Capítulo 3 — La palabra dada
La cueva de Rafael Bermúdez se abría en la roca como una boca tallada a mano, y por dentro, una vez que los ojos se acostumbraban a la penumbra, resultaba mucho más profunda de lo que su fachada estrecha dejaba adivinar desde fuera: una primera estancia con dos sillones de escay agrietado y una mesa camilla cubierta con un tapete de ganchillo, y más allá, perdiéndose en la oscuridad fresca de la piedra viva, otras dos habitaciones que Reyes solo llegó a intuir por el rectángulo de luz que se colaba desde una ventana lateral abierta hacia el cerro.
Rafael no la hizo pasar dentro; se quedaron los dos en las sillas de la entrada, con la parra sobre sus cabezas filtrando los últimos rayos de sol en manchas movedizas que temblaban sobre el suelo de tierra apisonada, y con el castillo, a su espalda, empezando a encender sus propias sombras a medida que el atardecer avanzaba.
—Hace diez años, mi primo Fermín y yo montamos un negocio juntos —empezó Rafael, con la voz pausada de quien ha contado aquella historia muchas veces para sí mismo, en la soledad de tantas tardes idénticas a aquella, aunque nunca en voz alta ante nadie que pudiera hacer algo con ella—.
Comprábamos chatarra por toda la provincia, la cargábamos en un camión que habíamos comprado a medias, y la vendíamos a una recicladora de Dos Hermanas que pagaba mejor que las de Sevilla capital.
Iba bien, inspectora. Íbamos los dos, turnándonos las semanas, y con lo que sacábamos empezamos a pensar en comprar un segundo camión, en hacer las cosas más grandes.
Se detuvo un momento, encendió otro cigarro con el que ya se le había consumido casi hasta los dedos, y continuó, con la mirada fija ahora en algún punto del cerro, más allá de los tejados de las cuevas vecinas.
—Entonces apareció un hombre de fuera. De Sevilla, de los de traje, aunque decía representar a una empresa de reciclaje industrial que operaba por toda Andalucía.
Nos ofreció un contrato para llevarles material en volumen, mucho más de lo que nosotros dos solos podíamos mover, pero con un anticipo que había que poner de nuestro bolsillo para comprar un tercer camión y contratar a dos hombres más.
Fermín no confiaba, desde el principio no confió, decía que aquello olía raro, que ningún hombre de traje viene hasta El Vacie a ofrecer contratos gordos a dos chatarreros sin que haya trampa.
Yo, en cambio… —Rafael soltó una risa breve, seca, sin alegría—.
Yo tenía treinta y cinco años y las ganas de crecer más rápido de lo que el sentido común aconsejaba.
Convencí a Fermín. Puse yo la mayor parte del dinero, porque él no quería arriesgar tanto, y le prometí que si algo salía mal, yo respondería.
—¿Y salió mal?
—El hombre de traje desapareció con el anticipo antes de que llegara ni un solo cargamento.
Nunca hubo contrato de verdad, nunca hubo empresa de verdad, o si la hubo, cuando fuimos a buscarla ya no existía en ninguna dirección que nos hubieran dado.
Perdimos el dinero de los dos camiones, casi todos nuestros ahorros de años, y Fermín, que me había advertido, que había tenido razón desde el primer día, tuvo que ver cómo yo lo arrastraba a esa pérdida por mi cabezonería.
—Rafael dio una calada larga, dejando salir el humo despacio, como si con él saliera también algo que llevaba mucho tiempo dentro—.
Le dije que le devolvería su parte, con el tiempo, como fuera.
Se lo di mi palabra, inspectora, y aquí eso es lo único que de verdad importa entre dos hombres. La palabra dada.
—¿Y no pudo devolvérsela?
—Lo intenté durante tres años. Trabajé de peón en la construcción, hice de todo, le fui dando lo que podía cuando podía.
Pero llegó un momento en que la vida me llevó para aquí, para Alcalá, con una mujer que después se murió y me dejó esta cueva y poco más, y el dinero que le debía a Fermín se quedó a medias, sin pagar del todo.
Y entonces, hace diez años, dejamos de hablarnos.
No de golpe, no con una discusión grande.
Simplemente, un día dejé de ir a Sevilla, y él dejó de preguntar por mí, y así se ha quedado, hasta hoy.
Reyes dejó pasar un silencio, valorando lo que acababa de escuchar, antes de plantear la pregunta que en realidad la había llevado hasta allí.
—Rafael, necesito preguntarle algo directo, y le pido que entienda por qué tengo que hacerlo. ¿Sabe usted algo de Rocío? ¿La ha visto, ha tenido usted o alguien de su entorno algún contacto con ella en los últimos días?
El hombre la miró entonces con una expresión que mezclaba dolor y una especie de indignación cansada, la de quien lleva toda la vida siendo sospechoso por defecto y ya no le queda energía para escandalizarse de que vuelva a pasar.
—No la he visto nunca, inspectora. Ni una sola vez en doce años.
No conozco su cara más que por lo que me pueda haber llegado de refilón, alguna foto en el móvil de algún primo lejano que todavía nos habla a los dos.
Yo no le haría daño a esa niña ni a ningún hijo de mi familia, por muy roto que esté todo lo demás entre Fermín y yo. Eso téngalo claro.
—Le creo —dijo Reyes, y era verdad, aunque también sabía, por experiencia, que las primeras impresiones no bastaban para cerrar ninguna línea de investigación—.
Pero necesito que me ayude con otra cosa.
¿Hay alguien más, alguien de la familia extensa, que sí pueda tener algún motivo relacionado con dinero, con deudas, con algo que se haya quedado pendiente?
Rafael se quedó pensando un largo momento, con el cigarro consumiéndose entre los dedos sin que se lo llevara a la boca, y cuando por fin habló, lo hizo con una vacilación que le costó visiblemente vencer.
—Hay un chico. Chano Vargas, primo segundo mío, y también algo primo de Fermín por parte de su madre, aunque el parentesco ya se pierde un poco de tan lejano.
Chano anduvo metido, hace unos meses, en negocios feos.
Préstamos, cobros para gente que no conviene deberle nada.
Yo lo sé porque vino a verme hace cosa de un año, a pedirme dinero, diciendo que tenía problemas serios con unos hombres de Sevilla a los que les debía una cantidad que a mí me pareció una barbaridad para lo que él es capaz de mover.
—¿Le dio usted el dinero?
—No tenía qué darle. Y aunque lo hubiera tenido, no me fío de ese chico ni para prestarle un cigarro.
—Rafael negó con la cabeza, con un gesto de disgusto—.
Lo último que supe de él fue que se había acercado por Sevilla capital, por El Vacie, buscando ayuda de otras ramas de la familia, incluida la de Fermín, para tapar esa deuda.
No sé si Fermín llegó a hablar con él o no.
No sé si le dio algo o si lo mandó a paseo, que es lo que yo hubiera hecho.
Pero si me pregunta si hay alguien con motivos de dinero rondando cerca de esa familia últimamente, ese nombre es el único que se me ocurre.
Reyes anotó el nombre —Chano Vargas— en el móvil, sintiendo cómo el hilo que había ido a buscar en Alcalá, en lugar de cerrarse en aquella misma tarde como había esperado, se abría hacia una nueva dirección, más cercana todavía a la propia familia, más cargada de urgencia.
—¿Sabe dónde puedo encontrarlo?
—Se mueve entre Sevilla y Utrera, no tiene casa fija que yo sepa.
Pregunte por él en los bares de la zona de Tres Mil Viviendas, es donde suele parar cuando está en la capital.
—Rafael la miró entonces con una seriedad distinta, más grave que todo lo anterior—.
Inspectora, dígale a Fermín, si vuelve a hablar con él, que siento mucho lo de la niña.
Dígaselo de mi parte, aunque él no quiera oírlo de mí.
Y dígale también que si necesita algo, cualquier cosa, que aquí me tiene, aunque hayan pasado diez años.
Estas cosas, cuando pasan de verdad, hacen que todo lo demás parezca muy pequeño.
Reyes asintió, se levantó de la silla de escay, y le tendió la mano, que Rafael estrechó con una fuerza sorprendente para un hombre de su edad.
—Gracias por hablar conmigo.
—No me dé las gracias todavía —dijo Rafael, sin soltarle del todo la mano, con una mirada que por un instante pareció ver algo más allá de Reyes, algo que le pesaba desde hacía mucho tiempo—.
Deme las gracias cuando encuentre a esa niña.
Hasta entonces, lo único que he hecho es hablar, y hablar no sirve de mucho cuando lo que hace falta es encontrar.
Bajó del cerro del castillo cuando ya el sol se había puesto del todo y el cielo, sobre las almenas, había adquirido ese azul profundo, casi violeta, que precede a la noche cerrada en las tardes de verano, con las primeras estrellas asomando tímidas por encima de las torres.
Las cuevas del arrabal, ahora, se iluminaban una a una con luces cálidas que se filtraban por las cortinas de cuentas de colores, y de las Cuevas de Anita, la taberna excavada en la roca que ya tenía las mesas puestas en la calle, llegaba el sonido de una guitarra afinándose despacio, preparándose para una noche de cante que Reyes, en otras circunstancias, se habría quedado a escuchar.
Cruzó de nuevo el Arco de la calle Bandera, dejando atrás el barrio que durante un par de horas le había parecido, a pesar de todo, un lugar en paz consigo mismo, algo que no había sentido todavía en El Vacie, y bajó hacia el río, donde había dejado el coche.