Capítulo 3 — La palabra dada #4
—Eso no lo dijo, o si lo dijo no me acuerdo.
Solo sé que después de esa noche empezó a beber más de lo normal, y que cada vez que alguien mencionaba a ese tal Salido se le cambiaba la cara, como si hubiera visto un fantasma.
—Mari se encogió de hombros, con un gesto que quería parecer indiferente y que no lo lograba del todo—.
Yo, en su lugar, miraría bien qué terrenos hay cerca de donde ha desaparecido esa niña.
Porque si algo he aprendido en este barrio, es que cuando alguien empieza a tener miedo de un papel, casi siempre es porque ese papel vale mucho más de lo que parece.
Reyes anotó aquello también, sintiendo cómo la conversación, que había empezado como una simple búsqueda de un cobrador huido, se iba abriendo, frase a frase, hacia un territorio mucho más amplio y mucho más incómodo del que había previsto al entrar en aquel bar.
Salieron del Los Claveles ya pasada la medianoche, con la calle todavía caliente del día y el cielo despejado dejando ver, por encima de los tejados de los bloques, un puñado de estrellas que la contaminación lumínica del centro apenas dejaba distinguir.
Roldán caminó unos pasos en silencio, con las manos en los bolsillos, antes de hablar.
—Un solar. Unos terrenos. Un hombre trajeado que se mueve en coche caro y que amenaza de muerte a un cobrador de poca monta como si nada —dijo, resumiendo en voz alta lo que ambos estaban pensando—. Esto ya no tiene ninguna pinta de disputa familiar por chatarra vieja, Cala.
—No —respondió Reyes, deteniéndose junto al coche, mirando hacia el norte de la ciudad, hacia donde sabía, aunque no pudiera verlo desde allí, que quedaba El Vacie, con sus calles de tierra y sus casas de chapa, y más allá, invisible también pero presente de otra manera, el resto de la Sevilla que aquella misma tarde había empezado a asomar por primera vez en la investigación, con nombre propio y despacho—.
Pero todavía no sé cómo encaja todo. Un cobrador huido, un empresario que amenaza por unos terrenos, y una niña desaparecida en un asentamiento que a nadie parece importarle.
Puede que no tenga nada que ver. O puede que sea, precisamente, la pieza que a todos se les ha pasado por alto.
Subió al coche con la cabeza todavía llena de nombres nuevos —Chano Vargas, Salido, un solar sin identificar todavía—, y con la certeza, cada vez más firme, de que aquella primera hipótesis con la que había salido de El Vacie esa misma tarde, la de una vieja deuda familiar resuelta con violencia, empezaba a resultarle, de pronto, mucho más pequeña de lo que el caso, en realidad, parecía estar exigiendo.
Roldán la dejó en la puerta de su portal, en Cueva de Menga, con el motor todavía encendido y las luces del salpicadero iluminando su cara desde abajo con un resplandor verdoso que le acentuaba las ojeras de una jornada que ya llevaba diecinueve horas sin descanso.
—Mañana hay que llevarle esto a Ceballos con calma, no como esta noche, a la carrera —dijo Roldán, antes de que Reyes cerrara la puerta—.
Si de verdad hay un empresario de por medio, con nombre y con dinero, esto se le va a escapar de las manos a un comisario de distrito en cuestión de horas.
Y no sé si eso es bueno o malo para la niña.
—Ni yo tampoco —reconoció Reyes—. Pero prefiero que se nos escape de las manos por tener demasiadas pistas que quedarme quieta esperando a que se cumplan setenta y dos horas mientras alguien, en algún despacho con vistas, decide que ya ha esperado bastante.
Subió al piso a pie, sin esperar el ascensor, con las piernas pesadas por el cansancio acumulado de un día que había empezado dieciocho horas atrás con la llegada a un despacho desconocido y terminaba, ahora, con el nombre de un empresario sin rostro todavía flotando entre las paredes de un barrio que ni siquiera pertenecía a su distrito.
El geranio del portal, cuando pasó junto a él, ya no goteaba: el hombre mayor debía de llevar horas durmiendo, ajeno del todo a la noche que se estaba desplegando, apenas a un par de kilómetros de allí, alrededor del nombre de una niña que él, probablemente, ni siquiera conocía.
Entró en el piso, encendió la luz del salón, y se quedó un momento de pie frente al cajón del mueble del televisor donde había guardado, la tarde anterior, la carpeta azul de Algeciras.
No la abrió. Pero por primera vez desde que había cruzado la frontera de Cádiz, sintió que aquella carpeta y el caso que acababa de empezar a tirar del hilo, en Sevilla, no eran del todo ajenos el uno al otro: los dos hablaban, a su manera, de lo mismo.
De lo fácil que resultaba, para quien tenía el poder de decidirlo, convertir a una persona en un caso menor.
Y de lo que costaba, para quien no estaba dispuesto a aceptarlo, demostrar que no lo era.
Se tumbó en el sofá sin desvestirse, con el móvil sobre el pecho por si Roldán o alguna patrulla llamaba con novedades durante la noche, y se quedó dormida, por fin, con la última imagen del día grabada detrás de los párpados: el rostro tenso de una mujer en la penumbra de un bar de neón rosa, pronunciando un nombre —Salido— con el mismo miedo con el que, en otro bar, en otra ciudad, meses atrás, alguien le había dicho a Reyes que dejara de preguntar si quería seguir viva para contarlo.