EPÍLOGO I - ADRIEL #2
—Joder… —me quejé cuando el placer se mezcló con el dolor de sentir sus uñas clavándose en mi trasero—.
Más despacio… Más des… —Interrumpí mi plegaria al notar que ya no había vuelta a atrás y proferí un gruñido lastimero cuando los primeros espasmos de mi orgasmo inundaron su garganta.
Una vez me sentí capaz de unir varias palabras para formar una frase coherente, mojé mis labios con la lengua—.
Tienes una boca jodidamente perfecta —mascullé sofocado.
Contemplé su sonrisa victoriosa y el destello de un deseo insatisfecho en su mirada, y le prometí con la mía que lo saciaría en cuanto recuperase la respiración.
Por lo pronto la atraje hacia mí, dedicándole con mis labios el guiño torcido que sabía que la volvía loca y que únicamente había utilizado conscientemente con ella.
Sus ojos se concentraron en el gesto y se relamió.
»Me ha encantado tu forma de soplar la vela.
—Soltó una pequeña carcajada recuperando el control de su mirada y enfocándola de nuevo en mis ojos—.
Aunque será mejor que esta técnica quede entre tú y yo.
A nuestras familias les daría una apoplejía si dentro de un rato presenciasen algo así mientras te cantan el Cumpleaños Feliz .
—No seas tonto.
—¿A dónde me llevas? —indagué cuando tiró de mi mano y tuve que utilizar todo el equilibrio del que hacía gala para no tropezar al tener los pantalones por los tobillos.
—Aún no he acabado con mis deseos y tan solo hemos gastado ocho minutos.
Ocho minutos en correrme… y eso que me había contenido.
Qué patético era.
Me fui deshaciendo de los zapatos como buenamente pude mientras caminábamos y, para cuando llegamos a la cama, mi ropa formaba un reguero que marcaba el camino que habíamos recorrido.
Me fijé en que ella rebuscaba en el armario y luego en el pequeño cajón de la mesilla de noche, refunfuñando por lo bajo.
Su postura agachada me atrajo poderosamente y, sin ser consciente de lo que hacía, avancé hasta ella y posé mis manos en sus caderas, pegando mi pelvis contra su trasero proyectado hacia atrás y apretándome contra su carne.
—Mmm… —proferí con gusto—. Quédate así, con suerte reviviré pronto.
Escuché el eco de su risa a la misma vez que me movía contra ella, notando el atisbo de una tenue erección a medio gas.
«Vamos, amiga. Tú puedes, lo de antes solo era un calentamiento previo al gran partido», le dije mentalmente a mi polla.
—Démosle una tregua. Es muy difícil trabajar bajo presión —bromeó y palmeé su trasero—. ¡ Auch !
—¿Qué desea la cumpleañera entonces?
Ella se giró incorporándose a la vez. Se subió a la cama y se aferró a mi cuello.
—Unos besos de momento estarán bien.
—¿Besos? —repetí—. Vale, eso puedo hacerlo.
—Y muy bien, además.
—Gracias.
—No hay de qué…
Invadí su boca con mi lengua, acallándola, y para cuando nos quisimos dar cuenta me encontraba embistiendo entre sus piernas, con todo su cuerpo contorsionado por el placer mientras me enterraba una y otra vez en ella y gruñía como un poseso.
Cabe decir que fueron ciento veinte minutos bastante bien aprovechados.
Bendita palabra esa de «delegar» que lo había permitido, aunque mi cuerpo parecía no saciarse nunca de ella, pues unas horas después me encontraba de nuevo duro con tan solo una de sus miradas y la forma en la que me guiñaba un ojo mientras expulsaba el aire para apagar la llama del pastel que compartiríamos con todos los que nos rodeaban.
Le advertí con un gesto que no jugase con fuego, y ella me sonrió con picardía cuando los demás empezaron a aplaudir.
—¿Qué le has comprado? —preguntó Fede a mi lado. Lo miré aún distraído, y él se rio—. Te tiene sorbido el cerebro, ¿eh?
—Y otras cosas —añadió Leo con sorna.
—A vosotros os lo voy a contar.
—Conociéndoos, seguro que le has comprado algo cursi y tierno —vaticinó el exnovio y mejor amigo de mi chica, buen tío, muy a mi pesar—.
¿Un puzle con vuestra foto besándoos? ¿Una espátula con forma de corazón y los nombres de los dos grabados en una filigrana con la sangre de ambos? ¿Un bebé de unicornio?
Fede se rio y me palmeó el brazo.
—Sea lo que sea, le gustará.
—Sí —murmuré viéndola hablar con Dara.
Mi hermana se había acercado a ella y le tendía una pequeña caja con un lazo rojo en la tapa.
Alicia la abrió y supe que se había emocionado cuando la miró intensamente y terminaron dándose un abrazo, pero ni siendo espectador de esa emotiva escena se disipó parte del peso que sentía en el bolsillo trasero de mis vaqueros.
Una pequeña mano tiró de mi brazo hacia abajo.
—Tito Adirel , ¿tengo que hacerlo ya? —preguntó Fabiola con tono cómplice en un susurro.
La miré enternecido y asentí, agachándome a su lado. Esa pequeña me tenía robado el corazón casi tanto como su tía. Le tendí el sobre con algo de ceremonia, y ella sonrió orgullosa de ser la encargada de llevar a cabo la misión. La besé en la mejilla.
—¿Recuerdas todos los pasos? —Asintió solemne—. Bien. ¿De verdad crees que le gustará?
—Le va a retequechiplar. —Y, aunque se trabó con la última palabra, lo dijo totalmente convencida.
Su sonrisa inocente me animó y calmó a partes iguales.
—¿Lista?
—Lista.
Me puse en pie cuando la pequeña comenzó a caminar hasta su objetivo y no perdí detalle de Alicia, que centró toda su atención en ella y en lo que le decía un instante después.
—Tengo una misión para la chica manzana —atisbé a leer en sus labios lo que habíamos ensayado innumerables veces.
Entonces le tendió el sobre, y el objeto de mi deseo lo abrió buscándome con los ojos. Yo la miré encogiéndome de hombros y observé cómo lo leía con un nudo en el estómago.
Le di un trago a mi refresco.
—¿Aceptas el desafrío , tata?
—Acepto —le contestó sin romper el contacto visual conmigo.
Le guiñé un ojo antes de que comenzase la búsqueda de cada pista que la mantendría entretenida un buen rato.
Esperaba que toda aquella parafernalia la condujese al mejor de los regalos que iba a recibir en sus recién estrenados treinta años, aunque era una empresa difícil, pues su familia se había dejado la piel —y muchos el bolsillo— en cada uno de ellos.
Se pasó los dos días siguientes llorando.
Jamás habría imaginado que una persona podía deshacerse de tanto líquido por los ojos y, aunque sabía que era de lágrima fácil, admito que llegué a preocuparme. Ella me aseguró que tan solo estaba feliz y abrumada, pero hasta que no llegamos a nuestro destino no respiré tranquilo.
—¡Estamos en París, Adriel! —exclamó extendiendo los brazos al abrir la puerta de la terraza.
Inspiró con fuerza y cerró los ojos; sentí un nudo apretarme el corazón mientras la contemplaba, y eso, después de un viaje en coche desde Costa Serena hasta Valencia de más de cuatro horas cargadas de preguntas y un vuelo que iba a ser mejor olvidar, pues casi no cabíamos en los asientos de la clase turista, tan solo podía significar que estaba irremediablemente enamorado de ella.
—¿Estás bien? —le pregunté unos minutos después al verla callada, apoyada en la barandilla y observando la Torre Eiffel en el horizonte.
Asintió sorbiendo por la nariz justo cuando me colocaba a su lado y acariciaba su espalda.
—Es lo que siempre he soñado.
—Sé que no —acepté—. Pero espero suplir un poco la compañía que necesitabas para este viaje tan especial.
Ella se giró y me miró con cariño.
—Mi abuela me hubiese dado con la zapatilla si no hubiese venido contigo.
Sonreí.
—Espero que el gesto no le haya molestado, me dan pavor las zapatillas voladoras.
—No sé —canturreó dejando de lado el brillo triste de sus ojos—. Quizá se te presente por las noches para agradecerte mientras duermes el haber recreado su vestido en mi talla. Ambas sabíamos que nunca iba a entrar en una treinta y ocho.
—¿Te ha gustado de verdad?
—Me encanta. ¿Cómo lo has conseguido?
—Jamás reconoceré haberme pinchado los dedos mientras mi madre me reñía por hacerlo mal.
Ella abrió mucho los ojos y me miró francamente sorprendida.
—¿Lo has hecho tú?
—No. Yo solo no. Mi madre y sus intensas amigas me ayudaron o más bien las ayudé yo a ellas, pero, aunque pusieron todo su empeño, reconozco que a mí se me da mejor la tecnología, ¿para qué nos vamos a engañar?
—Pero tu madre…
—Todo dentro de sus posibilidades —la tranquilicé, pues sabía que se preocupaba por ella—. Es una maestra exigente que sabe lo que se hace. ¿Te lo has probado ya?
Negó con la cabeza.
—Aún no. Tengo miedo de que tampoco me quepa.
La atraje hasta mí y la besé transmitiéndole todo mi amor y confianza.
Resultó que la réplica le quedó perfecta, y yo me sentí el tío más afortunado al poder estar a su lado contemplando esa radiante sonrisa perenne en su cara.
Esa noche, mientras paseábamos de vuelta al hotel agarrados de la mano y sin prisas, supimos que alguien más estaba de acuerdo con aquel descabellado plan que me había tenido en tensión durante los dos últimos meses, justo desde que se me declarase delante de una cámara exponiendo sus miedos y sentimientos al mundo, y yo decidiese que lucharía por ella con toda mi jodida alma cada día del resto de mi existencia.
Porque las señales existían, muestra de ello fue lo que vivimos cuando la televisión de un pequeño y coqueto restaurante al pie del río Sena emitió las imágenes de una película en blanco y negro que hacían relucir a Audrey Hepburn con la misma luz que desprendía Alicia justo antes de besarnos.
Porque su abuela nos estaba dando su bendición.
Y porque lo que un día fue un juego de niños, algo tan inocente como querer calmar la tristeza que adiviné en sus ojos por aquella primera manzana en su mochila, se había convertido en la razón de mi existencia y el motivo de mi felicidad.
Y jamás iba a dejarla escapar de nuevo, había aprendido la lección.