El Vacie Capítulo 3 — La palabra dada #2
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Capítulo 3 — La palabra dada #2

Condujo de vuelta a Sevilla con las ventanillas bajadas otra vez, dejando que el aire de la noche, ya algo más fresco que el del mediodía, le despejara la cabeza mientras repasaba mentalmente todo lo que Rafael le había contado.

Una deuda vieja entre primos, cerrada en falso, resuelta solo a medias por el paso del tiempo.

Un nombre nuevo, Chano Vargas, con problemas de dinero recientes y contactos peligrosos, que se había acercado hacía poco a la familia de Fermín pidiendo ayuda.

Y la vacilación de Fermín la noche anterior, aquel «hay cosas de familia que no tienen nada que ver con esto» que ahora, con lo que acababa de escuchar, sonaba mucho menos inocente de lo que había sonado entonces.

Le costaba encajar la imagen de un primo lejano usando a una niña de doce años como forma de presión para cobrar una deuda, pero también sabía, por quince años de oficio, que la desesperación empujaba a la gente hacia lugares que nadie, ni ellos mismos, hubiera creído posibles unos meses antes.

Y sabía, sobre todo, que aquella pista, por incómoda que fuera, encajaba mejor con la lógica fría de una investigación que cualquier otra hipótesis que tuviera hasta el momento sobre la mesa.

Llamó a Roldán desde el coche, con el manos libres puesto, mientras la SE-40 la devolvía hacia Sevilla entre las luces de los polígonos industriales que empezaban a encenderse a ambos lados de la carretera.

—Roldán, necesito que me consiga todo lo que haya sobre un tal Chano Vargas. Se mueve entre Sevilla y Utrera, zona de Tres Mil Viviendas.

—¿Chano Vargas? —repitió Roldán, y Reyes pudo oír, al otro lado de la línea, el sonido de una silla al arrastrarse, como si el hombre se hubiera incorporado de golpe—. Ese nombre me suena de algo. Espere, deje que mire.

Hubo un silencio de casi un minuto, roto solo por el tecleo apresurado de Roldán en algún ordenador, antes de que su voz volviera a sonar, ahora con un matiz de urgencia que Reyes no le había escuchado hasta entonces.

—Tiene usted buen ojo, Cala. Chano Vargas tiene dos antecedentes por hurto y uno por amenazas, del año pasado, denuncia que después se retiró.

Y hay algo más: esta misma tarde, mientras usted estaba en Alcalá, ha entrado un aviso.

Un vecino de El Vacie ha dicho que vio a un hombre que no era de la zona rondando cerca del patio de chatarra de los Bermúdez anteayer por la noche, la víspera de que desapareciera la niña.

No hemos podido confirmar la descripción todavía, pero el vecino dice que el hombre se subió después a una moto y se marchó hacia la carretera de Alcalá de Guadaíra.

Reyes sintió cómo se le tensaba algo en el pecho, la misma sensación que había tenido, meses atrás, al inicio de todo lo que después había salido tan mal en Algeciras: la certeza de que un caso acababa de dejar de ser una hipótesis abstracta para convertirse, de golpe, en algo con urgencia real, con un reloj corriendo en algún lugar que ella todavía no podía ver.

—Voy para la comisaría —dijo—. Quiero esa descripción cruzada con la ficha de Chano Vargas esta misma noche.

—Cala —dijo Roldán, antes de que ella colgara, con una voz que había bajado de tono, más cauta—. Si esto se confirma, va a tener que contárselo a Ceballos. Ya no vamos a poder mantenerlo extraoficial.

—Lo sé —respondió Reyes, mirando por el retrovisor las luces de Alcalá de Guadaíra alejándose a su espalda, con el castillo ya convertido en una sombra oscura recortada contra el cielo nocturno—.

Pero primero quiero tener algo sólido que ponerle delante.

No otra corazonada más que pueda descartar con la palabra protocolo.

Colgó el teléfono y apretó el acelerador, sintiendo, por primera vez desde que había cruzado la frontera de Cádiz, que aquel caso —el primero de su nuevo destino, el primero también de una niña de doce años que soñaba con sillones blancos en un salón del centro— acababa de convertirse en algo que ya no podía permitirse investigar a medias, ni con las manos atadas por un protocolo pensado para otro tipo de ciudad, para otro tipo de familias, para un mundo que no era, en absoluto, el mundo real donde Rocío Bermúdez llevaba ya casi veinticuatro horas sin aparecer.

Encontró a Ceballos todavía en su despacho, a las nueve y media de la noche, con la chaqueta del uniforme colgada del respaldo de la silla y la corbata aflojada, revisando papeles bajo la luz de un flexo que dejaba el resto de la habitación en penumbra.

Levantó la vista cuando Reyes entró sin llamar, con una expresión que oscilaba entre la sorpresa y el fastidio anticipado de quien intuye, por la sola forma en que alguien cruza una puerta, que viene a complicarle la noche.

—Cala. Es tarde —dijo, a modo de saludo, dejando el bolígrafo sobre la mesa.

—Tengo algo, comisario. Algo que no puede esperar a las setenta y dos horas.

Le expuso todo con la misma precisión con la que había redactado el atestado de madrugada: el nombre de Chano Vargas, sus antecedentes por hurto y amenazas, su reciente historial de deudas con gente peligrosa, su acercamiento a la familia de Fermín Bermúdez pidiendo ayuda económica, y el testigo que decía haber visto a un desconocido rondando el patio de chatarra de los Bermúdez la víspera de la desaparición, un hombre que se había marchado en moto hacia la carretera de Alcalá de Guadaíra, la misma dirección en la que vivía el primo con quien Chano tenía parentesco.

Ceballos escuchó sin interrumpir, con los dedos entrelazados sobre la mesa y una atención que, al menos, ya no tenía el matiz condescendiente de la mañana.

Cuando Reyes terminó, se quedó un momento en silencio, sopesando, y finalmente habló con un tono más comedido, aunque todavía lejos de la urgencia que ella hubiera querido escuchar.

—Es un indicio, Cala, no voy a negárselo. Pero sigue siendo un indicio circunstancial. Un vecino que dice haber visto a un hombre en moto no es una identificación, y que ese hombre tenga antecedentes de hurto no lo convierte automáticamente en el responsable de esto.

—Es suficiente para localizar a Chano Vargas e interrogarlo. Eso es todo lo que le estoy pidiendo, no un dispositivo con helicóptero.

Ceballos se pasó la mano por la cara, con el gesto cansado de quien lleva todo el día tomando decisiones que nunca terminan de convencer a nadie, ni siquiera a él mismo.

—Está bien. Voy a autorizar una orden de averiguación de paradero sobre Vargas, se distribuirá a todas las patrullas del área metropolitana esta misma noche.

Pero le pido que entienda una cosa, Cala, y se la digo sin ánimo de ofender: si esto resulta ser un callejón sin salida, como pasa con la mitad de las pistas en cualquier caso, no quiero que se le note la frustración delante de esa familia. Ya tienen bastante con lo que tienen.

—No pensaba dejar que se me notara nada, comisario. Pensaba encontrar a Chano Vargas esta misma noche.

Ceballos la miró un instante más, con una expresión que ya no era del todo la de un superior evaluando a una subordinada recién llegada, sino algo más cercano a la curiosidad incómoda de quien empieza a sospechar que se ha equivocado en su primer juicio sobre alguien.

—Una última cosa, Cala —dijo, cuando ella ya estaba junto a la puerta—. En Algeciras, el chico de diecisiete años. ¿Fue por esto? ¿Por moverse demasiado rápido, sin esperar al protocolo?

Reyes se detuvo con la mano en el marco de la puerta, sintiendo cómo la pregunta le atravesaba algo que llevaba semanas cerrado a cal y canto, y durante un segundo pensó en no responder, en salir sin más y dejar que Ceballos se quedara con la duda flotando en el despacho vacío.

Pero había algo en el tono del hombre, una honestidad brusca que no esperaba de él, que la hizo cambiar de idea.

—Fue lo contrario, comisario —dijo, sin volverse del todo—.

Fue por esperar. Por hacer caso al protocolo un día de más, mientras alguien decidía si merecía la pena movilizar recursos por un chaval de un barrio que a nadie le importaba demasiado.

Así que no, no pienso repetir ese error aquí, y si eso le incomoda, lo siento, pero no pienso disculparme por ello.

Ceballos no respondió, y Reyes cerró la puerta tras de sí sin esperar a que lo hiciera, con el pulso todavía acelerado por haber dicho, por fin, en voz alta y ante un superior, algo que llevaba seis semanas guardándose para sí misma como quien guarda una herida bajo la ropa para que nadie la vea sangrar.

Salió del despacho de Ceballos con la orden de averiguación de paradero ya en marcha y se reunió con Roldán en el aparcamiento, donde el subinspector la esperaba apoyado en el coche, con la chaqueta quitada y las mangas de la camisa remangadas, mirando el móvil con el ceño fruncido.

—Tengo una dirección aproximada —dijo Roldán, sin levantar la vista de la pantalla—.

Un bar en Tres Mil Viviendas donde Chano suele parar, según un compañero que trabajó esa zona hace años.

Se llama Los Claveles. Y tengo también algo más, aunque no sé todavía qué hacer con ello: una prima de Chano trabaja de camarera allí. Podríamos empezar por ella.

—Vamos.

El barrio de Las Tres Mil Viviendas, cuando llegaron, tenía una vida nocturna propia, distinta de todo lo que Reyes había visto hasta entonces en el distrito: grupos de jóvenes sentados en los portales con música saliendo de algún altavoz portátil, mujeres mayores tomando el fresco en sillas bajas junto a las farolas, algún coche pasando despacio con las ventanillas bajadas dejando escapar un compás de rumba que se mezclaba, un instante después, con el siguiente coche y su propia música, en una superposición constante que a Reyes le pareció, más que ruido, una forma particular de respirar que tenía aquella parte de la ciudad cuando el calor del día por fin aflojaba.