El Vacie Capítulo 1 — La ciudad que no se ve #2
3%

Capítulo 1 — La ciudad que no se ve #2

La comisaría del Distrito Norte ocupaba un edificio de los años ochenta en la avenida de Miraflores, con fachada de ladrillo caravista y unas persianas metálicas que alguien había bajado a medias en casi todas las ventanas, dándole al conjunto el aire de un edificio que ha decidido entornar los ojos frente al sol sin llegar a cerrarlos del todo, como quien vigila algo sin querer que se note que vigila.

Reyes llegó a las ocho menos cuarto de la mañana, con el pelo todavía húmedo de la ducha y el uniforme recién planchado, y se encontró con un recibidor de suelo de terrazo desgastado por décadas de botas reglamentarias, un mostrador de aglomerado con una placa metálica torcida que decía INFORMACIÓN, y un agente joven, apenas mayor que un recluta, que la miró de arriba abajo con una mezcla de curiosidad y precaución antes de acompañarla al despacho del comisario.

El comisario Ceballos era un hombre de unos cincuenta y cinco años, de constitución maciza, con el pelo cortado casi al cero y unas gafas de pasta que le quedaban pequeñas para la cara, como si las hubiera comprado hacía veinte años y no hubiera vuelto a graduarse la vista desde entonces.

Recibió a Reyes de pie, detrás de una mesa cubierta de papeles ordenados en montones que parecían llevar allí más tiempo del que a cualquier expediente activo le hubiera convenido, y le señaló una silla sin levantarse del todo, un gesto a medio camino entre la cortesía y la indiferencia bien administrada.

—Cala. Ya me han pasado su expediente —dijo, con una voz grave, gastada por el tabaco, que arrastraba un poco las erres—.

Buen historial. Lo de Algeciras… —dejó la frase suspendida un instante, sopesando cuánto decir, y finalmente optó por lo más breve, por lo más cómodo—.

Son cosas que pasan. Aquí empieza de cero.

Reyes no respondió a eso. Se limitó a asentir, con la espalda recta y las manos cruzadas sobre el regazo, en la postura que había aprendido a adoptar en los últimos meses cada vez que alguien mencionaba Algeciras con esa mezcla de compasión y advertencia velada, como si el nombre de la ciudad fuera en sí mismo un diagnóstico que no hacía falta explicar dos veces.

—Le voy a ser sincero, porque prefiero que las cosas queden claras desde el primer día —continuó Ceballos, apoyando los codos sobre la mesa y entrelazando los dedos—.

Este distrito no es el más solicitado de la provincia.

Tenemos de todo: tráfico de menor cuantía, algún ajuste de cuentas entre bandas, la parte de siempre de violencia doméstica, y luego…

—hizo una pausa, se quitó las gafas, se frotó los ojos con el pulgar y el índice, y volvió a ponérselas, como si el gesto le sirviera para ganar tiempo antes de nombrar lo que venía— tenemos El Vacie.

Lo dijo con el mismo tono con que se menciona una avería que lleva años sin arreglarse, porque arreglarla costaría más de lo que nadie está dispuesto a invertir.

—Llevamos ahí, en ese asentamiento, más de noventa años de historia y ningún caso que se resuelva del todo —siguió Ceballos—.

No porque no lo intentemos. Es que aquello es un mundo aparte.

Entramos, tomamos declaraciones, y a las dos semanas nadie se acuerda de nada, todo el mundo estaba en otro sitio, y el que sabía algo ya no está localizable.

Se lo digo para que no se lleve a engaño: si le toca algún expediente de por allí, arme paciencia.

—¿Con qué frecuencia hay expedientes de allí? —preguntó Reyes, con un tono neutro que no dejaba traslucir el interés real que había detrás de la pregunta.

—Los justos —respondió Ceballos, encogiéndose de hombros—. Alguna denuncia de hurto, alguna reyerta, algún menor que se escapa de casa y aparece a los tres días donde una tía. Nada que a usted, con su experiencia, le vaya a suponer un desafío.

Le presentó, a continuación, al subinspector que iba a acompañarla en las primeras semanas: Andrés Roldán, un hombre de unos treinta y cinco años, de complexión delgada y mirada rápida, que esperaba de pie en el pasillo con dos cafés de máquina en las manos, uno de los cuales le tendió a Reyes sin preguntarle si lo quería, como quien ya ha decidido de antemano que va a hacer falta.

—Bienvenida al club de los que no piden traslado aquí por gusto —dijo Roldán, con una sonrisa breve, mientras caminaban hacia la sala donde estaban los mapas del distrito—. No se lo tome a mal. Es solo que aquí nadie viene por vocación. Se viene porque toca, o porque no queda otro sitio.

—¿Y usted?

—Yo nací aquí —respondió Roldán, sin dejar de sonreír, aunque en la sonrisa había ahora algo más apagado, algo que se le había quedado en un rincón de la boca sin del todo estirarse—. Pino Montano, dos calles más allá de donde vivo ahora. Así que a mí no me tocó, me quedé.

La sala de mapas era una habitación pequeña, sin ventanas, con un plano del distrito clavado en la pared con chinchetas y varias fotografías aéreas más recientes pegadas encima con celo, en distintos ángulos y resoluciones, como capas geológicas de intentos sucesivos por entender un mismo territorio que se resistía a dejarse entender.

Roldán se acercó al plano y señaló una zona en el extremo norte, junto al Cementerio de San Fernando, delimitada por una línea de rotulador rojo ya medio desvaída por el tiempo.

—Esto es El Vacie —dijo—. Lo que ve aquí, esta mancha gris sin calles marcadas, es porque el Ayuntamiento nunca le ha dado nombres de calle. No están censados con dirección postal como el resto de la ciudad. Para el catastro, técnicamente, ese suelo está vacío.

Reyes se quedó mirando la mancha gris un momento, con una sensación extraña, casi física, subiéndole por la nuca.

Vacío. El nombre del asentamiento no era una casualidad lingüística: era, literalmente, lo que la administración había decidido que era aquel lugar.

Un vacío en el mapa, un vacío en el catastro, un vacío en el callejero.

Un lugar donde, sobre el papel, no vivía nadie.

—¿Cuánta gente vive ahí? —preguntó.

—Depende de a quién le pregunte. El padrón municipal dice una cifra, la Fundación Secretariado Gitano dice otra, bastante más alta.

Entre trescientas y quinientas personas, según el día y según quién cuente.

Familias que llevan generaciones. El asentamiento más antiguo de Europa, dicen, aunque no sé quién lleva ese ranking.

—¿Y la Policía Nacional entra ahí con normalidad?

Roldán tardó un segundo en responder, y en ese segundo Reyes leyó más de lo que la respuesta acabaría diciendo.

—Entramos cuando hay que entrar. Pero no le voy a mentir: no es zona de paseo tranquilo, ni para nosotros ni, sobre todo, para ellos cuando nos ven llegar.

Hay memoria acumulada. Desalojos que se intentaron y no salieron, promesas de realojo que llevan prometiéndose desde los años noventa, alguna intervención que se torció.

La confianza, si es que alguna vez la hubo, no es lo que sobra.

Salieron a patrullar a media mañana, en un coche sin distintivos que Roldán conducía con la soltura de quien conoce cada bache de cada calle del distrito de la misma manera en que un médico conoce el pulso de sus pacientes: sin mirar, casi por costumbre del cuerpo.

Cruzaron Pino Montano, dejaron atrás la ronda de circunvalación, y tomaron una vía de servicio flanqueada por naves industriales medio abandonadas y solares cubiertos de cardos secos, hasta que, al doblar una curva, El Vacie apareció ante ellos por primera vez.

Reyes no supo bien qué había esperado ver.

Tal vez algo parecido a lo que había visto en fotografías de otros asentamientos, chabolas de uralita y planchas de metal ondulado apiladas sin orden aparente.

Y en parte era eso: construcciones bajas, de una sola planta casi todas, levantadas con materiales de fortuna —bloques de hormigón sin enfoscar, chapa galvanizada, algún que otro tramo de pared de ladrillo visto que alguien había levantado con más cuidado que el resto—, dispuestas a lo largo de callejones de tierra apisonada que el sol de julio había resecado hasta convertirla en una costra clara, agrietada en placas irregulares como el lecho de un río que llevara meses sin ver una gota de agua.

Pero había también otra cosa, algo que las fotografías nunca lograban transmitir: vida, en forma de tres figuras concretas que Reyes fue distinguiendo mientras el coche avanzaba despacio.

Una mujer mayor, sentada en una silla de plástico a la puerta de su casa, abanicándose con un cartón sin dejar de seguir el coche con la mirada, como si el propio abanico marcara el ritmo de su desconfianza; tres niños que corrían descalzos entre los charcos que alguien había vertido para asentar el polvo, riendo con esa risa aguda y absoluta que solo tienen los niños que todavía no han aprendido a desconfiar del mundo; y, al fondo del callejón, un hombre reparando una bicicleta bajo una lona, con la cabeza inclinada sobre la rueda con la misma concentración con que un cirujano se inclina sobre una herida.

Al fondo, mucho más allá del último tejado de chapa, la Torre Sevilla se recortaba contra el cielo con la misma luz de mediodía que caía, ahora, sobre las casas de uralita, como si el sol repartiera su calor sin distinguir entre un lugar y otro, aunque la ciudad, después, sí distinguiera.

—Ahí es donde vive el tío Custodio —dijo Roldán, aminorando la marcha al pasar frente a una vivienda algo más grande que las demás, con la fachada pintada de un azul añil descolorido y un pequeño patio delantero cerrado con una verja de hierro forjado que alguien había mantenido, contra todo pronóstico, sin una sola mancha de óxido—.

Custodio Heredia. Si alguna vez tiene que entrar ahí con algo delicado, hable primero con él.

No tiene ningún cargo oficial, no es alcalde de nada, pero es quien de verdad decide si la puerta se abre o se cierra.