Capítulo 5 — El precio del silencio
El despacho de Ignacio Almazán ocupaba la sexta planta de un edificio de oficinas recién rehabilitado en la calle Reyes Católicos, con una fachada de piedra ostionera restaurada hasta devolverle un color casi blanco y un rótulo discreto, de latón envejecido a propósito, que anunciaba ALMAZÁN DESARROLLOS URBANOS junto a otros tres nombres de empresas que compartían el mismo portal.
Reyes lo localizó a la mañana siguiente, no porque tuviera intención de visitarlo todavía —Ceballos había sido tajante en eso: nada de acercarse a Almazán sin una base sólida que justificarlo, ni una sola pregunta que pudiera llegarle de vuelta antes de tiempo—, sino porque necesitaba verlo con sus propios ojos, medir con la vista la distancia exacta que separaba aquel portal de mármol pulido del callejón de tierra donde Rocío Bermúdez había desaparecido.
Aparcó en una calle transversal y caminó despacio frente al edificio, con la cautela de quien no quiere resultar visible pero tampoco puede permitirse parecer sospechosa, y se detuvo un instante frente al escaparate de una cafetería contigua, fingiendo consultar la carta expuesta en un atril de pizarra mientras, por el rabillo del ojo, estudiaba el portal: puertas automáticas de cristal ahumado, un recepcionista de traje detrás de un mostrador de mármol negro, un ascensor con panel de botones dorados que subía y bajaba con esa fluidez silenciosa propia de los edificios donde nadie tiene que esperar nunca demasiado.
Una mujer salió justo entonces, con tacones que resonaban secos contra el suelo pulido de la acera, hablando por teléfono con la voz elevada de quien está acostumbrado a que el mundo entero espere a que termine su conversación, y Reyes pensó, sin poder evitarlo, en Encarna Bermúdez agachada junto a un matorral, extendiendo las manos hacia una sandalia que no podía tocar.
Eran, calculó mientras conducía de vuelta hacia el norte, poco más de seis kilómetros.
Seis kilómetros y, sin embargo, dos ciudades que apenas parecían compartir el mismo cielo: aquí, toldos de lona blanca protegiendo terrazas de cafetería con servilletas de tela y camareros de chaleco negro; allí, chapa ondulada y cardos secos creciendo entre las grietas de una tierra que nadie había asfaltado nunca.
Reyes pensó que si algún día tenía que explicarle a alguien, con una sola imagen, de qué trataba realmente aquel caso, bastaría con enseñarle esos seis kilómetros, recorridos en coche en apenas doce minutos, y preguntarle cuántas cosas cambiaban en el trayecto sin que ninguna ley, ningún mapa, ningún expediente municipal reconociera jamás que habían cambiado.
Roldán la esperaba en la comisaría con una carpeta bajo el brazo y una expresión que oscilaba entre la satisfacción de quien ha encontrado algo importante y la inquietud de quien sabe exactamente lo peligroso que puede llegar a ser.
—Hay más de lo que ya sabemos —dijo, extendiendo sobre la mesa una hoja con el membrete del Ayuntamiento—.
No es solo el solar y la recalificación.
Hace seis meses, coincidiendo casi exactamente con el arranque de ese expediente, se reactivó un borrador de plan de realojo para El Vacie, esta vez con un calendario más concreto que los anteriores, después de veinte años dormido.
—¿Quién lo impulsó?
—Un funcionario del área de Urbanismo. Fernando Iglesias.
Lleva quince años en el puesto, es quien firma los informes técnicos previos a cualquier decisión sobre suelo en esa zona.
Y, por lo que he podido averiguar preguntando con mucho cuidado, es también quien se ha estado reuniendo, de manera informal, con representantes de varias promotoras interesadas en el entorno, entre ellas, aunque no exclusivamente, Almazán Desarrollos Urbanos.
Reyes se recostó en la silla, dejando que las piezas terminaran de encajar en su cabeza, con la sensación fría y precisa de quien ve, por fin, el dibujo completo de un rompecabezas que hasta entonces solo había podido intuir por fragmentos sueltos.
—Un empresario con una deuda enorme y un proyecto que depende de que El Vacie deje de ser un problema visible.
Un funcionario que lleva meses reactivando, convenientemente, un plan que llevaba dormido veinte años.
Y un hombre de confianza del empresario amenazando a un cobrador que había visto algo en unos papeles que no debía ver, justo antes de que una niña de doce años desapareciera a menos de un kilómetro del solar en cuestión.
—Dicho así, suena a que ya tiene el caso resuelto, Cala —dijo Roldán, con una media sonrisa que no llegaba a ser del todo optimista—.
Pero todavía no tenemos nada que conecte directamente a Almazán, ni a Salido, ni a Iglesias, con la propia desaparición de Rocío.
Tenemos motivo. No tenemos ni una sola prueba de que hayan actuado sobre ese motivo.
—Lo sé —respondió Reyes, y era cierto, y era también la parte del caso que más la inquietaba: la distancia enorme, casi insalvable con los medios de que disponía, entre intuir con claridad quién podía beneficiarse de la desaparición de una niña y demostrarlo ante un juez con algo más sólido que una cadena de coincidencias, por muy exacta que fuera esa cadena.
Antes de volver a la comisaría, Reyes hizo una parada en El Vacie, decidida a compartir con Custodio Heredia, aunque fuera solo en parte, lo que había averiguado.
No tenía obligación de hacerlo, y sabía que Ceballos probablemente lo hubiera desaconsejado si le hubiera preguntado, pero después de la escena con las cámaras de televisión, después de la promesa hecha la primera noche, le pareció que aquel hombre se había ganado, al menos, saber que la investigación empezaba a mirar hacia fuera y no solo hacia dentro de su propia calle.
Lo encontró sentado en el patio delantero de su casa, tras la verja de hierro forjado sin una sola mancha de óxido, limpiando con un trapo húmedo las hojas de un geranio que crecía en una lata reconvertida en maceta, con la misma dedicación meticulosa con que un relojero limpiaría el mecanismo de un reloj antiguo.
—Inspectora —dijo, sin levantar la vista del todo—. Si viene a decirme que han encontrado algo, se lo agradezco que me lo diga a la cara y no que me entere por la televisión, como todo lo demás últimamente.
—Todavía no hemos encontrado a Rocío, Custodio. Pero hemos encontrado algo que quería que supiera, aunque no pueda contarle todos los detalles.
Le explicó, con la prudencia de quien mide cada palabra sabiendo que cualquier filtración podía complicar una investigación todavía frágil, que la pista apuntaba ahora hacia un terreno próximo al asentamiento, hacia intereses económicos que nada tenían que ver con las familias que vivían allí.
Custodio dejó el trapo sobre su regazo y la escuchó con una atención que no disimulaba, aunque tampoco mostraba la sorpresa que Reyes había esperado encontrar.
—Un solar —repitió, cuando ella terminó, con una voz que sonaba menos a incredulidad que a un cansancio muy antiguo—.
Inspectora, llevamos noventa años oyendo hablar de solares.
De planes de realojo. De proyectos que van a mejorar esta zona.
Cada alcalde que ha pasado por esta ciudad en mi vida ha prometido, en algún momento, que El Vacie iba a desaparecer, y siempre de la misma manera bonita: con viviendas nuevas, con dignidad, con futuro para nuestros hijos.
Y aquí seguimos, con las mismas casas de chapa, esperando la misma promesa que se renueva cada diez años sin cumplirse nunca.
—Esto puede ser distinto, Custodio. Si hay dinero de verdad detrás, si hay una recalificación en marcha…
—Si hay dinero de verdad detrás, inspectora, es precisamente cuando más miedo me da —la interrumpió Custodio, con una dureza repentina que Reyes no le había escuchado hasta entonces—.
Porque las promesas bonitas de los políticos, al menos, se quedan en promesas.
Pero el dinero de verdad, cuando quiere algo, no espera a que nadie le dé permiso.
Y si ese dinero ha decidido que nosotros estorbamos donde estamos, no me extrañaría nada que hubiera decidido también que una niña que vio algo que no debía ver estorbaba todavía más.
Se quedó mirando el geranio un momento, como si buscara en las hojas recién limpiadas la manera de seguir explicándose.
—Hace veinte años, más o menos, hubo un intento parecido.
No con este nombre, con otro, ya ni me acuerdo.
Una empresa que quería el terreno para construir un polideportivo, decían, algo para el bien de toda la ciudad.
Empezaron apareciendo camionetas por aquí, hombres con cascos midiendo el suelo, técnicos haciendo fotografías.
Y una noche, sin que nadie supiera explicar bien cómo, se incendió el almacén de un vecino que se había negado a firmar el traslado voluntario.
Nunca se demostró nada. El seguro dijo que había sido un cortocircuito.
Pero aquel hombre, dos semanas después, firmó lo que le pedían y se fue con su familia sin volver la vista atrás.
Y el proyecto del polideportivo, curiosamente, se paró solo, en cuanto consiguieron lo que de verdad querían del terreno.
—¿Está diciendo que esto ya ha pasado antes?
—Estoy diciendo, inspectora, que cuando el dinero quiere un sitio, encuentra la manera de conseguirlo, y que a veces esa manera tiene forma de incendio, y a veces tiene forma de niña desaparecida.
No sé cuál es este caso. Pero le pido que no lo descarte solo porque suene a mucho para una simple recalificación de suelo.
Aquí llevamos noventa años aprendiendo que nunca es solo una recalificación de suelo.