Capítulo 4 — Lo que no se cuenta dos veces igual #2
—Investigue lo que tenga que investigar, Cala.
Pero hágalo con cuidado. Si ese nombre resulta ser el de alguien con peso de verdad en esta ciudad, no va a tardar en llegarnos presión desde sitios que ni usted ni yo controlamos.
Y cuando eso pase, quiero pruebas sólidas encima de la mesa, no corazonadas, por muy acertadas que hayan resultado hasta ahora.
A la mañana siguiente, cuando Reyes llegó a El Vacie poco después de las nueve, encontró la calle principal transformada en algo que no había visto hasta entonces: dos furgonetas blancas aparcadas junto a la vía de servicio, con antenas parabólicas plegadas sobre el techo como insectos dormidos, y un grupo de media docena de personas —un hombre con cámara al hombro, una mujer con micrófono de espuma gris, dos más con blocs de notas— agolpados a la entrada del asentamiento, discutiendo entre ellos con la urgencia nerviosa de quien lleva toda la mañana intentando encontrar el ángulo exacto desde el que la miseria resulte, además de miseria, fotogénica.
Custodio Heredia estaba de pie junto al arco improvisado de postes que marcaba, sin ningún cartel oficial, la entrada del asentamiento, con los brazos cruzados y la misma quietud de contrafuerte que Reyes le había visto la primera noche, aunque ahora aquella quietud tenía algo más duro, más beligerante, como si el propio cuerpo del hombre se hubiera convertido en un muro deliberado entre las cámaras y las casas que quedaban detrás.
—No van a pasar de aquí —le estaba diciendo a la mujer del micrófono cuando Reyes se acercó, con una voz que no admitía discusión—.
Si quieren hacer preguntas, las hacen aquí, a la vista de todos, y la familia decide si contesta o no.
Pero no van a meter esa cámara casa por casa como si esto fuera un zoológico.
—Solo queremos dar voz a lo que está pasando aquí, señor —respondió la periodista, con ese tono de profesionalidad entrenada que a Reyes, con quince años de experiencia lidiando con prensa en momentos parecidos, le sonó vacío incluso antes de que la frase terminara de pronunciarse—. La gente tiene derecho a saber.
—La gente lleva noventa años teniendo derecho a saber lo que pasa aquí, y nunca les ha interesado hasta que ha aparecido una sandalia en la tele —respondió Custodio, sin alzar la voz, aunque cada palabra le salía con un peso que la periodista, visiblemente, no había esperado encontrar en un hombre que hasta entonces solo había visto de lejos—.
Ayer nadie preguntaba por Rocío Bermúdez.
Hoy todos quieren su cara en un titular.
Discúlpeme si no me fío mucho de ese interés tan repentino.
Reyes se abrió paso entre el grupo, mostrando la placa lo justo para que la reconocieran, y se colocó junto a Custodio, que la miró de reojo con una expresión que no era del todo alivio pero que se le acercaba.
—Inspectora, ¿puede confirmarnos si el hallazgo de la sandalia indica que la menor sufrió algún tipo de agresión? —preguntó de inmediato uno de los hombres del bloc de notas, adelantando el micrófono de su teléfono móvil.
—No voy a hacer declaraciones sobre pruebas en curso —respondió Reyes, con la sequedad profesional que había aprendido a usar en momentos así—.
Lo que sí puedo decirles es que están ustedes en suelo privado, o al menos en suelo que estas familias consideran suyo desde hace generaciones, y que si quieren cubrir esta noticia sin entorpecer una investigación activa, lo harán desde fuera del perímetro que acabamos de señalizar.
Si no, tendré que pedirles que se retiren formalmente.
Los periodistas retrocedieron, a regañadientes, hacia la vía de servicio, y Custodio se quedó un momento en silencio, observando cómo se reagrupaban junto a las furgonetas, antes de volverse hacia Reyes con una expresión distinta a todas las que le había visto hasta entonces, algo parecido, aunque todavía lejano, a un principio de confianza.
—Gracias —dijo, simplemente.
—No me las dé a mí. Es mi trabajo mantener esto ordenado.
—Su trabajo también sería quedarse callada y dejar que hicieran lo que quisieran, inspectora.
He visto a otros de su uniforme hacer exactamente eso —respondió Custodio, y por un instante, algo se relajó en la línea dura de su mandíbula—.
Encarna está dentro, destrozada. Esta mañana ha visto su propia calle en la televisión del vecino, con su casa de fondo y una voz en off hablando de «la comunidad del silencio».
Como si el silencio fuera una elección y no lo que queda cuando llevas noventa años sin que nadie te escuche cuando hablas.
Reyes no respondió a eso, porque no había nada que responder que no sonara, en aquel momento, a una disculpa insuficiente en nombre de una ciudad entera.
Se limitó a asentir, y a caminar junto a Custodio hacia el interior del asentamiento, donde la calle, ajena por un momento a las cámaras que la esperaban fuera, seguía su ritmo cotidiano de radios encendidas y ropa tendida, como si aquel pequeño mundo hubiera decidido, con una dignidad terca, seguir siendo exactamente el mismo aunque el resto de la ciudad, por fin, hubiera decidido mirarlo.
Dedicó el resto de la mañana a reconstruir, casa por casa, la última hora conocida de Rocío con la mayor precisión posible, consciente de que en una investigación como aquella los detalles pequeños —una hora exacta, un gesto, el color de una luz encendida— acababan pesando, tarde o temprano, más que cualquier declaración grande.
Empezó por la vecina más cercana a la casa de los Bermúdez, una mujer de unos setenta años llamada Pepa, que fregaba la entrada de su casa con un cubo de agua jabonosa cuando Reyes se acercó.
—Yo la vi pasar hacia las nueve, más o menos —dijo Pepa, sin dejar de fregar, con el ritmo mecánico de quien lleva media vida haciendo el mismo gesto a la misma hora—. Iba sola, con prisa, como si llegara tarde a algo.
Dos casas más allá, un hombre de mediana edad que arreglaba una moto bajo un toldo improvisado le dio una versión distinta.
—¿Las nueve? No, inspectora, más tarde. Yo estaba aquí mismo, con la radio puesta, y la vi pasar cuando ya habían dado las diez, porque me acuerdo de que estaban dando las noticias.
Una tercera vecina, sentada a la puerta de su casa con un niño pequeño dormido en el regazo, aseguró haberla visto no caminando sola, sino hablando con alguien, aunque no supo precisar con quién, ni si era alguien conocido o no, ni siquiera si aquello había ocurrido esa misma noche o la anterior, porque las tardes de julio, dijo, «todas se parecen tanto que ya ni una misma sabe distinguirlas».
Reyes anotó cada versión con cuidado, sintiendo cómo la sencilla pregunta de a qué hora exacta había desaparecido Rocío, que debería haber tenido una respuesta única y verificable, se le iba deshaciendo entre las manos en una maraña de horas distintas, de detalles contradictorios, de recuerdos que cada vecino reconstruía, sin mala fe pero sin precisión tampoco, a partir de la misma tarde calurosa y monótona que todos habían vivido de manera parecida y que, por eso mismo, nadie recordaba del todo bien.
—Esto es lo que me temía —le dijo a Roldán esa tarde, mientras revisaban juntos las notas en el coche, aparcado a la sombra de uno de los pocos árboles que crecían junto a la vía de servicio—.
Nadie miente a propósito, o casi nadie. Pero aquí no hay una sola versión de aquella noche.
Hay seis, siete, puede que más, y todas ligeramente distintas entre sí.
—¿Y eso qué le dice?
—Me dice dos cosas —respondió Reyes, tamborileando con el bolígrafo sobre el cuaderno—.
Me dice que va a ser muy difícil reconstruir con precisión absoluta la última hora de Rocío basándonos solo en testigos.
Y me dice, también, que si alguien de aquí sabe algo concreto y ha decidido callarlo, tiene delante la cobertura perfecta: una calle entera donde nadie recuerda las cosas exactamente igual, donde cualquier mentira puede disfrazarse de simple confusión.
Roldán se quedó pensativo un momento, mirando hacia las casas de chapa que se recortaban contra la luz ya declinante de la tarde.
—¿Cree que alguien está mintiendo a propósito?
—Creo que alguien, al menos uno, sabe más de lo que ha contado —dijo Reyes, cerrando el cuaderno—.
Y creo que hasta que averigüe quién es, voy a tener que asumir que cualquiera de las personas con las que he hablado hoy podría ser esa persona.
Incluida Pepa, con su cubo de fregar. Incluido el de la moto. Incluida la mujer del niño dormido.
—Eso es mirar con mucha sospecha a gente que a lo mejor solo se ha confundido de hora, Cala.
—Lo sé —respondió ella, y por primera vez desde que había llegado a Sevilla sintió el peso incómodo de aquella frase, el peso de estar empezando a mirar a toda una calle como un conjunto de sospechosos en potencia, exactamente el mismo error que Custodio Heredia le había advertido, sin decirlo con esas palabras, la primera noche—.
Lo sé, y no me gusta. Pero hasta que aparezca algo que me diga lo contrario, es lo único que tengo.
Antes de volver a la comisaría, Reyes decidió hacer una última visita, una que llevaba posponiendo desde la noche anterior por no encontrar el momento adecuado: la madre de Chano Vargas vivía en un piso de protección oficial en Torreblanca, a un cuarto de hora en coche de El Vacie, en un bloque de fachada gris con las ventanas protegidas por rejas oxidadas que alguien, en algún momento, había pintado de un verde ya desvaído por el sol.
Le abrió la puerta una mujer menuda, de unos sesenta años, con el pelo recogido en un moño flojo y unas ojeras profundas que delataban varias noches sin dormir del todo.
Al ver la placa de Reyes, algo se le desencajó en el rostro, una mezcla de esperanza y de terror que Reyes había visto ya en demasiadas puertas a lo largo de los años.
—¿Es de mi hijo? ¿Sabe algo de mi hijo?
—Todavía no, señora. Estoy investigando su paradero, junto con otro asunto. ¿Puedo pasar un momento?