Capítulo 1 — La ciudad que no se ve #3
—¿Y con la familia Bermúdez? —preguntó Reyes, que había memorizado los apellidos más recurrentes en los partes antiguos que había leído la noche anterior—. He visto que aparecen varias veces en denuncias antiguas.
—Los Bermúdez son chatarreros, tienen el punto de recogida más grande de todo el asentamiento, ahí, al fondo de esa calle —Roldán señaló hacia un patio amplio, cercado con vallas de obra, donde se amontonaban electrodomésticos desguazados, chapa de coches y bidones metálicos apilados en columnas irregulares que el sol convertía, a intervalos, en esquirlas de luz cegadora sobre el metal oxidado—.
Fermín Bermúdez es el cabeza de familia.
Tiene un hijo mayor, Josele, que últimamente anda metido en algún lío pequeño, nada grave, y una niña pequeña, Rocío, que la he visto alguna vez jugando por ahí. Doce años, creo.
Reyes no dijo nada. Se quedó mirando el patio de chatarra, con los reflejos rotos de los electrodomésticos temblando entre el calor del mediodía, sin saber todavía que aquel nombre —Rocío Bermúdez, doce años— acababa de instalarse en algún rincón de su memoria donde permanecería, a partir de esa misma noche, con la insistencia de una astilla que no termina de salir.
Rocío Bermúdez tenía doce años y una idea muy clara de lo que quería hacer con su vida, que no era exactamente lo que su madre esperaba de ella pero que tampoco le había contado a nadie salvo, en parte, a su prima Sole, con la que compartía secretos desde que ambas tenían memoria.
Quería ser peluquera, pero no una peluquera cualquiera, sino de esas que salen en los vídeos que veía por las noches con el móvil de su hermano, con salón propio en el centro de Sevilla, con sillones blancos y espejos redondos y clientas que llegaban con cita previa.
Se lo había dicho a Sole aquella misma tarde, sentadas las dos en el poyete de piedra frente a la casa de los Bermúdez, mientras Sole le trenzaba el pelo con una destreza que Rocío admiraba en secreto y que, pensaba, algún día tendría ella también, multiplicada por cien, en un salón con sillones blancos.
Aquella noche de julio, El Vacie tenía el calor pegado a las paredes de una manera especial, la clase de calor que no se va ni siquiera cuando el sol se pone, que se queda flotando entre las casas como si el propio aire hubiera decidido quedarse a dormir allí, respirando despacio sobre la tierra apisonada.
Las familias sacaban las sillas fuera, a la puerta, y se sentaban a cenar en la calle, entre el ruido lejano de algún televisor encendido y el ladrido intermitente de los perros que vagaban sueltos por los callejones, y las conversaciones se mezclaban de una casa a otra sin que a nadie pareciera importarle, como si la calle entera fuera, aquella noche, una sola casa con muchas puertas abiertas.
Encarna Bermúdez había llamado a Rocío dos veces para cenar, y las dos veces Rocío había contestado que ya iba, sin moverse del poyete, absorta en las trenzas de Sole y en la conversación que ambas mantenían en voz baja, entre risas, sobre un chico del asentamiento vecino que a Sole le gustaba y que a Rocío le parecía, sencillamente, tonto.
A la tercera llamada, ya con un tono en la voz de su madre que no admitía una cuarta espera, Rocío se levantó, se despidió de Sole con un gesto rápido de la mano, y echó a andar hacia su casa por el callejón que separaba la vivienda de los Heredia de la de los Bermúdez, un tramo corto, apenas cien metros, que había recorrido tantas veces en su vida que podría haberlo hecho con los ojos cerrados.
Nadie recordaría después, con precisión, si Rocío había llegado a entrar en su casa aquella noche o si se había desviado antes, atraída quizá por alguna voz conocida, por alguna promesa de algo, por algún motivo que ni siquiera Sole, que fue la última en verla con vida despierta esa noche, supo explicar del todo cuando, mucho después, alguien le preguntó con la insistencia con que solo pregunta quien ya no tiene otra cosa a la que aferrarse.
Lo único cierto, lo único que Encarna Bermúdez pudo repetir aquella noche y las noches siguientes, con la voz cada vez más rota, era que Rocío no llegó a cenar, que el plato de gazpacho se quedó sobre la mesa de fórmica enfriándose bajo la bombilla del techo mientras las moscas empezaban a rondarlo, y que cuando salió a buscarla al callejón, media hora después, no había ni rastro de su hija: ni la sombra de su vestido de flores alejándose entre las casas, ni el eco de sus pasos, ni siquiera el ladrido de algún perro que hubiera notado el paso de alguien conocido.
Nada. Solo el callejón vacío, iluminado a trozos por la luz amarillenta que se colaba de las ventanas cercanas, y el calor de la noche pegado a las paredes como si nada, absolutamente nada, hubiera ocurrido allí.
El teléfono de Reyes sonó a las once y veinte de la noche, cuando ella acababa de terminar de colocar los últimos libros en la estantería del salón y se había sentado en el suelo, con la espalda apoyada contra el sofá aún envuelto en plástico, a beber una cerveza que llevaba una hora calentándose entre sus manos sin que ella llegara a bebérsela del todo. Era Roldán.
—Cala. Siento llamarla a estas horas, el primer día y todo —dijo, con una voz que había perdido la ligereza de la mañana—. Ha entrado un aviso de la comisaría. Una menor desaparecida en El Vacie.
Reyes se incorporó despacio, dejando la cerveza sobre el suelo, sintiendo cómo algo se le tensaba en el pecho con una familiaridad que no supo, en ese primer instante, si era mala señal o si era, sencillamente, la única forma que le quedaba de sentirse útil.
—¿Quién?
—Una niña de doce años. Rocío Bermúdez.
El nombre le llegó como algo ya conocido, como si lo hubiera estado esperando desde aquella misma mañana, cuando Roldán había señalado el patio de chatarra con la barbilla y le había dicho, sin darle importancia, que Fermín Bermúdez tenía una hija pequeña que a veces se veía jugando por allí.
—¿Se sabe algo más? —preguntó Reyes, ya de pie, buscando las llaves del coche entre las cajas que aún no había terminado de vaciar.
—De momento poco. La madre dio la voz de alarma hace un par de horas. Se ha corrido la voz por el asentamiento, hay gente buscando por su cuenta con linternas. La patrulla de guardia ha ido a tomar la primera declaración, pero…
Roldán dejó la frase sin terminar, y en ese silencio Reyes reconoció, con una claridad que le heló algo por dentro, el mismo silencio que había precedido, seis semanas atrás, a la peor noticia de su vida.
—Pero ¿qué? —insistió.
—Pero el sargento de guardia ya está diciendo que probablemente aparezca mañana en casa de algún familiar. Que es lo que suele pasar. Que no hace falta movilizar mucho más esta noche.
Reyes se quedó de pie en medio del salón vacío, con las llaves del coche apretadas en el puño y la luz de la farola de la calle entrando por la ventana, dibujando sobre el suelo aún sin alfombra una franja pálida que temblaba levemente cada vez que un coche pasaba por debajo, y sintió, con la misma certeza fría con la que había sabido, meses atrás, que algo no encajaba en Algeciras mucho antes de que nadie más quisiera admitirlo, que aquella niña de doce años no había ido a dormir a casa de ningún familiar.
—Voy para allá —dijo—. Dele la dirección exacta al sargento. Voy ahora mismo.
Colgó el teléfono, se puso los zapatos sin sentarse, y salió del piso dejando la puerta a medio cerrar, con la cerveza todavía en el suelo del salón, calentándose despacio bajo una luz que no era la suya y que, sin embargo, esa noche, iluminaba ya el principio de todo lo que estaba por venir.
Llegó a El Vacie pasada la medianoche, con la noche cerrada del todo y el calor del día convertido en esa humedad tibia que se queda flotando sobre el suelo cuando la tierra lleva horas devolviendo despacio lo que el sol le ha dado.
No había farolas allí donde las había en Pino Montano, ni en las cantidades ni con la regularidad de una calle pensada de antemano; había, en cambio, luces sueltas: la de alguna bombilla colgada de un cable a la puerta de una casa; la de un par de faros de coche aparcado con las largas encendidas apuntando hacia el descampado del fondo; y, moviéndose entre las sombras de las viviendas, un enjambre de puntos de luz más pequeños e inquietos, linternas de móvil, alguna de mano, incluso lo que a Reyes le pareció, por un instante, el resplandor amarillo de un mechero sostenido en alto por alguien que gritaba un nombre hacia el interior de una nave abandonada.
El nombre que gritaban, una y otra vez, desde distintos puntos del asentamiento, con voces que se cruzaban y se pisaban unas a otras sin coordinación, era el de Rocío.
Reyes dejó el coche en la vía de servicio, junto al vehículo patrulla ya aparcado allí, y avanzó a pie hacia el interior siguiendo el resplandor de los faros y el rumor de las voces, con la porra reglamentaria golpeándole el muslo a cada paso y una sensación en el estómago que reconocía de otras noches, de otras búsquedas, y que no por conocida resultaba menos insoportable.
El aire olía a tierra removida, a leña de alguna candela apagada a medias, y por debajo, más tenue, a ese olor metálico y dulzón que desprendía el patio de chatarra de los Bermúdez incluso a esa hora, como si los electrodomésticos desguazados siguieran respirando su óxido en la oscuridad, tan de noche como de día.
El sargento de guardia, un hombre de mediana edad con el uniforme empapado de sudor en la espalda, la reconoció enseguida y se acercó con el gesto de quien se alegra de repartir una responsabilidad que le pesa.
—Inspectora Cala. No la esperaba tan pronto —dijo, y en su voz había, además del alivio, un matiz de extrañeza, casi de sospecha, ante el hecho de que alguien se hubiera molestado en acudir en persona a esas horas por lo que él, minutos antes, había definido ante Roldán como un caso probablemente resuelto para la mañana siguiente.