Capítulo 4 — Lo que no se cuenta dos veces igual #3
La mujer la dejó entrar a un salón pequeño, ordenado con esa pulcritud exagerada de quien no tiene mucho que ofrecer pero se esfuerza en que lo poco esté siempre impecable, con una mesa camilla cubierta por un tapete y una fotografía de Chano de niño, sonriente, con un balón de fútbol bajo el brazo, presidiendo el mueble del televisor.
—Chano no es mal chico, inspectora, se lo digo antes de que me pregunte nada —dijo la mujer, sentándose frente a Reyes con las manos entrelazadas sobre el regazo, en el mismo gesto exacto que Reyes había visto hacer a Encarna Bermúdez la primera noche—.
Se ha metido en líos, sí, con el juego, con gente que no le convenía.
Pero no es mal chico. Y ahora lleva tres noches sin dar señales de vida, y yo aquí, sin saber si está escondido, si le ha pasado algo, si…
Se le quebró la voz, y Reyes esperó, en silencio, a que la mujer se recompusiera antes de continuar.
—¿Le mencionó alguna vez a un hombre llamado Salido?
La mujer negó con la cabeza, aunque algo en su expresión, un endurecimiento breve alrededor de los ojos, sugirió que el nombre no le resultaba del todo desconocido.
—Chano no me contaba esas cosas, inspectora.
Decía que era mejor que yo no supiera nada, para no preocuparme.
Pero le noté cambiado, estas últimas semanas.
Nervioso. Dejó de comer bien, dejó de dormir.
Una noche lo oí hablar por teléfono, muy alterado, diciendo algo de que había visto algo que no debía, algo de un solar, de unos papeles.
Le pregunté al día siguiente y me dijo que lo había soñado, que no le hiciera caso.
Pero yo sé cuándo mi hijo miente, inspectora.
Llevo treinta años reconociéndole la voz.
—¿Tiene idea de dónde podría estar escondido, si es que se ha escondido por su propia voluntad?
—Si se ha escondido, ha sido porque tenía miedo de verdad, no de una bronca cualquiera —dijo la mujer, con una certeza que a Reyes le sonó más a instinto materno que a información concreta—.
Y si tenía tanto miedo como para desaparecer sin decirme ni una palabra a mí, que soy lo único que tiene en este mundo, entonces yo lo que le pido, inspectora, es que lo encuentren antes que esa gente.
Porque me da a mí que quien lo esté buscando no va buscándolo para pedirle explicaciones tranquilamente.
Reyes salió de aquel piso con una sensación que se le había vuelto ya demasiado familiar en los últimos dos días: la certeza creciente de que Chano Vargas no era, como había sospechado al principio, un posible responsable de la desaparición de Rocío, sino, con la misma probabilidad, otra víctima más de la misma sombra que empezaba a perfilarse detrás de un nombre —Salido— y de un solar sin identificar del todo, una sombra que no distinguía, a la hora de hacer desaparecer a quien le estorbaba, entre un cobrador de poca monta y una niña de doce años que quizá, sencillamente, había estado en el lugar equivocado en el momento equivocado.
Condujo de vuelta hacia el distrito Norte con las calles de Torreblanca desfilando a ambos lados, bloques idénticos entre sí salvo por el color desvaído de sus fachadas, tendederos asomando en cada balcón como banderas de una rendición silenciosa ante el calor de julio, y pensó, sin poder evitarlo, en la fotografía de Chano niño con el balón bajo el brazo, en la certeza absoluta de aquella madre de que su hijo mentía cuando decía que no pasaba nada, en la facilidad brutal con que la vida de un barrio entero podía reducirse, para quien lo mirara desde fuera con prisa, a un puñado de nombres en un atestado y nada más.
Se preguntó cuántas madres como aquella habría en Algeciras, esperando todavía, meses después, una llamada que ella no había sabido hacer a tiempo, y apretó el volante un poco más fuerte de lo necesario al pensarlo.
Roldán la llamó ya de noche, cuando Reyes acababa de cenar algo frío de pie junto a la encimera de su cocina, con el teléfono apoyado en el hombro mientras revisaba, otra vez, las notas contradictorias de los vecinos.
—Tengo algo del registro de la propiedad —dijo, sin preámbulos, con una voz que dejaba entrever que llevaba horas esperando el momento de contárselo—.
Le pedí a un contacto de Urbanismo que mirara qué solares del entorno de El Vacie han cambiado de titularidad en los últimos dos años.
Hay uno que me ha llamado la atención: una parcela de casi tres hectáreas, pegada al límite norte del asentamiento, que hasta hace dieciocho meses figuraba como suelo rústico sin uso y que ahora pertenece a una sociedad llamada Almazán Desarrollos Urbanos.
—¿Almazán?
—Ignacio Almazán. Un empresario de la construcción con oficinas en el centro, cerca de la Plaza Nueva.
Nada en su perfil público que llame la atención a primera vista: contratos con el Ayuntamiento, algún proyecto de vivienda protegida, ese tipo de cosas.
Pero aquí viene lo interesante: en los últimos meses, esa parcela ha entrado en un expediente municipal de recalificación de suelo, de rústico a urbanizable.
Si sale adelante, el valor de ese terreno se multiplica por diez, puede que por veinte.
Reyes dejó el tenedor sobre la encimera, sintiendo cómo las piezas sueltas de los últimos dos días —el nombre de Salido, la amenaza en el bar de neón rosa, la frase de Chano sobre unos «papeles que no cuadraban», la sandalia encontrada a menos de un kilómetro de aquel mismo solar— empezaban a insinuar, por primera vez, la forma de algo más grande y más frío que una simple deuda entre primos.
—¿Y qué relación tiene Almazán con Salido?
—Todavía no lo sé con certeza. Pero el registro mercantil dice que Almazán Desarrollos Urbanos tiene un administrador solidario, además del propio Almazán, con un nombre que coincide en las dos primeras letras del apellido que nos dio Mari en el bar: R.
Salido. No puedo confirmarlo del todo sin ver el documento completo, pero la coincidencia es demasiado exacta para ser casualidad.
—Roldán, si esto es lo que parece, tenemos un empresario con intereses económicos enormes en una recalificación de suelo que depende, en parte, de que ese descampado y ese asentamiento dejen de ser un problema visible para el Ayuntamiento.
Y tenemos a su hombre de confianza amenazando a un cobrador que, según parece, había visto algo en unos papeles que no debía ver.
—Lo sé. Y también sé que en el momento en que empecemos a tirar de ese hilo en serio, esto va a dejar de ser un caso de un distrito periférico y va a convertirse en algo que a mucha gente, con mucho poder, le va a interesar mucho que no se resuelva.
Roldán marcó un número en su móvil y activó el manos libres, dejándolo sobre la mesa entre los dos.
—Tengo a alguien al teléfono que puede darnos más contexto —dijo, mientras esperaban el tono—. Paco Medina, de la Unidad de Delincuencia Económica. Coincidimos en un curso hace años, y le debo un par de favores que él nunca ha cobrado.
La voz que respondió al otro lado sonaba cansada, con el ruido de fondo característico de una oficina bulliciosa.
—Roldán, cabrón, qué milagro —dijo la voz, con un tono que mezclaba afecto genuino y sorpresa—. Dime que no me llamas para pedirme otro favor.
—Te llamo exactamente para eso, Paco. Necesito lo que tengas sobre Ignacio Almazán, de Almazán Desarrollos Urbanos.
Hubo un silencio breve al otro lado de la línea, el silencio particular de alguien que reconoce un nombre y calcula, rápidamente, cuánto puede compartir sin comprometerse demasiado.
—Almazán está en nuestro radar desde hace año y medio, aunque no tenemos nada abierto formalmente todavía —dijo Paco, bajando la voz—.
El hombre debe, entre dos bancos y tres inversores privados, cerca de cuatro millones de euros.
Dos proyectos que se le cayeron en 2023, uno en Mairena y otro en Dos Hermanas, lo dejaron con la liquidez bajo mínimos.
Si la recalificación de ese solar junto a El Vacie no sale adelante en los próximos meses, y si además no consigue vender el proyecto antes de que venza el plazo con sus acreedores, se va a la quiebra.
No es una posibilidad remota, Roldán. Es prácticamente una certeza matemática, según los números que hemos podido reconstruir.
—¿Y Salido?