Capítulo 4 — Lo que no se cuenta dos veces igual #4
—Salido es harina de otro costal. Entró en la empresa hace tres años, justo cuando empezaron los problemas serios, y desde entonces parece haberse convertido en algo más que un simple administrador.
Tenemos indicios, nada probado todavía, de que se mueve también en el negocio de préstamos informales a gente con pocas opciones, cobrando intereses que rozan la usura y recurriendo a métodos de persuasión que no pasan precisamente por un juzgado.
Si Almazán necesitaba a alguien capaz de asegurarse de que ciertos obstáculos desaparecieran del camino, sin hacer demasiadas preguntas sobre cómo, Salido encaja mejor que ningún otro nombre que se me ocurra.
Reyes se inclinó hacia el teléfono, incapaz de quedarse callada por más tiempo.
—Paco, soy la inspectora Cala, del Distrito Norte. ¿Hay algo que relacione directamente a Salido con el entorno de El Vacie? ¿Alguna denuncia, algún testigo, cualquier cosa?
—Nada formal, inspectora. Pero le voy a decir algo extraoficial, y le pido que no lo repita citándome: hace cosa de un mes, un compañero de la comisaría de Torreblanca me comentó que habían recibido, y archivado sin más trámite, una denuncia anónima sobre un hombre que se movía en un coche de gama alta por el entorno del Cementerio de San Fernando a horas intempestivas, preguntando por la zona a algún que otro vecino.
La denuncia no daba matrícula, ni nombre, así que se quedó en nada.
Pero la fecha coincide, más o menos, con el momento en que empezamos a ver movimientos raros en las cuentas de Almazán Desarrollos Urbanos.
Reyes anotó aquello con el pulso acelerado, sintiendo cómo cada nueva pieza, por pequeña que fuera, terminaba encajando con una precisión que ya no podía atribuirse solo a la casualidad.
—Te debo una grande, Paco —dijo Roldán.
—Me debes varias, pero esta va aparte. Y Roldán, un consejo de amigo: si de verdad vais a tirar de este hilo, hacedlo con mucho cuidado.
Almazán tiene amigos en sitios que ni tú ni yo llegamos a ver desde donde estamos.
Si nota que alguien empieza a mirar de cerca sus cuentas, no va a tardar en enterarse de quién es esa persona.
Colgaron, y Reyes se quedó un momento en silencio, con el peso añadido de aquella última advertencia asentándose sobre todo lo demás que había reunido en los últimos dos días. Antes de que Roldán colgara del todo, añadió una última cosa.
—Mañana quiero ese documento completo del registro mercantil encima de mi mesa —dijo, finalmente—. Y quiero saber todo lo que se pueda averiguar sobre Ignacio Almazán sin que nadie, ni en el Ayuntamiento ni en ningún otro sitio, se entere todavía de que estamos preguntando.
—Eso va a ser difícil, Cala. Estas cosas se saben.
—Entonces hágalo con la discreción que pueda, pero hágalo.
Porque si tengo razón, y ese solar tiene algo que ver con la desaparición de Rocío, cada día que tardemos en confirmarlo es un día que le estamos regalando a alguien que ya ha demostrado, amenazando a un cobrador de poca monta en mitad de un bar, que no tiene ningún reparo en hacer desaparecer lo que le estorba.
Colgó el teléfono y se quedó de pie en la cocina, con la cena a medio terminar y la cabeza ya muy lejos de allí, en un despacho impecable del centro de Sevilla que todavía no conocía pero que empezaba a intuir con una claridad incómoda: mesas de cristal, vistas a alguna plaza monumental, un hombre de traje que probablemente no había pisado jamás El Vacie ni tenía intención de hacerlo, y que sin embargo, si Roldán estaba en lo cierto, llevaba meses decidiendo, desde la distancia cómoda de su despacho, el destino entero de aquel asentamiento y de todas las personas que lo habitaban, incluida una niña de doce años que soñaba con sillones blancos y que ahora, quizá, pagaba con su ausencia el precio de haber visto algo que no debía.
Aquella noche, de vuelta en Pino Montano, con las luces de la avenida encendiéndose una a una sobre los plátanos de sombra y el mismo niño de siempre practicando, otra vez, las mismas escalas atascadas de guitarra en algún balcón cercano, Reyes se sentó en el suelo del salón, frente al cajón donde seguía guardada la carpeta azul de Algeciras, y por primera vez en semanas sintió la tentación de abrirla, no para revivir lo que ya sabía que contenía, sino para comprobar si aquel error antiguo —la facilidad con que había sospechado, entonces, de la persona equivocada, guiada por prejuicios que ni siquiera sabía que tenía— podía enseñarle algo útil sobre el error que quizá estuviera a punto de repetir ahora, en una calle distinta, con un nombre distinto, pero con la misma urgencia ciega empujándola hacia la primera hipótesis que encajara.
No la abrió. Pero se quedó mirando el cajón mucho más tiempo del que hubiera querido admitir, mientras fuera, en algún rincón de la ciudad que todavía no conocía del todo, alguien —Chano Vargas, quizá, o alguien mucho más peligroso que Chano Vargas, con un despacho de cristal y un apellido que empezaba a pesar tanto como el de cualquier familia de El Vacie— seguía sabiendo, sin decírselo a nadie, mucho más de lo que Rocío Bermúdez había visto aquella noche antes de desaparecer.