Capítulo 3 — La palabra dada #3
Los bloques se alzaban a ambos lados de la avenida principal como una hilera de acantilados de hormigón, con las fachadas surcadas de balcones cerrados con obra, celosías improvisadas y toldos de colores desiguales que alguien, en algún momento, había ido añadiendo uno a uno hasta convertir cada edificio en un mosaico de soluciones particulares a un mismo problema de calor y de espacio.
Aquí y allá, entre bloque y bloque, algún solar sin urbanizar hacía de plaza improvisada, con un par de columpios oxidados y un grupo de chavales jugando al fútbol bajo la luz anaranjada de una farola solitaria, y Roldán condujo despacio entre todo aquello, con la ventanilla bajada y el codo apoyado en el marco, saludando de cabeza a un par de personas que reconoció al pasar, con la misma familiaridad distraída con que un médico de cabecera saluda a pacientes que lleva años tratando sin necesidad ya de mirarles la ficha.
—Aquí me crie yo, más o menos —dijo, sin que Reyes le hubiera preguntado nada—.
Otro barrio, pero el mismo tipo de calle.
Se aprende pronto a distinguir quién es de aquí y quién no, por cómo camina, por cómo mira.
Chano, si está escondido cerca, no va a ser fácil que un coche sin distintivos pase desapercibido, mucho menos con dos caras nuevas dentro.
—Entonces vamos a tener que confiar en que alguien hable con nosotros por otra razón que no sea el miedo a la placa.
—Por eso vamos a Los Claveles primero, y no a llamar puerta por puerta —respondió Roldán, aparcando por fin frente a un rótulo de neón medio fundido—. Aquí, si algo se sabe, se sabe en una barra, con una copa de por medio, no en un pasillo con la puerta entornada y los vecinos escuchando.
Los Claveles era un bar pequeño, con la fachada pintada de un rosa desvaído y un rótulo de neón al que le faltaban letras, de manera que solo se leía, parpadeando, LOS LAVELES.
Dentro, la luz era escasa y ambarina, y una mujer de unos cuarenta años, con el pelo cardado y unos aros dorados que le rozaban los hombros al moverse, secaba vasos detrás de la barra con la parsimonia de quien lleva toda la vida haciendo el mismo gesto.
—Mari, cuánto tiempo —dijo Roldán, apoyándose en la barra junto a ella—. Necesito que me ayudes con algo, y es serio.
—Contigo siempre es serio, Andrés —respondió la mujer, dándole un trago a su copa, sin mirarlo del todo, con los ojos fijos en el espejo agrietado que había detrás de la hilera de botellas—. ¿Qué pasa ahora?
—Buscamos a Chano Vargas.
La mujer soltó una risa corta, sin humor, y por fin se volvió hacia ellos, recorriendo a Reyes con una mirada rápida, evaluadora, del tipo de mirada que solo da quien lleva media vida calculando en segundos si alguien es peligro o es oportunidad.
—Chano no está en Sevilla, cariño. Se fue hace tres noches, con lo puesto, sin despedirse de nadie, ni siquiera de su madre, que la pobre lleva dos días llamándome llorando preguntándome si yo sé algo. —Dio otro trago, más largo—. Y no, no lo sé. Nadie lo sabe. Se esfumó.
—¿Por la deuda? —preguntó Reyes.
—Por la deuda, por el miedo, yo qué sé. Chano llevaba meses metido en un lío que le venía grande.
Empezó haciendo recados sencillos para unos tipos que le pagaban bien, cobros, algún aviso a gente que se retrasaba con sus pagos, cosas así.
Pero luego se metió en algo más gordo, algo relacionado con un solar, con unos terrenos, no sé bien qué, y ahí ya no supo manejarse.
Se quedó a deber una cantidad que no tenía forma de devolver, y los que se la reclamaban no son de los que esperan con paciencia.
—¿Tiene nombre esa gente?
La mujer negó con la cabeza, con un gesto rápido, casi nervioso, y bajó todavía más la voz.
—Yo solo sé lo que Chano contaba cuando bebía más de la cuenta, y ni siquiera él decía nombres completos.
Hablaba de un tal Salido, un tipo con pinta seria, trajeado, que se movía en un coche caro y que un día le dijo, delante de un par de testigos en este mismo bar, que si no aparecía el dinero antes de fin de mes, iba a tener que buscar otra forma de cobrarse la deuda.
Y lo dijo mirándolo a los ojos, de una manera que a Chano, que no es precisamente un cobarde, lo dejó blanco como el papel durante toda la noche.
Reyes sintió cómo aquel nombre —Salido— se le quedaba grabado con la misma fuerza con la que se le había quedado, apenas unas horas antes, el nombre de Chano Vargas en boca de Rafael Bermúdez, y anotó, mentalmente, la coincidencia de fechas: la amenaza en aquel bar, el terreno mencionado sin más detalle, la desaparición de Chano tres noches atrás, la misma noche, aproximadamente, en que un desconocido había sido visto rondando el patio de chatarra de los Bermúdez antes de marcharse hacia Alcalá en moto.
—¿Podría reconocer a ese hombre, a Salido, si le mostráramos una fotografía? —preguntó Reyes.
—Podría, sí. No se me olvida una cara que te mira así —respondió la mujer, y por primera vez en toda la conversación algo parecido al miedo asomó en su expresión, rápido, fugaz, antes de que volviera a esconderlo detrás de otro trago de su copa—.
Pero les voy a pedir una cosa, si van a seguir tirando de este hilo: que no digan que la información salió de mí.
Esta gente no perdona las bocas sueltas, y yo tengo que seguir viviendo en este barrio cuando ustedes ya se hayan ido a otro caso.
—Tiene mi palabra —dijo Reyes.
Mari se quedó un momento callada, dándole vueltas al vaso que acababa de secar, y cuando volvió a hablar lo hizo con una voz distinta, más baja, casi confidencial, como si hubiera decidido, en ese último instante, arriesgar algo más de lo que había planeado.
—Hay otra cosa, aunque no sé si les va a servir de algo.
Hace un par de semanas, antes de que Chano desapareciera, vino por aquí una tarde muy raro, muy nervioso, hablando de que había visto algo que no debía.
No quiso contarme qué, y yo tampoco insistí, que aquí insistir demasiado a veces sale caro.
Pero dijo una frase que se me quedó grabada, no sé por qué: dijo que «los papeles del solar no cuadraban con lo que había en el registro», algo así.
Como si hubiera estado mirando algo que no le correspondía mirar.
—¿Papeles de qué solar? —preguntó Reyes, inclinándose un poco más sobre la barra.