en los cinco días que llevaba en el distrito, con la chaqueta puesta a pesar del calor, como si se hubiera preparado deliberadamente para una conversación incómoda.