Capítulo 4 — Lo que no se cuenta dos veces igual
Ceballos convocó a Reyes en su despacho a las ocho de la mañana, y esta vez no la hizo esperar de pie ni le señaló la silla con aquel gesto a medio camino entre la cortesía y la indiferencia del primer día: la tenía ya dispuesta frente a la mesa, con una carpeta abierta encima y dos vasos de café que alguien, probablemente el agente joven del mostrador, había dejado allí por encargo suyo, todavía humeantes, como si el propio despacho hubiera decidido, de la noche a la mañana, cambiar de temperatura.
—He hablado con arriba —dijo, sin preámbulos, señalándole la silla—.
Con lo que trajo anoche, con lo de Salido, con el testigo de la moto, tenemos base suficiente para activar el protocolo completo.
Rastreo ampliado del descampado y las naves, solicitud de imágenes de cualquier cámara en un radio de dos kilómetros, refuerzo de la Policía Científica. Se pone en marcha esta misma mañana.
Reyes asintió, y por un instante, antes de que la satisfacción profesional pudiera asentarse del todo, sintió algo más incómodo: la certeza de que aquella misma decisión, tomada ahora con una facilidad casi burocrática, podría haberse tomado dieciocho horas antes, con la misma información esencial —una niña de doce años desaparecida sin explicación, en un entorno donde nadie parecía dispuesto a creer que mereciera prioridad—, si alguien hubiera querido tomarla entonces.
—Se lo agradezco, comisario.
—No me lo agradezca a mí. Agradézcaselo a que consiguió reunir, en una tarde, más indicios sólidos de los que este distrito suele reunir en una semana entera —respondió Ceballos, y por primera vez desde que Reyes había cruzado su puerta, algo parecido al respeto profesional, desprovisto ya de la condescendencia inicial, asomó en su voz—.
Vaya a coordinar el rastreo con la Científica.
Yo me encargo de contener lo de arriba, que ya me han avisado de que esto va a levantar preguntas incómodas si sale mal.
El descampado que se extendía entre El Vacie y el muro trasero del Cementerio de San Fernando era, a plena luz de la mañana, un territorio distinto del que Reyes había atravesado de noche, con los faros del coche patrulla dibujando un túnel estrecho de claridad entre la oscuridad general.
Ahora, con el sol todavía bajo pero ya insistente, el terreno se revelaba entero de una vez: una extensión irregular de tierra reseca y cardos secos que crecían en matas dispersas, altos hasta la cintura en algunos puntos, con las espinas ya endurecidas por el calor del verano; dos naves industriales abandonadas, de estructura metálica oxidada y ventanas rotas, que alguien había usado en el pasado para almacenar maquinaria agrícola y que ahora servían de refugio ocasional a quien necesitara un techo sin preguntas; y, más allá, el muro encalado del cementerio, con sus cipreses asomando por encima como centinelas oscuros que llevaban un siglo vigilando aquel descampado sin que a nadie, hasta ese momento, le hubiera importado demasiado lo que vigilaban.
Los agentes se desplegaron en línea, separados por unos cinco metros unos de otros, avanzando despacio entre los cardos con esa lentitud metódica que exige el rastreo de un terreno amplio, mirando el suelo, apartando matas con bastones, deteniéndose cada pocos pasos ante cualquier objeto que destacara sobre la tierra clara: una lata oxidada, un trozo de plástico desteñido por el sol, el esqueleto de un paraguas roto que llevaba allí, a juzgar por el óxido, mucho más tiempo del que a nadie le hubiera gustado imaginar.
Fue uno de los agentes de la Policía Científica, agachado junto a un matorral especialmente espeso a unos cincuenta metros de la segunda nave, quien levantó la mano y gritó algo que hizo que Reyes, a treinta metros de distancia, cruzara el descampado a paso rápido, sintiendo cómo los cardos le arañaban los tobillos a través del pantalón sin que le importara del todo.
Era una sandalia. Marrón, de niña, con una hebilla plateada ya deslustrada por el polvo, medio enterrada entre las raíces del matorral como si alguien la hubiera perdido allí en plena carrera, sin tiempo ni intención de volver a por ella.
—Es suya —dijo una voz a su espalda, y Reyes se volvió para encontrar a Encarna Bermúdez, que se había acercado corriendo desde la calle en cuanto alguien le había avisado del hallazgo, con el rostro descompuesto y las manos ya extendidas hacia el matorral, como si el instinto pudiera más que cualquier orden—.
Son las suyas, las compramos juntas hace un mes, en el mercadillo de los jueves, se las probó ella misma delante de mí.
Reyes tuvo que interponerse, con suavidad pero con firmeza, entre Encarna y la sandalia, explicándole que no podía tocarla todavía, que había que dejar que los técnicos hicieran su trabajo antes de que cualquier otro contacto pudiera contaminar lo poco que aquel objeto pudiera todavía revelar, y sintió, mientras lo hacía, el peso completo de lo que estaba pidiéndole a aquella madre: que se mantuviera a un metro de distancia de la única prueba física que, hasta ese momento, confirmaba que su hija había estado allí, en aquel descampado, cerca de aquellas naves abandonadas, en algún momento de las últimas cuarenta y ocho horas.
—¿Esto significa que la tienen aquí? —preguntó Encarna, con la voz rota, mirando hacia las naves, hacia el muro lejano del cementerio, hacia el descampado entero como si esperara que la respuesta fuera a aparecer escrita en alguna parte del paisaje.
—Significa que pasó por aquí, señora Bermúdez. No sabemos todavía cuándo, ni en qué circunstancias. Pero vamos a averiguarlo.
Cuando los técnicos de la Policía Científica terminaron de acordonar la zona con cinta blanca y roja que ondeaba, tensa, con el primer aire de la mañana, Reyes se apartó a un lado, dejándoles trabajar, y se quedó mirando la escena desde una distancia prudente, con Roldán a su lado y el grupo de vecinos formando, otra vez, aquel semicírculo silencioso e inquieto que parecía repetirse, con pequeñas variaciones, en cada momento importante de aquel caso, como si la propia calle hubiera aprendido, generación tras generación, a esperar así, en corro, cualquier noticia que llegara desde fuera.
—¿Cómo interpreta esto? —preguntó Roldán, en voz baja, sin apartar la vista de los técnicos que fotografiaban el matorral desde distintos ángulos antes de tocar nada.
—No lo sé todavía —respondió Reyes, y era la primera vez, desde que había cruzado la frontera de Cádiz, que sentía la incertidumbre no como una debilidad que ocultar sino como el único estado honesto posible frente a lo que tenía delante—.
Puede significar que alguien la trajo hasta aquí por la fuerza.
Puede significar, también, que ella misma vino corriendo hasta aquí por su propia voluntad, huyendo de algo, o de alguien, y que después siguió adelante, a pie, hacia algún otro sitio.
Lo único que sé con certeza es que ya no estamos hablando de una fuga temporal a casa de una tía en Dos Hermanas.
Roldán no respondió a eso. Se limitó a asentir, con la mandíbula tensa, mientras el sol de la mañana seguía subiendo sobre el descampado, sobre las naves oxidadas, sobre la cinta blanca y roja que ya empezaba a delimitar, con una precisión burocrática que contrastaba de manera brutal con el caos reseco del paisaje, el lugar exacto donde una sandalia marrón con hebilla plateada había estado esperando, durante quién sabe cuántas horas, a que alguien por fin se decidiera a mirar donde de verdad hacía falta mirar.
La noticia del hallazgo llegó a la comisaría del Distrito Norte antes incluso de que Reyes hubiera terminado de redactar el parte, arrastrada por esa misma velocidad con la que, según le había advertido Roldán el primer día, corrían allí las noticias, más deprisa que cualquier canal oficial.
Cuando Reyes entró en el despacho de Ceballos, ya avanzada la tarde, encontró al comisario de pie junto a la ventana, con el teléfono todavía en la mano y una expresión que ya no tenía nada de la displicencia protocolaria del primer día.
—Me acaban de llamar de arriba —dijo, sin darle tiempo a Reyes a hablar—. Alguien ha filtrado lo de la sandalia a un periodista de un digital local. Para mañana esto va a estar en todas partes, Cala, y créame que eso cambia las cosas mucho más rápido de lo que cambiaría cualquier informe suyo.
—Debería haber cambiado antes, comisario. Con o sin periodistas de por medio.
Ceballos no respondió a eso de forma directa. Se pasó la mano por la cara, con un gesto cansado, y se sentó, por fin, en su silla, señalándole a Reyes la que tenía enfrente.
—Quiero que me ponga al día de cada hilo que tenga abierto. Todos. Incluido lo de ese empresario del que me habló Roldán esta mañana.
—Se llama Salido, según la única referencia que tenemos hasta ahora, aunque no hemos podido confirmar apellido completo ni actividad concreta.
Está relacionado, al parecer, con un solar o unos terrenos sin identificar todavía, y con la persona a la que Chano Vargas debía dinero.
Una testigo nos ha contado esta noche que Chano habría mencionado, poco antes de desaparecer, que unos «papeles de un solar no cuadraban con lo que había en el registro».
—¿Y cree usted que ese hombre tiene algo que ver con la niña?
—Todavía no lo sé, comisario. Pero sé que hasta ayer nadie en este distrito había oído ese nombre, y hoy tenemos una sandalia de una niña desaparecida a menos de un kilómetro del lugar donde alguien vio, hace un mes, un coche negro observando el asentamiento sin motivo aparente. No me pida que descarte nada todavía.
Ceballos asintió, despacio, con la expresión de un hombre que empieza a intuir que el caso que había intentado archivar como rutina el primer día se le está escapando ya, de manera irreversible, hacia un territorio mucho más complicado del que él mismo, con toda su experiencia acumulada en aquel distrito, hubiera preferido manejar.