El Vacie
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Capítulo 1 — La ciudad que no se ve
Reyes Cala cruzó la provincia de Cádiz con las cuatro ventanillas bajadas, porque el aire acondicionado del Peugeot llevaba dos años estropeado y a nadie en el parque móvil de la Jefatura le había parecido nunca urgente arreglarlo, ni siquiera ahora, con el coche recién trasladado igual que ella.
Julio entraba por el hueco de la ventanilla sin nada que se pareciera al viento, solo el aire caliente que el propio asfalto le devolvía a cada coche que lo cruzaba, y llevaba así tres horas, con la piel pegajosa y la camisa marcada en la espalda contra el asiento.
A esa hora, con el sol ya inclinado hacia el oeste pero todavía alto, la luz caía sobre la campiña gaditana en oleadas casi líquidas que temblaban sobre el horizonte y desdibujaban, a lo lejos, la silueta de los coches que venían de frente, como si la carretera entera se derritiera despacio bajo el peso de la tarde.
No había llorado al salir de Algeciras. Se lo había prometido a sí misma en el rellano de su antiguo piso, frente a una puerta ya vacía que alguien más cerraría por ella al día siguiente, con las cajas apiladas en el ascensor y el olor a mar entrando por el hueco de la escalera con esa insistencia salobre que entraba siempre, mañana y tarde, quisiera uno o no, como si el Estrecho respirase también dentro de los edificios.
No había llorado, pero tampoco había mirado atrás cuando el Peñón se le perdió por el retrovisor, convertido de pronto en una piedra gris entre la calima; ni cuando cruzó Tarifa con el viento de siempre empujando el coche hacia el carril contrario; ni cuando dejó atrás los molinos que giraban despacio sobre las colinas, con esa paciencia mecánica de quien lleva toda la vida esperando a alguien que ya ha decidido no volver.
Había conducido con la vista fija en la línea blanca, que era, de todas las formas posibles de no pensar en nada, la única que había encontrado eficaz.
Pensaba en el despacho del comisario Estévez, seis semanas atrás, con las persianas medio bajadas porque el sol de la tarde le daba directamente a la mesa y él nunca las subía del todo, por no tener que levantarse de la silla.
Pensaba en la palabra que Estévez no había llegado a pronunciar —traslado, no; reubicación, tampoco; había dicho, textualmente, «un cambio de aires te va a venir bien, Cala», con esa cordialidad de quien firma un papel que ya estaba firmado antes de que ella cruzara la puerta—.
Y pensaba, sobre todo, en la carpeta azul que seguía en el maletero, debajo de las cajas de libros, con el nombre de un chico de diecisiete años que no había vuelto a aparecer y que probablemente no aparecería jamás, un nombre que se le había quedado pegado a la piel como una quemadura que no acaba nunca de curar del todo y que vuelve a abrirse con cualquier roce, con cualquier calle parecida, con cualquier madre que grite de una manera concreta.
No había sido culpa suya. Se lo había repetido tantas veces en los últimos meses que la frase había perdido cualquier significado, como esas palabras que uno repite en voz alta hasta que dejan de sonar a idioma y se convierten en puro ruido de la boca.
No había sido culpa suya, y sin embargo llevaba el peso de esa no-culpa alojado en el estómago como quien carga una piedra que nadie le ha pedido que lleve pero que tampoco sabe ya dónde dejar.
Sevilla se le apareció, por fin, poco después de cruzar el Guadalquivir por el puente del Centenario, y lo hizo en dos tiempos, como si la ciudad hubiera decidido presentarse a sí misma en dos versiones distintas de una misma frase.
Primero la Torre Sevilla, asomando entre la calima con la verticalidad brusca de un dedo de cristal clavado en mitad de la llanura; y después, mucho más baja, mucho más terca, la Giralda, sosteniendo sus ocho siglos de piedra dorada con la misma paciencia infinita con la que sostenía el calor de cada tarde de julio desde que el mundo era otro mundo.
Dos torres, dos siglos, la misma ciudad mirándose a sí misma desde dos orillas de tiempo distintas.
Reyes pensó que aquello resumía, sin que ella se lo hubiera propuesto, todo lo que le habían contado hasta entonces sobre su nuevo destino: una Sevilla que se estiraba hacia el futuro a base de cristal y acero, junto a otra que llevaba ochocientos años negándose a moverse un centímetro, y las dos, extrañamente, de acuerdo en algo que ninguna decía en voz alta.
El GPS la sacó de la SE-30 en la salida de Pino Montano con una voz de mujer neutra que no sabía nada de Algeciras, ni de carpetas azules, ni de chicos de diecisiete años que dejan de existir sin dejar rastro, y que se limitó a decir gire a la derecha dentro de trescientos metros con la misma tranquilidad indiferente con la que habría dado cualquier otra instrucción del mundo.
Pino Montano se abrió ante ella tal como se abren los barrios que crecieron deprisa en los años setenta para dar cobijo a quien ya no cabía en el centro: bloques de ladrillo visto de siete y ocho alturas, alineados con la disciplina de quien construye para meter gente y no para hacer ciudad; avenidas anchas, demasiado anchas para el tráfico que de verdad circulaba por ellas a esa hora, con algún coche aparcado en doble fila junto a una frutería de toldo a rayas medio desgarrado; plátanos de sombra plantados en los años de la construcción y ya crecidos del todo, ofreciendo una sombra generosa que caía sobre las aceras en manchas irregulares, como si alguien hubiera derramado tinta oscura sobre el cemento claro y la hubiera dejado secarse a su aire.
Había elegido aquel barrio por una única razón, que se guardó para sí misma cuando llamó a la inmobiliaria: quería estar cerca.
No de la comisaría —que también, aunque menos—, sino de El Vacie.
En el mapa que había estudiado durante días antes de hacer las maletas, el asentamiento aparecía como una mancha gris sin nombre entre la avenida de Alcalde Manuel del Valle y el Cementerio de San Fernando, tan cerca de Pino Montano que un hombre con buenas piernas podría llegar caminando en quince minutos, y sin embargo tan ausente de cualquier plano turístico, de cualquier folleto del Ayuntamiento, de cualquier itinerario que un visitante pudiera seguir sin perderse, que bien podría haber estado en otro país.
Reyes no sabía todavía gran cosa de aquel lugar, apenas lo que había leído en un par de reportajes antiguos y en el escueto parte que le habían pasado al confirmarle el destino; pero sabía una cosa con la certeza fría de quien lleva quince años en el cuerpo: si iba a investigar algo relacionado con aquel sitio, mejor tenerlo cerca que verlo solo desde el asiento de un coche patrulla, de paso, camino de otro lugar.
Encontró el edificio en la calle Cueva de Menga, un bloque de nueve plantas con la fachada pintada de un ocre que en su día debió de ser cálido y que ahora, desgastado por treinta veranos de sol directo, tenía el color apagado de las cosas que envejecen sin que nadie se ocupe de cuidarlas.
En el portal, un hombre mayor con camiseta de tirantes regaba unos geranios colocados en fila sobre el alféizar de la planta baja, con la manguera goteando sobre las baldosas y formando un charco pequeño que reflejaba, deformado, apenas fragmentos de cielo: aquí, un trozo de nube blanca de calor; allá, la sombra recortada de una antena; más allá, nada, solo el propio cemento devuelto por el agua como si el charco no quisiera copiar el cielo entero, sino solo la parte que le convenía.
—Usted debe de ser la del tercero D —dijo el hombre, sin dejar de regar, mirándola de reojo con la curiosidad discreta de quien lleva toda la vida en el mismo portal y reconoce a cada vecino por el ruido de sus pasos en la escalera—. Me lo dijo la administradora. Policía, ¿no?
—Inspectora —respondió Reyes, y le tendió la mano, que el hombre estrechó con la suya, húmeda de la manguera, disculpándose por ello con un gesto rápido, casi automático.
—Aquí no hace falta ser policía para saber quién anda cerca —dijo el hombre, y señaló con la barbilla, vagamente, hacia el norte, hacia un lugar que Reyes no podía ver desde el portal pero que intuyó exactamente dónde quedaba, como si el gesto llevara dibujado dentro las coordenadas exactas—. Pero bueno, usted sabrá lo que hace.
No añadió nada más, y Reyes tampoco preguntó.
Había algo en el modo en que el hombre había señalado con la barbilla, sin nombrar el lugar, que le resultó familiar de una manera incómoda: en Algeciras también había sitios que la gente señalaba así, con la barbilla y no con el dedo, como si nombrarlos en voz alta pudiera atraer sobre quien los nombraba algo que era mejor mantener a una distancia prudente.
El piso era pequeño, con vistas a un patio de manzana donde colgaba la ropa de media docena de vecinos —sábanas blancas, camisetas de niño, un pantalón de trabajo todavía manchado de cal— y donde un niño, en algún balcón que Reyes no llegó a identificar del todo, practicaba escalas de guitarra flamenca con la paciencia terca de quien lleva semanas atascado en el mismo compás y no piensa rendirse hasta domarlo.
Deshizo las cajas despacio, sin prisa, porque no tenía nada que hacer hasta el día siguiente y porque deshacer cajas era, de todas las tareas posibles, la que menos la obligaba a pensar.
Encontró la carpeta azul en la tercera, debajo de una pila de libros de derecho penal que ya no abría nunca pero que tampoco se atrevía a tirar, y se quedó un momento con ella entre las manos, sentada en el suelo del salón vacío, con la luz de la tarde entrando oblicua por la ventana y dibujando sobre el parqué un rectángulo dorado que se iba estrechando, minuto a minuto, a medida que el sol bajaba.
No la abrió. La dejó en el cajón de abajo del mueble del televisor, boca abajo, como quien esconde algo de sí mismo antes de que ese algo pueda encontrarla, y siguió deshaciendo cajas.