Capítulo 2 — Una menor más #2
Volvió a la comisaría a las tres de la madrugada, con el amanecer todavía lejos pero el cielo ya empezando a perder la densidad negra de la noche cerrada, y redactó el atestado inicial sentada en un despacho vacío, con el único ruido de fondo del zumbido de un fluorescente que parpadeaba cada pocos segundos sobre su cabeza, como si tampoco él terminara de decidirse entre la luz y la oscuridad.
Escribió con precisión, sin adjetivos innecesarios, consignando cada dato que había podido reunir: la hora aproximada de la desaparición, la descripción física de Rocío, la ropa que llevaba —un vestido de flores azules, sandalias marrones—, los nombres de los últimos que la habían visto, la ausencia total de indicios de violencia en el lugar.
Al llegar al apartado de clasificación del caso, se detuvo un momento con el cursor parpadeando sobre la pantalla, sopesando cómo categorizarlo, y finalmente escribió: posible sustracción o desaparición forzosa, se recomienda activación de protocolo de búsqueda urgente.
No durmió esa noche. A las ocho de la mañana estaba ya en el despacho de Ceballos, con la misma ropa del día anterior y los ojos enrojecidos por el cansancio, exponiéndole el caso con la mayor claridad de la que fue capaz, mientras el comisario la escuchaba de pie, junto a la ventana, con una taza de café en la mano que no llegó a beber en ningún momento durante toda la conversación, como si sostenerla fuera ya, en sí mismo, un gesto suficiente de atención.
—Una menor de doce años, desaparecida hace más de doce horas, sin ningún indicio de que se haya marchado por su propia voluntad —resumió Reyes, al terminar—.
Recomiendo activar el protocolo de alerta y solicitar refuerzos para el rastreo de la zona, incluyendo las naves industriales cercanas y el cementerio.
Ceballos dejó pasar un silencio antes de responder, un silencio que a Reyes le pareció, incluso antes de que el hombre abriera la boca, la antesala de una negativa.
—Cala, entiendo su preocupación, y valoro que se haya volcado así en su primer caso —dijo, finalmente, con un tono que pretendía ser paternal y que a Reyes le sonó, sobre todo, condescendiente—.
Pero hay que ser realistas. Estamos hablando de una menor de un entorno con un patrón muy conocido de fugas temporales.
Discusiones familiares, visitas no anunciadas a parientes, algún que otro capricho adolescente.
En el noventa por ciento de los casos parecidos que hemos tenido en este distrito, la menor aparece en menos de setenta y dos horas, sana y salva, en casa de algún familiar.
—No tenemos ningún indicio de discusión familiar previa —respondió Reyes—. Los padres coinciden en que era una tarde normal.
—Los padres siempre dicen que era una tarde normal, Cala.
Es lo primero que dice cualquier padre, hasta que se descubre que la niña discutió con su hermano por un móvil, o con su madre por una regañina, y se fue a desahogarse a casa de una tía dos barrios más allá sin avisar a nadie.
Aquí eso pasa con más frecuencia de la que a usted le gustaría, y créame que lo digo con toda la empatía del mundo hacia esa familia, pero movilizar un dispositivo de búsqueda urgente para cada caso así nos deja sin recursos para el resto del distrito.
—Con todo el respeto, comisario, esto no es «cada caso así». Llevo quince años en el cuerpo y sé distinguir una fuga voluntaria de algo distinto.
—Lo que usted sepa distinguir en quince años, Cala, no es lo que este protocolo exige para activar recursos que no tenemos de sobra —dijo Ceballos, y en su voz apareció, por primera vez, un matiz de impaciencia que dejaba claro que la conversación se acercaba a su final—.
Vamos a hacer lo que hacemos siempre en estos casos: registrar la denuncia, avisar a las patrullas de la zona para que estén alerta, y esperar setenta y dos horas antes de escalar el nivel de respuesta.
Si en ese plazo no aparece, entonces hablamos de otra cosa.
—Setenta y dos horas son muchas horas para una niña que puede estar en peligro real.
—Setenta y dos horas es el protocolo, inspectora —respondió Ceballos, con una definitividad que cerraba, de facto, la conversación—. Y el protocolo no distingue entre distritos ni entre familias. Se aplica igual en todas partes.
Reyes salió del despacho con la certeza amarga de que aquella última frase era, sencillamente, mentira, o si no mentira deliberada, al menos una mentira que Ceballos se contaba a sí mismo para no tener que reconocer lo que cualquiera con dos dedos de frente podía deducir con solo mirar el mapa clavado en la sala contigua, con aquella mancha gris sin nombre marcada en rotulador rojo.
El protocolo, sobre el papel, era el mismo en todas partes.
Lo que no era igual en todas partes era la velocidad con la que alguien decidía que un caso merecía saltarse el protocolo.
Encontró a Roldán en la máquina de café del pasillo, con dos vasos ya preparados, uno de los cuales le tendió sin decir nada, en el mismo gesto silencioso del día anterior.
—No ha ido bien, ¿verdad? —dijo Roldán, aunque no era realmente una pregunta.
—Setenta y dos horas —respondió Reyes, con la voz plana de quien todavía está procesando la rabia—. Setenta y dos horas de nada, mientras esa niña puede estar en cualquier parte.
—Le voy a contar algo, y no es para justificar a Ceballos, que conste —dijo Roldán, bajando la voz, mirando de reojo hacia el pasillo vacío—.
Hace cuatro años hubo un caso parecido, una cría de El Vacie, un poco más pequeña que esta.
Se activó todo el dispositivo, helicóptero incluido, salió en las noticias locales dos días seguidos.
Y apareció a las treinta y seis horas, en casa de una tía en Dos Hermanas, sin que nadie se hubiera molestado en avisar porque la abuela y la madre llevaban meses sin hablarse.
Costó una fortuna en recursos, y luego, cuando algún periodista preguntó por qué se había movilizado tanto para «una niña gitana» y no para otros casos, el Ayuntamiento tuvo que salir a dar explicaciones.
Desde entonces, aquí arriba —señaló con el dedo hacia el techo, hacia algún despacho superior que no era el de Ceballos— se volvieron mucho más cautos con lo que llaman «sobrerreacciones».
—¿Y la solución es reaccionar de menos siempre, por si acaso? —preguntó Reyes, sin ocultar la incredulidad.
—No digo que sea justo, Cala. Digo que es lo que hay.
—Roldán le dio un trago a su café y la miró con una expresión que mezclaba resignación y algo parecido a la advertencia—.
Si quiere buscar por su cuenta, extraoficialmente, mientras se cumplen las setenta y dos horas, yo no se lo voy a impedir.
Pero vaya con cuidado con cómo lo hace. Ceballos no se va a alegrar si se entera de que está gastando horas en algo que él ya ha decidido que no es prioritario.
—Pues que no se entere —dijo Reyes, y por primera vez desde que había cruzado la puerta de Ceballos aquella mañana, algo parecido a una decisión firme se le instaló en el pecho, sustituyendo la rabia por un propósito concreto.
Volvió a El Vacie a media mañana, ya sin uniforme, vestida con vaqueros y una camiseta lisa, con la placa guardada en el bolsillo trasero y no colgada al cuello, en un intento deliberado de reducir, aunque solo fuera un poco, la distancia que la investidura oficial siempre imponía.
El asentamiento, de día, tenía un aspecto completamente distinto al de la noche anterior, como si fuera otro lugar y no el mismo: el sol de julio caía a plomo sobre los tejados de chapa, arrancando reflejos cegadores del metal; el aire olía a tierra seca y a algo dulzón, casi frutal, que Reyes tardó un momento en identificar como el olor de la fruta demasiado madura que alguien había dejado en un cajón junto a la puerta de una casa, esperando a que nadie la aprovechara antes de que se echara a perder del todo; y el silencio nervioso de la noche anterior había dado paso a un rumor cotidiano de radios encendidas, de martillazos lejanos sobre chapa, de algún perro ladrando sin motivo aparente al mediodía, como si el asentamiento entero hubiera decidido, con el sol ya alto, disimular lo ocurrido bajo la superficie ruidosa de un día cualquiera.
Encontró a Sole, la prima de Rocío, sentada en el mismo poyete de piedra donde la había visto la noche anterior, ahora acompañada por dos mujeres mayores que le pasaban la mano por el pelo con gestos automáticos, consoladores, mientras la chica miraba al vacío con los ojos hinchados de llorar.
—Sole, ¿verdad? —dijo Reyes, acercándose despacio, agachándose un poco para quedar a su altura—. Soy la inspectora que estuvo aquí anoche. Necesito hacerte un par de preguntas, si te parece bien.
Sole asintió sin mirarla, con la mirada todavía fija en algún punto indeterminado del suelo.
—Ayer, cuando estabais aquí, trenzándoos el pelo, ¿Rocío te comentó algo raro? ¿Algo que le preocupara, alguien con quien hubiera discutido, algo que quisiera hacer y que no le hubieran dejado?
Sole negó con la cabeza, y después, tras un instante de duda, dijo algo que hizo que Reyes se inclinara un poco más hacia ella.
—Me dijo que quería irse de aquí, algún día. Que quería tener su propia peluquería, en el centro, con sillones blancos. —Se le quebró la voz al pronunciar las últimas palabras, y una de las mujeres mayores le pasó un brazo por los hombros—. Pero eso me lo decía siempre. No era nada de ayer.
—¿Y de su tío, o de algún primo lejano? ¿Alguna vez te habló de algún familiar que viviera fuera de aquí, con quien hubiera algún problema?
Sole se quedó pensando un momento, y por primera vez levantó la vista hacia Reyes con algo que se parecía al esfuerzo real de recordar.
—Una vez mencionó a un primo de su padre. De Alcalá, creo. Dijo que su padre y él llevaban años sin hablarse, por algo de dinero, de un negocio que se torció. Pero eso lo dijo hace tiempo, no ayer.