Capítulo 1 — La ciudad que no se ve #4
—¿Qué tenemos? —preguntó Reyes, ignorando el matiz.
—Niña de doce años, Rocío Bermúdez. La madre dice que salió a media tarde a jugar con una prima, volvió al anochecer, la llamaron a cenar tres veces y a la cuarta ya no estaba.
Ni rastro. Los vecinos llevan buscando desde entonces con linternas por todo el descampado, el cementerio, las naves de ahí atrás. Nada.
—¿Se ha registrado el interior de las naves?
—Por encima. La gente de aquí no nos deja entrar muy a fondo, con perdón, inspectora, pero es lo que hay. Prefieren buscar ellos mismos antes que dejarnos hurgar en sus cosas.
Reyes no respondió a eso. Se limitó a preguntar dónde vivía la familia, y el sargento señaló, con el mismo gesto de barbilla que había usado el vecino de su portal esa misma mañana, una casa al fondo de la calle principal, la única con la puerta abierta de par en par y una luz interior encendida que se derramaba hacia la calle en un rectángulo amarillo, dentro del cual se recortaban, en ese momento, varias siluetas.
Encontró a Encarna Bermúdez sentada en una silla de plástico junto a la puerta, con la espalda encorvada y las manos entrelazadas sobre el regazo apretándose una contra otra hasta blanquear los nudillos, mientras una mujer mayor, de pie a su lado, le sostenía un vaso de agua que Encarna no llegaba a beber.
A su alrededor, formando un semicírculo irregular que se rehacía y deshacía con cada persona que entraba o salía de la casa, había una docena de vecinos, hombres en su mayoría, algunos con linternas todavía encendidas en la mano, hablando entre ellos en voz baja, con esa urgencia contenida de quien no quiere alarmar más a la madre pero tampoco puede quedarse callado.
Al fondo de la calle, apoyado contra el marco de una puerta con la verja de hierro forjado que Reyes ya había visto esa misma mañana desde el coche patrulla, un hombre mayor observaba la escena sin moverse, con los brazos cruzados y una expresión que no era ni de alarma ni de indiferencia, sino algo intermedio, algo que a Reyes le pareció, en un primer vistazo rápido, más parecido a la vigilancia de quien calcula que a la angustia de quien espera.
Supo, sin que nadie se lo confirmara, que aquel era Custodio Heredia.
Se acercó primero a Encarna, se agachó junto a ella para quedar a su altura, y le habló despacio, con el mismo tono que había usado años atrás, en Algeciras, con otras madres, en otras noches que ahora prefería no recordar del todo.
—Señora Bermúdez, soy la inspectora Cala. Voy a necesitar que me cuente todo lo que recuerde, con calma, desde el principio.
Encarna levantó la vista hacia ella, y en sus ojos, enrojecidos y secos ya de tanto llorar, había algo que Reyes reconoció de inmediato y que no tenía nada que ver con la desconfianza que le habían advertido que encontraría en aquel lugar: había, sencillamente, un miedo desnudo, sin adornos, el mismo miedo que tendría cualquier madre en cualquier calle de cualquier ciudad del mundo cuando una hija deja de estar donde debería estar.
—Se la han llevado —dijo Encarna, con una voz que apenas era un hilo—. Se la han llevado, se la han llevado, y nadie me va a hacer caso, como siempre, como siempre nos pasa.
Detrás de ella, un joven de unos dieciocho años, con los brazos tatuados y una gorra calada hasta las cejas, dio un paso al frente con los puños cerrados a ambos lados del cuerpo.
—Y ustedes qué van a hacer, ¿eh? —le espetó a Reyes, con una rabia que no parecía dirigida solo a ella sino a algo mucho más grande, algo acumulado durante años y que aquella noche había encontrado, por fin, un destinatario concreto delante del cual descargarse—.
Porque como sea otra niña gitana la que falta, ya sabemos lo que va a pasar. Nada. Va a pasar nada.
—Josele —dijo una voz desde el fondo de la calle, grave, pausada, con una autoridad que no necesitaba levantarse para imponerse—. Deja hablar a la mujer.
Fue la primera vez que Reyes oyó hablar a Custodio Heredia, y aunque el hombre no se había movido del marco de su puerta ni había alzado la voz más de lo necesario, el semicírculo de vecinos se reordenó ligeramente a su alrededor, como si aquellas cinco palabras hubieran reorganizado, sin esfuerzo aparente, todo el equilibrio de fuerzas de la calle.
El joven, Josele, retrocedió un paso, sin dejar de mirar a Reyes con la misma desconfianza en los ojos, pero en silencio.
Reyes miró hacia el fondo de la calle, hacia aquella figura apoyada en el marco de la puerta con la verja de hierro forjado a su espalda, y por un instante, antes de que nadie hiciera las presentaciones, comprendió que aquella noche —la primera de su nuevo destino, la primera también de la desaparición de una niña de doce años que soñaba con ser peluquera en un salón de sillones blancos— acababa de convertirse en algo mucho más grande de lo que el sargento de guardia, con su cansancio y sus prisas por volver a casa, hubiera estado dispuesto a admitir.
Volvió a agacharse junto a Encarna Bermúdez, le puso una mano, con cuidado, sobre el brazo, y le dijo lo único que en ese momento le pareció que tenía sentido decir, aunque no supiera todavía si iba a poder cumplirlo:
—Le prometo que la voy a buscar. Cuénteme desde el principio.