EPÍLOGO II - ALICIA #2
—El caso es que allí estaba ella, buscando un hueco libre, cuando un señor con una gorra y apoyado en un coche le señaló un espacio vacío unos metros más allá que no habíamos visto —continuó manteniendo al público expectante—.
Cuando nos detuvimos yo me puse a sacar a Guille del coche, y Estrella se bajó y se fue hasta el hombre.
—Esto tenía una parte interesante, ¿verdad? —susurró Leo abrazado a su chica, que no perdía ojo de la parte exterior donde los niños, incluido el suyo, jugaban entre risas. Ella le dio un codazo a la vez que mi cuñado continuaba hablando.
—Cuando llegué hasta ella vi que estaba disculpándose y roja como un tomate. Resultó que el señor no era un aparcacoches, sino un simple ciudadano que estaba esperando a que su mujer saliera del hospital y, sencillamente, nos había ayudado.
—Casi me muero de la vergüenza —musitó mi hermana.
—Le faltó hospital para salir pitando después de pedirle perdón. —Se rio su marido echándole un brazo por los hombros y besando su cabeza—. No la había visto correr tanto desde las clases de gimnasia del instituto.
—Pobre hombre, igual se pensaría que le estabas diciendo que necesitaba lavarse y cambiarse de ropa —bromeé.
—Qué va, si iba muy normal, pero la gorra me despistó —se quejó ella uniéndose a las risas—. Fueron los peores cinco segundos de mi vida, con el dinero extendido y él con las manos en los bolsillos mirándome sin entender nada.
Estallamos en carcajadas y el eco de esas risas y de todas las que se sucedieron después se propagó por nuestro nuevo hogar llenándolo de buenas vibraciones. Para cuando nos quedamos solos Adriel y yo, podía afirmar que me sentía la mujer más feliz de la tierra.
Había compartido una celebración increíble con mi gente, había sido partícipe de cómo el amor florecía en una relación que empezaba a nacer, la de Mat y Koen.
También de la prudencia con la que Leo trataba a Leire, conteniéndose como antes no hacía; quizá la última ruptura les había afectado más que las anteriores.
En silencio recé al cosmos para que por fin esa reconciliación fuese la definitiva y ambos encontrasen la calma en el otro, tal y como yo había hecho con Adriel, pues sabía lo que mi amigo había pasado durante ese tiempo y me constaba que no había sido fácil para ninguno de los dos.
Sobre todo, me sentía plena al mirar a Adriel y saber que habíamos iniciado una nueva etapa que nos haría avanzar en nuestro proyecto de vida juntos.
—Alana me ha sorprendido hoy —me dijo cuando recogíamos los platos limpios del lavavajillas—. Por un momento creí que a su padre le iba a dar un infarto allí mismo.
—¿Y eso?
—¿No la escuchaste cuando les dijo que quería independizarse?
Lo miré con curiosidad. ¿Mi sobrina de verdad había dicho eso?
—No me enteré de nada.
—Pues me temo que el apartamento va a tener una nueva inquilina en breve. Les dijo que en cuanto cumpliese la mayoría de edad se mudaba.
—Bueno. —Sonreí tierna—. Tampoco se va a ir muy lejos. La tendrán controlada como me tenían a mí.
Adriel dejó el paño sobre la península de la cocina y se me acercó por detrás abrazándose a mi espalda.
Sentí un escalofrío cuando me habló en la parte trasera del cuello.
—Por muy controlada que te tuvieran, no fue suficiente para que un tipo algo antisocial, desaliñado y rarito se aprovechase de ti.
—¿Cuándo ha pasado eso? —bromeé—. Que yo sepa fui yo la que seduje a cierto tío bueno, sexi e interesante, hasta que lo conseguí.
—Puede que también hubiese un poco de eso —me siguió el juego y pude notar su erección presionando contra la parte alta de mi trasero—. Pero de lo que sí estoy seguro sin lugar a equivocarme es que tú y tu precioso culo me volvéis loco y quiero que sigáis haciéndolo cada día de nuestras vidas.
—«Mi precioso culo» ha visto días mejores —me lamenté—. Desde que comenzamos la mudanza apenas he salido a correr. Se me está cayendo de tal manera que cualquier día voy a matar al perro.
—No tenemos perro.
—De momento. —Sonreí mordiéndome el labio inferior. Sentí su risa en mi nuca y me volví hacia él, pasando mis brazos por su cuello—. Soy muy feliz y te quiero tanto…
Él me regaló una radiante sonrisa y besó mis labios.
—Y yo estoy completamente enamorado de ti.
De la Alicia soñadora, romántica y un poco acomplejada que con quince años me robó el corazón, y de la mujer sensible, perfeccionista y segura de sí misma en la que te has convertido.
—Limpió una pequeña lágrima de la comisura de mi ojo derecho con un gesto tan tierno que provocó que otro par más cayese—.
Me alegro de que no desistieses conmigo cuando nos encontramos y que te dejes la piel cada día en hacer feliz a un tipo tan egoísta como yo.
—No digas eso, tú no eres egoísta.
—Sí que lo soy, porque era consciente de que te merecías algo mejor que un tipo cobarde y conformista como yo, pero fui incapaz de dejarte escapar de nuevo.
—La gente aprende de sus errores, y tú ya no eres así, Adriel.
—No, no lo soy —admitió—. Porque imaginarme que compartías tu futuro con otro hombre me hizo querer ser mejor persona y cambiar. Tú fuiste la única razón y lo hice solo por ti, por ser digno de tu amor y por no volver a perderte.
Las emociones estallaron en mí como una supernova y me abracé a su pecho con fuerza.
—Te amo.
—Yo también te amo. —Agarró mi cabeza por los laterales con sus grandes manos y me la inclinó para mirarlo—. Y creo que estamos preparados para que tengamos de nuevo esa conversación que dejamos aparcada sobre cambiar pañales.
Alcé una ceja y sonreí.
—No te adelantes, antes quiero casarme contigo.
Adriel abrió los ojos con estupefacción y separó la parte superior de su cuerpo del mío, observándome bien.
—¿Cómo dices?
—Sé que te hice prometer en el viaje a París que nunca me lo pedirías. Admito que por aquel entonces no creía que fuese un trámite necesario, pero creo que he cambiado de opinión y quiero hacerlo, quiero que me esperes en el altar y llegar caminando del brazo de mi padre…
Arrugó la nariz un par de veces en un gesto nervioso que no le veía hacer desde adolescentes y apreté los labios con expectación cuando se pasó la mano por la cara cogiendo aire con fuerza.
—Espera…, espera. Alicia, ¿me estás proponiendo matrimonio?
—¿Te lo estoy pidiendo? —pregunté divertida.
—Yo diría que sí.
—Entonces sí.
—¿Hablas en serio?
—Claro.
—¿No es ninguna broma de dudoso gusto de esas que te ha dado por hacer de vez en cuando?
—¿Crees que bromearía con esto?
—A estas alturas ya no sé nada.
Detuve su movimiento por la cocina y lo agarré de la cintura, mirándolo con adoración.
A decir verdad, no me había propuesto nada así cuando comenzamos aquella conversación, aun así, sentía que podíamos hacerlo, que era el momento perfecto para declararme a ese hombre que había vuelto mi mundo del revés y del que estaba absoluta, total e irremediablemente enamorada.
Sonreí al atisbar un destello de incredulidad y regocijo en su mirada y, sin perder el contacto visual, me agaché ante él y apoyé una rodilla en el suelo.
—Me vas a perdonar, pero esto es del todo improvisado. —Rebusqué con la mirada algo que sirviese para mi cometido.
Su mano se tendió ante mí y solté una carcajada al ver una rosquilla cubierta de azúcar en su palma.
—De momento esto me vale —dijo divertido.
Era del todo apropiado, a decir verdad.
Afirmé con la cabeza y carraspeé con ceremonia, agarrando el dulce como si fuese un anillo y poniéndolo frente a su dedo.
—Adriel. Mi chico introvertido, noble y algo introspectivo. Mi hombre pasional, complaciente y cariñoso… Acepta esta rosquilla como bonus para avanzar en nuestro particular juego de la vida. Mi loco por las manzanas, ¿quieres casarte conmigo?
Sus dientes relucieron tras su sonrisa generosa.
—Ni aunque se me acabasen las vidas extra podrían conseguir que me negase.
—Eres un friki. —Me reí—. ¿Por qué no volviste antes? —le pregunté enamorada—. ¿Dónde has estado todo este tiempo que no te tenía a mi lado?
—Preparándome para ser el hombre que pudiese hacerte sonreír el resto de tu vida.
—¿Eso es un sí? —Me mordí el labio, expectante.
Adriel me agarró e hizo que me elevase hasta quedar a su altura y, justo antes de fundir sus labios con los míos en un beso lleno de adoración y pasión, susurró:
—Eso es un sí, mi preciosa chica manzana.
FIN