Capítulo 2 — Una menor más #4
Alcalá de Guadaíra se anunció primero por el olor: un aroma cálido, envolvente, a pan recién horneado que llegaba flotando desde las tahonas de las afueras y que le había dado nombre, según había leído Reyes en algún cartel de bienvenida al municipio, a toda la ciudad —Alcalá de los Panaderos, la llamaban desde hacía siglos—.
Después llegó el río, el Guadaíra, estrecho y verde, discurriendo entre juncos y eucaliptos centenarios cuyas copas se mecían despacio con la brisa de la tarde; y por último, coronando el cerro que dominaba todo el caserío, el castillo: una mole de piedra dorada, con sus torres almenadas recortadas contra un cielo que empezaba a teñirse de los primeros naranjas del atardecer, tan sólida y tan permanente que parecía llevar allí desde antes de que la propia ciudad existiera, que de algún modo era exactamente el caso.
Reyes dejó el coche en un aparcamiento junto al puente sobre el río y subió a pie por una calle empinada, de adoquines desgastados por siglos de pisadas, hasta llegar a un arco de piedra —el Arco de la calle Bandera, decía un pequeño cartel turístico atornillado a la fachada— que marcaba la entrada al barrio de San Miguel.
Al cruzarlo, el paisaje urbano cambió de golpe: las calles se estrecharon hasta volverse apenas pasillos entre casas encaladas, algunas con la fachada recién pintada y macetas de geranios colgando de las ventanas, otras con la cal desconchada dejando ver la piedra arenisca original; y por todas partes, asomando entre los huecos de las viviendas más bajas, las bocas oscuras de las cuevas excavadas directamente en la ladera del cerro, algunas convertidas ya en tabernas con mesas de madera fuera y un cartel anunciando cante flamenco los viernes por la noche, otras todavía habitadas, con una cortina de cuentas de colores tapando la entrada y el sonido de una televisión encendida llegando desde el interior en penumbra.
Era, pensó Reyes mientras subía por la calle San Miguel siguiendo las indicaciones que le había dado un vecino, un lugar extrañamente parecido a El Vacie y al mismo tiempo completamente distinto: la misma raíz, la misma memoria de familias gitanas que habían llegado allí generaciones atrás huyendo o buscando, la misma convivencia entre la pobreza y la dignidad terca de quien no se avergüenza de dónde vive; pero aquí, en Alcalá, alguien había decidido en algún momento contar aquella historia de otra manera, convertirla en atractivo, en cuna del flamenco, en ruta turística con su propio centro cultural instalado en la antigua iglesia del arrabal, mientras que a apenas veinte kilómetros de allí, en la capital, la misma raíz de historia se había quedado sin nombre en ningún mapa, sin ruta, sin centro cultural, convertida solo en una mancha gris junto al cementerio.
El sol ya se ponía sobre las almenas del castillo, tiñendo la piedra dorada de un rojo profundo que se derramaba también sobre los tejados de las cuevas más altas, cuando Reyes por fin encontró la que le habían indicado como la vivienda de Rafael Bermúdez: una puerta pintada de verde oscuro, encajada en la propia roca del cerro, con una parra que trepaba por encima del dintel y un hombre mayor, de complexión fuerte y pelo completamente blanco, sentado en una silla baja junto a la entrada, fumando un cigarro y observando el atardecer con la misma paciencia con que llevaba, probablemente, observándolo cada tarde durante los últimos diez años.
—Buenas tardes —dijo Reyes, deteniéndose a un par de metros—. ¿Es usted Rafael Bermúdez?
El hombre se volvió hacia ella despacio, con un movimiento que no delataba prisa ni sorpresa, y la observó un instante antes de responder, con una voz grave, curtida por el tabaco, que llevaba dentro el mismo eco pausado que Reyes había reconocido, la noche anterior, en la voz de Custodio Heredia.
—El mismo —dijo—. Y por la cara que trae y por cómo viene vestida, aunque no lleve el uniforme puesto, diría que es usted policía. ¿Qué ha hecho ahora mi familia de Sevilla para que me manden a alguien hasta aquí?
—Inspectora Reyes Cala. Nadie me ha mandado, he venido yo sola —dijo Reyes, acercándose un poco más, sin llegar a invadir el espacio del hombre—. Busco a una niña, Rocío Bermúdez. Doce años. Desapareció anoche en El Vacie.
El cigarro se detuvo a medio camino de la boca de Rafael Bermúdez, y algo en su rostro, curtido por el sol y por diez años de silencio con su propia sangre, se tensó de golpe, con una rapidez que a Reyes le costó interpretar del todo: podía ser el sobresalto de quien oye, sin previo aviso, el nombre de una niña de su propia familia unido a la palabra desaparición; o podía ser, con la misma facilidad, el sobresalto de quien sabe algo que preferiría no tener que explicar.
—¿La niña de Fermín? —dijo, bajando el cigarro, con la voz de pronto más grave, más despacio—. ¿La pequeña Rocío?
—¿La conoce?
Rafael tardó un momento en responder, con la mirada perdida ahora en algún punto del atardecer, más allá de las almenas del castillo, como si estuviera calculando cuánto de lo que sabía —o de lo que no sabía— tenía sentido compartir con una desconocida que acababa de aparecer en su puerta al caer la tarde.
—Siéntese, inspectora —dijo finalmente, señalando una segunda silla apoyada contra la pared de piedra, junto a la puerta verde—. Esto va para largo, y no me gusta contar las cosas de pie.