El único fruto del amor es la manzana (Costa Serena 1) EPÍLOGO II - ALICIA
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EPÍLOGO II - ALICIA

Ojeé el pequeño trozo de plástico, incrédula ante lo que veían mis ojos. Levanté la mirada y un río de lágrimas de felicidad corrió por mis mejillas mientras me abrazaba a un cuerpo que temblaba estupefacto.

—No puede ser.

—Sí… —manifesté agarrando el test de embarazo donde las dos líneas rojizas se marcaban, desafiando a todo el que quisiese mirarlas—. Sí que lo es.

—Madre mía. —Cogió aire con dificultad—. Madre mía…

—Respira. —Intenté infundirle calma, aunque yo misma me sentía a punto de ebullición—. ¡Un bebé, vamos a tener un bebé!

—Joder… Joder, joder, joder.

—Eso ha debido de ser el detonante, sí —bromeé, y sus ojos llamearon al dirigirse hacia mí. Se agachó apoyándose contra la pared y cerró los ojos, cogiendo aire con fuerza.

—No entres en pánico —susurraba como un mantra—. No entres en pánico. No entres en pánico.

—Cariño. —Me agaché y puse mi mano en su rodilla conteniendo el pellizco de temor que me atenazó el estómago ante su imagen—. Sé que ha llegado de improviso y cambia algunas cosas, pero ¿realmente no te hace feliz este bebé?

Cuando sus atormentados ojos color miel me observaron, supe que la situación había roto todos sus esquemas.

—Es una locura, Alicia.

—Una bonita locura —corregí su afirmación.

Suspiró, aferró el aparato que aún mantenía entre mis dedos y lo miró de nuevo como si el resultado hubiese mutado en esos escasos segundos. El positivo seguía ahí, como el del anterior test que llevaba más de veinte minutos tirado de cualquier manera en la papelera del baño.

Unos nudillos en la puerta resonaron y me erguí, abriendo unos centímetros.

—¿Todo bien? —preguntó Fede al otro lado.

Me encogí de hombros con un titubeo, y él empujó con delicadeza el trozo de madera, adentrándose en la estancia mientras buscaba a su mujer con la mirada.

Los observé mordiéndome los labios.

—Eh, cielo. ¿Te encuentras mal? —le preguntó al manojo de nervios que seguía con la cabeza entre las piernas, a la vez que se agachaba a su lado—. Lleváis mucho rato aquí. ¿Qué te ocurre? ¿Quieres que vayamos al hospital?

La alarma y la preocupación en su voz al descubrirla llorando hizo temblar mi barbilla. Me sentía una intrusa por invadir aquel momento tan especial e íntimo, pero era incapaz de despegar mis pies para ordenarles que caminasen y así abandonar el aseo.

Ella negó con la cabeza repetidas veces y le miró implorante.

—No puede ser, Fede. —Hipó—. No puede ser…

—¿El qué no puede ser? —Acarició su cabeza—. Sea lo que sea lo superaremos juntos, nena. ¿Qué pasa? Me está matando verte así.

Mi hermana se limitó a tenderle el objeto.

Pude ver la perfecta mutación que sufrió la cara de su marido al observarlo, pasando de la duda a la perplejidad del descubrimiento, transformándose en asombro y finalmente estallando en una alegría tan sincera que tan solo le había visto en contadas ocasiones, seis para ser más exacta, las mismas de los embarazos de sus siete hijos.

—No pongas esa cara —se quejó ella—. Se supone que elegimos el método más efectivo para evitar esto.

Dijimos que nos plantábamos, que Guille iba a ser el último, pero ¿qué demonios le pasa a mi cuerpo?

—gimoteó—. ¿Es que se cree que soy un conejo o qué?

Y tú, ¿por qué tienes tanta puntería? Joder… , joder…

Aguanté la risa por su tono lastimero, pero Fede no la contuvo y dejó escapar una carcajada.

—Ven aquí, anda.

La abrazó y supe que había llegado el momento de dejarlos solos cuando ella hundió la cara en su pecho lloriqueando mientras él acariciaba la cabeza y sonreía con verdadera felicidad, haciendo oídos sordos a las imprecaciones que mi hermana emitía sobre su ginecólogo y las barbaridades que le haría con el DIU al pobre doctor cuando fuesen a la consulta.

Aún sonreía cuando entré en mi apartamento y me dejé caer en los escalones soltando un suspiro romántico.

—Hola. —Adriel me miró fugazmente con una sonrisa y continuó atento a las dos pantallas que había colocadas en el escritorio a ras del suelo de mi habitación.

Unos minutos después, y viendo que no recibía respuesta, pausó el juego, soltó el mando lleno de joysticks y botones de los cuales no se me daba bien recordar sus funciones y me miró con divertida preocupación. Yo no había dejado de sonreír en ningún momento.

—Alicia, ¿qué pasa?

Cogí aire antes de mirarlo mordiéndome el labio.

—Tenemos nueve meses —me corregí—, ocho, quizá, para mudarnos antes de que se desate la tormenta. —Él me miró con una ceja alzada y le contesté a su pregunta muda encogiéndome de hombros—. El tiempo que tarde en llegar el bebé a esta familia de locos…

Me di cuenta al instante de cómo había interpretado mis palabras, pues su gesto de incertidumbre se convirtió en la estupefacción más absoluta en décimas de segundo.

Quise corregir su errónea conclusión, pero en el último instante decidí ser un poco traviesa y prolongar el momento para ver cómo se desarrollaban los acontecimientos.

Adriel se levantó lentamente de la silla. Lo vi titubear a dos pasos de mí y contuve la sonrisa cuando comenzó a hablarme atropelladamente.

—Yo he… —Se detuvo y comenzó de nuevo—. Tú has… Nosotros hemos…

—Vosotros habéis, ellos han… Este me lo sé, presente indicativo del verbo «haber».

—Muy graciosa —se quejó—. Alicia, ¿un bebé? —Asentí.

»Joder. Es una locura, ¿no? Pero una locura de cojones. Es inesperado y… Bueno, ¿cómo estás? ¿Te encuentras bien? ¿Qué piensas al respecto? —soltó sin aliento—. Un bebé…

—Sin duda es una locura. ¿Inesperada? Puede, no sé por qué siempre he creído que el número ocho es precioso y mágico.

Uhm… —Recordé el resto de preguntas y continué—.

Yo estoy bien, me encuentro perfectamente y pienso que vamos a ser unos tíos estupendos, ya tenemos experiencia con sus siete hermanos mayores, aunque si le preguntas a mi hermana no se va a mostrar tan eufórica con su nuevo embarazo, la verdad.

Pude ver la cabeza de Adriel funcionando tras mis palabras. Al comprender, su mirada se tornó censuradora.

—Eres más retorcida de lo que haces creer al mundo con esa carita de buena y esa mirada tierna. —Frunció el ceño, acusador, y se acercó amenazadoramente hasta mi posición—. Me tenías acojonado pensando en todo lo que se nos iba a venir encima, ¿lo sabes?

—Sí, ya te he visto la cara. —Me reí.

Adriel apresó mi cintura y me pegó a él.

—¿Qué esperabas? Llevamos meses para encontrar una casa que nos guste a los dos y por un momento me he visualizado cambiando pañales en la isla de esta cocina, todo lleno de cacharros y sin un centímetro de espacio libre.

—¿Tan malo sería?

Alzó una ceja ante mi tono.

—Incómodo seguro, pero sé que realmente no es eso lo que me estás preguntando.

—Besó mis labios y sonreí en su boca. Me conocía bien, había dedicado los últimos dos años en hacerlo a conciencia, aunque aún pudiese tomarle el pelo de vez en cuando—.

Cuando vivamos en nuestra casa tendremos de nuevo esta conversación, ¿de acuerdo?

—Puede que ese momento esté más cerca de lo que crees —canturreé meciéndome contra su cuerpo en nuestro abrazo—. Creo que tu hermana nos ha encontrado la definitiva.

—¿Dara?

—Sí. Ayer me llamó para decirme que al marido de una de sus compañeras lo han trasladado de ciudad por trabajo y van a mudarse.

—¿Con espacio suficiente para mi caverna y tu estudio, una cocina gigantesca, vestidor para toda tu ropa y espacio exterior? —preguntó con sorna.

—Y hasta una habitación en la que cabe un cambiador y todo.

Adriel pellizcó mi trasero y me mordió en el cuello y, riéndonos, nos enredamos entre piel, jadeos y brazos una vez más, expresando con nuestros cuerpos lo que sentíamos el uno por el otro.

Nunca me cansaría de aquella sensación de vértigo en el estómago cada vez que me miraba o sonreía de medio lado, era algo que me había preocupado con el paso de los meses, pensar que podíamos llegar a estancarnos, a caer en la rutina, pero un par de meses después, con toda la gente a la que queríamos sentados a la gran mesa de nuestro nuevo salón y rodeados de nuestra recién estrenada decoración de Navidad, supe que con él siempre sería así, queriendo más continuamente, necesitando ir subiendo niveles como en un juego demencial, pero delicioso a la vez.

Resultó que nuestra casa ideal se había encontrado siempre muy cerca de nosotros, justo en la calle de detrás de mi hermana y en la misma urbanización.

No era tan gigantesca como la de ellos, claro, aun así, tenía un precioso y amplio jardín, un sótano que ya tenía dueño, pues Adriel ya había colocado su centro de mando allí y, de momento, más habitaciones de las que íbamos a necesitar.

—¿Te ha contado tu hija lo que le pasó el otro día cuando fuimos al hospital para la revisión? —le preguntó mi cuñado a mi padre, que estaba apoyado en la cristalera que conectaba mi nueva cocina con el jardín.

Me encantaba ese detalle, esa gran puerta corredera que integraba ambos ambientes, y más teniendo en cuenta el tiempo que pasaba en aquella estancia.

—Ni se te ocurra.

Fede soltó una carcajada ante el gesto huraño de mi hermana, a la que ya se le notaba una adorable y pequeña curva en su vientre.

—Ahora no nos dejes con la intriga —se quejó Mat a mi lado.

Mi amigo había acudido a mi invitación, sorprendiéndome al llegar acompañado de un chico muy guapo y tan alto como una maldita secuoya.

Se llamaba Koen, era holandés y no tenía ni idea del idioma, pero, eso sí, lo miraba con idolatría.

—Lo siento, cariño —se disculpó Fede con mi hermana, que resopló y se afanó en colocar el café en la bandeja—. Pero admite que tiene su gracia… Resulta que llegamos al hospital, y Estrella decidió aparcar en la zona exterior.

—Es que es una pesadilla ese garaje subterráneo. —Apoyó mi madre repasando la encimera con un paño húmedo.

—Sí que lo es —corroboró la aludida.