El Vacie Capítulo 2 — Una menor más #3
11%

Capítulo 2 — Una menor más #3

Reyes tomó nota mental de aquello, guardándolo junto al recuerdo de la vacilación de Fermín la noche anterior, cuando ella le había preguntado si Rocío tenía algún problema reciente y él había respondido que había «cosas de familia» de las que no quería hablar todavía.

Dos hilos sueltos que empezaban a insinuar, sin todavía confirmar nada, la forma de un mismo nudo.

Se despidió de Sole con delicadeza y caminó hacia el patio de chatarra de los Bermúdez, donde encontró a Josele solo, sentado sobre un bidón metálico volcado, fumando un cigarro con la mirada perdida entre las torres de chapa oxidada que se apilaban a su alrededor como los restos de un naufragio que nadie hubiera terminado de rescatar.

Al verla acercarse, se levantó de inmediato, con la misma actitud defensiva de la noche anterior.

—¿Ahora qué? —dijo, sin darle tiempo a saludar.

—Necesito preguntarte por un primo de tu padre. De Alcalá de Guadaíra.

Josele apretó la mandíbula, y por un instante Reyes pensó que iba a negarse a hablar del todo, pero algo cambió en su expresión, un cansancio repentino que sustituyó a la hostilidad inicial.

—El Rafita —dijo, finalmente, dando una calada larga al cigarro—. Rafael Bermúdez. Vive en las cuevas de San Miguel, en el castillo de Alcalá. Mi padre y él llevan diez años sin dirigirse la palabra.

—¿Por qué?

—Un negocio que hicieron juntos, hace tiempo, con un camión de chatarra y unos socios de fuera. Salió mal. Mi padre dice que el Rafita se quedó con dinero que no era suyo, el Rafita dice que fue mi padre el que le dejó tirado con una deuda. No sé la verdad, y a estas alturas ya no me importa.

—¿Alguna vez ha habido contacto entre Rocío y ese primo, o con su familia?

Josele se encogió de hombros, con un gesto que quería parecer indiferente pero que a Reyes le sonó forzado.

—Que yo sepa, no. Es un tema de mayores, de antes de que Rocío naciera casi.

—Necesito la dirección exacta, o al menos el nombre completo, para poder localizarlo.

—¿Van a ir a molestarlo a él ahora? —preguntó Josele, con un tono que mezclaba incredulidad y algo parecido al desprecio—. ¿En serio se van a poner a investigar una deuda de chatarra de hace diez años en vez de buscar a mi hermana donde de verdad tiene que buscarse?

—Voy a investigar cada hilo que aparezca, Josele, sea el que sea. Eso incluye una deuda antigua que puede no significar nada, o puede significarlo todo. No lo sabré hasta que hable con él.

El chico la miró un largo instante, con una desconfianza que no había desaparecido pero que, por primera vez, parecía teñida de algo más parecido al cálculo que a la rabia pura, como si estuviera decidiendo, en ese mismo momento, cuánto estaba dispuesto a fiarse de aquella mujer que llevaba menos de veinticuatro horas en el distrito.

—Rafael Bermúdez —dijo finalmente—. Vive en la parte alta de las cuevas, cerca del arco de entrada. Pregunte por él en cualquier bar del barrio, todo el mundo lo conoce.

Reyes le dio las gracias y se dispuso a marcharse, pero antes de dar el primer paso, Josele añadió algo más, con la voz más baja, como si aquello le costara un esfuerzo distinto al resto de la conversación.

—Mi padre no le va a contar esto por su cuenta.

Es demasiado orgulloso, y además cree que remover esa historia no va a servir de nada salvo para abrir una herida vieja delante de todo el mundo.

Pero si de verdad va a ir a Alcalá, vaya con cuidado con cómo lo trata.

El Rafita puede tener mal genio, pero no es mala persona.

Y si mi hermana está allí… —se le quebró la voz, por primera vez, dejando entrever, debajo de toda la hostilidad, el miedo desnudo de un hermano de dieciocho años que todavía no sabe cómo procesar lo que está pasando— si está allí, lo único que me importa es que vuelva a casa.

Me da igual la deuda, me da igual quién tenga razón. Solo quiero que vuelva.

Reyes asintió, y por un momento algo se le ablandó en el pecho, algo que llevaba seis semanas endurecido desde Algeciras y que aquel chico, con su gorra calada y sus brazos tatuados, acababa de tocar sin proponérselo.

—Voy a encontrarla, Josele. Te doy mi palabra.

Antes de salir del asentamiento, se cruzó con Rosario Cortés, a la que todos en El Vacie llamaban «la Pelúa» por una melena espesa que en su juventud, según le contaría más tarde alguien, le había llegado hasta la cintura y que ahora, ya pasados los cincuenta, seguía llevando suelta, entreverada de canas, como una bandera que se negaba a arriarse.

Rosario trabajaba tres días por semana limpiando en un hostal del centro de Sevilla, y era, según había podido deducir Reyes por la forma en que los vecinos se dirigían a ella, una de las pocas personas del asentamiento que se movía con soltura en los dos mundos, capaz de discutir con un funcionario municipal en la lengua administrativa de los impresos y, un minuto después, sentarse en el poyete de cualquier casa a hablar de lo de siempre con la misma naturalidad de quien nunca se ha ido de allí.

—Así que usted es la nueva —dijo Rosario, deteniéndose frente a Reyes con las manos en las caderas y una mirada que la recorrió de arriba abajo con una franqueza casi divertida—. Custodio dice que anoche estuvo aquí hasta tarde. Eso, en esta calle, ya es más de lo que hizo la última que mandaron.

—Voy camino de Alcalá de Guadaíra —dijo Reyes, sin entrar en explicaciones que no venían al caso—. A hablar con Rafael Bermúdez.

Rosario levantó las cejas, con una sorpresa que no llegó a ser del todo sorpresa.

—El Rafita. Vaya, vaya. Alguien le ha estado hablando más de la cuenta —dijo, y aunque lo dijo con media sonrisa, había debajo un fondo de cautela que Reyes no pasó por alto—.

Mire, inspectora, le voy a decir una cosa, y la digo porque me parece que usted, de momento, se lo está tomando en serio, que es más de lo que suele hacer la gente de su uniforme.

Esa historia del Rafita es vieja, y en las historias viejas de por aquí hay mucho de verdad mezclado con mucho de rencor, y a veces cuesta separar una cosa de la otra.

Vaya, hable con él, pero no se crea todo lo que le cuenten de un lado sin escuchar también al otro.

—¿Usted conoce a Rafael?

—Lo conocí de joven, antes de que se fuera a Alcalá.

Buen hombre, orgulloso como todos los Bermúdez, pero buen hombre.

Lo que pasó con el camión de chatarra y el dinero, eso ya no lo sé bien, cada uno cuenta su versión.

Pero de ahí a pensar que un hombre de sesenta años se lleva a una niña de doce para cobrarse una deuda con su primo…

—Rosario negó con la cabeza, despacio—. A mí eso no me cuadra, inspectora.

Aunque usted sabrá mejor que yo cómo se las gasta la gente cuando lleva mucho rencor guardado.

—Es un hilo que tengo que comprobar, nada más.

—Ya. Comprobar. —Rosario la miró un instante más, con una expresión que ya no era de sorpresa ni de cautela, sino de algo más parecido a la evaluación—.

Mire, inspectora, le voy a decir una última cosa, y después la dejo ir, que el sol aprieta y usted tiene camino por delante.

Aquí todo el mundo va a estar mirando qué hace usted en los próximos días.

No lo que diga, que promesas ya hemos oído muchas.

Lo que haga. Si busca de verdad, si mira donde de verdad hay que mirar y no solo donde le resulta cómodo mirar, esta calle se lo va a reconocer, aunque tarde en decírselo a la cara.

Y si al final resulta que ha venido solo a cerrar un expediente lo antes posible, como todos los que vinieron antes, también se va a enterar de eso, se lo aseguro.

Dicho esto, Rosario se despidió con un gesto seco de la cabeza y siguió su camino hacia el interior del asentamiento, dejando a Reyes con la sensación, ya familiar después de apenas un día, de que en aquel lugar cada conversación llevaba dentro una advertencia, aunque viniera envuelta en un tono amable.

La carretera hacia Alcalá de Guadaíra salía de Sevilla por el sureste, dejando atrás los polígonos industriales de la periferia y adentrándose, poco a poco, en un paisaje que se iba abriendo en campos de olivos y en algún que otro cortijo blanco recortado contra las colinas suaves de la campiña sevillana.

A esa hora de la tarde, con el sol ya bajando pero todavía lejos de ponerse, la luz caía sobre los olivares con una tonalidad dorada que suavizaba el verde plateado de las hojas y dibujaba, entre hilera e hilera de árboles, sombras alargadas que parecían señalar todas hacia el mismo punto, como si el paisaje entero apuntara hacia el lugar al que Reyes se dirigía.