El Vacie Capítulo 2 — Una menor más
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Capítulo 2 — Una menor más

Fermín Bermúdez llegó a su casa poco después de la una de la madrugada, con la ropa de faena todavía puesta y las manos negras de grasa de motor, porque había pasado la tarde en el desguace de un compañero arreglando un Volkswagen destrozado que alguien quería vender por piezas, y no se había enterado de nada hasta que su cuñado lo llamó al móvil con la voz rota diciéndole que corriera, que Rocío no aparecía.

Cruzó el callejón de tierra a paso rápido, casi trotando, con el pecho subiendo y bajando como si llevara ya varios kilómetros a esa velocidad, y cuando entró en el rectángulo de luz amarilla que salía de su propia puerta y vio a Reyes agachada junto a Encarna, con la porra reglamentaria y el chaleco de la Policía Nacional, se detuvo en seco, como si aquella imagen —una uniformada dentro de su casa, a esas horas— le costara un esfuerzo físico procesar, el mismo esfuerzo con que un hombre acostumbrado a leer el óxido de la chatarra tiene que forzar la vista para leer, de pronto, un idioma que no es el suyo.

—¿Qué hace ella aquí? —preguntó, sin dirigirse a nadie en concreto, con una voz ronca de sofoco y de algo más profundo que el sofoco.

—Es la nueva inspectora, Fermín, la que ha venido esta noche —respondió el sargento de guardia, adelantándose, con el tono conciliador de quien lleva años de práctica calmando ánimos en aquella misma calle—. Está tomando declaración a Encarna.

Fermín no respondió a eso. Cruzó los tres metros que lo separaban de su mujer, se arrodilló junto a ella y la abrazó con una fuerza que hizo crujir la silla de plástico, y durante un instante nadie en la calle dijo nada, ni siquiera Josele, que se había quedado apoyado contra la pared con los brazos cruzados y la gorra calada, observando a su padre con una mezcla de alivio y de algo que a Reyes le pareció, sin poder precisarlo del todo, muy parecido al reproche.

Reyes esperó, en pie, a que el abrazo se deshiciera, y cuando Fermín levantó la vista hacia ella, con los ojos húmedos y las manos todavía manchadas de grasa apoyadas en las rodillas de su mujer, le habló con la misma calma con la que había hablado a Encarna media hora antes.

—Señor Bermúdez, necesito que me cuenten juntos todo lo que recuerden de esta tarde. Cuanto antes empecemos, antes podremos movilizar recursos.

—¿Recursos? —repitió Fermín, y en su voz había ahora un filo distinto, más afilado, un filo que Reyes reconoció porque lo había oído antes, en otras bocas, en otras ciudades—.

Con perdón, inspectora, pero yo llevo veinte años en esta calle y sé perfectamente cuántos recursos se movilizan por una niña de aquí.

Los mismos que se movilizaron cuando desapareció el crío de los Salazar hace tres años, que fueron ninguno, hasta que apareció él solo tres días después.

O los que se movilizaron cuando le robaron a mi cuñada, que la mandaron a poner la denuncia y ahí se quedó todo.

—Esto es distinto —dijo Reyes, y lo dijo con una firmeza que sorprendió incluso a ella misma, porque no tenía todavía ningún elemento objetivo que le permitiera afirmarlo, solo la certeza instintiva de que aquella niña no se había marchado por su propio pie—.

Cuénteme desde el principio. Qué hizo Rocío hoy, con quién estuvo, a qué hora la vieron por última vez.

Tardaron cerca de cuarenta minutos en reconstruir la tarde entre los dos, con interrupciones constantes de uno al otro, con Encarna deteniéndose a media frase para llevarse la mano a la boca y Fermín completando lo que ella no podía terminar de decir.

Rocío había pasado la tarde con su prima Sole, sentadas en el poyete frente a la casa de los Heredia, trenzándose el pelo, riendo, hablando de tonterías de adolescentes según contó la propia Sole cuando alguien fue a buscarla.

Había vuelto a casa al anochecer, la habían llamado tres veces para cenar y a la cuarta, cuando Encarna salió a buscarla al callejón, ya no estaba.

Ni rastro. Ningún vecino recordaba haber visto pasar a nadie desconocido por la calle esa tarde, ningún coche que no fuera de la zona, ninguna discusión, ningún grito.

—¿Tenía Rocío algún problema reciente? ¿Con alguien de la familia, con algún compañero del colegio, con alguna persona de fuera? —preguntó Reyes.

Encarna negó con la cabeza, con firmeza, casi con indignación ante la sola sugerencia.

Fermín, en cambio, tardó un segundo de más en responder, un segundo que a Reyes no le pasó desapercibido, como no le pasaba desapercibida jamás la fracción de tiempo, siempre reveladora, que separa una mentira improvisada de una verdad dicha sin pensar.

—No —dijo finalmente, aunque con una vacilación que contradecía la rotundidad de la palabra—. Ningún problema.

—¿Está seguro?

Fermín miró a su mujer de reojo, y algo pasó entre los dos, algo breve y sin palabras que Reyes no supo interpretar del todo pero que archivó con cuidado, de la misma forma que archivaba cualquier detalle que no encajara con el resto de una declaración.

—Hay cosas de familia que no tienen nada que ver con esto —dijo Fermín, finalmente—. Cosas viejas. No hace falta remover eso ahora.

—Cualquier cosa puede tener que ver, señor Bermúdez. En estas primeras horas, cualquier cosa.

Fermín negó con la cabeza, esta vez más despacio, con la determinación de quien ha decidido, en ese mismo instante, que aquella conversación no iba a continuar por ese camino, al menos no esa noche, no delante de tanta gente.

—Mañana —dijo—. Mañana hablamos de eso, si hace falta. Esta noche lo único que necesito es que la busquen.

Reyes no insistió, aunque tomó nota mental de volver sobre aquello en cuanto tuviera ocasión.

Se levantó, recorrió con la mirada el semicírculo de vecinos que seguía formado alrededor de la puerta, cada vez más numeroso a medida que la noticia corría de casa en casa, y buscó, al fondo de la calle, la figura de Custodio Heredia, que seguía en el mismo sitio, apoyado contra el marco de su puerta, observando la escena con los brazos cruzados, inmóvil de una manera que a Reyes, viéndolo desde la distancia, le pareció casi arquitectónica: no la quietud de quien espera algo, sino la de quien sostiene algo, del mismo modo en que un contrafuerte sostiene el peso entero de un muro sin que nadie repare nunca en él hasta que falta.

Se acercó a él despacio, consciente de que cada paso que daba estaba siendo observado por una veintena de ojos, y de que el modo en que aquel hombre decidiera recibirla —o no recibirla— iba a condicionar, probablemente, todo lo que viniera después.

—Buenas noches —dijo Reyes, deteniéndose a una distancia prudente, ni tan cerca como para parecer una invasión ni tan lejos como para parecer un desplante—. Soy la inspectora Cala.

—Ya sé quién es —respondió Custodio, sin moverse del marco de la puerta, con una voz grave y pausada que contrastaba con la agitación del resto de la calle—. La han mandado a este distrito hace tres días. Aquí las noticias vuelan más rápido que en su comisaría, inspectora.

—Entonces también sabrá que he venido en persona, a estas horas, en mi primer día.

—Eso lo sé —dijo Custodio, y por primera vez algo se movió en su expresión, algo que no llegaba a ser una sonrisa pero que se le parecía, un reconocimiento breve, casi profesional—.

Y también sé que eso no significa nada todavía.

Aquí hemos visto entrar a mucha gente con buenas intenciones el primer día.

—Necesito que la comunidad colabore. Cuanta más gente busque de forma organizada, más posibilidades tenemos de encontrarla esta misma noche.

—La comunidad ya está buscando, inspectora. Llevamos buscando desde antes de que llegara usted. Lo que necesita saber es otra cosa.

—¿Qué?

Custodio se separó, por fin, del marco de la puerta, y dio dos pasos hacia ella, quedando a una distancia en la que ya podían hablar sin que el resto de la calle escuchara cada palabra, aunque tampoco bajó demasiado la voz, como si no le importara especialmente que se escuchara lo que iba a decir.

—Necesita saber que en esta calle no van a colaborar con usted porque lleve una placa. Van a colaborar, si lo hacen, porque decidan que usted es de fiar. Y eso, inspectora, no se demuestra en una noche.

—Entonces dígame cómo se demuestra.

—Encontrando a la niña —dijo Custodio, con una sencillez que a Reyes le pareció, de golpe, más contundente que cualquier discurso—. O al menos intentándolo de verdad, no como quien rellena un papel para poder cerrarlo la semana que viene.

Reyes sostuvo la mirada del hombre un instante, y algo en aquel intercambio —la franqueza sin adornos, la ausencia total de cortesía vacía— le resultó, extrañamente, más reconfortante que la actitud de cualquiera de sus superiores en los últimos seis meses.

—Le doy mi palabra de que no va a ser así —dijo.

Custodio no respondió a eso, ni con un gesto de asentimiento ni con ninguna otra señal de que la promesa le hubiera hecho mella.

Se limitó a mirarla un segundo más, y después dio media vuelta y volvió a su puerta, dejando a Reyes con la sensación incómoda de haber hecho una promesa que todavía no sabía si iba a poder cumplir.