EPÍLOGO I - ADRIEL
Recordar el pasado a veces era un ejercicio necesario, aunque algunos recuerdos no fuesen del todo agradables.
Mi ayer tenía momentos buenos y malos, como el de todo hijo de vecino, pero hacía tiempo que me había propuesto sacar una lectura positiva de cada uno de ellos, ya que había comprobado a base de palos que solo así se podía seguir avanzando.
Pero, puestos a imaginar, si hubiese podido me habría gustado viajar en el tiempo para facilitarme un poco las cosas, como por ejemplo diciéndole a ese chiquillo de nueve años que no siempre debía hacerse el fuerte tras el abandono de su padre, pues él no había sido el culpable de las decisiones de un adulto irresponsable e insensible.
También habría animado a mi versión adolescente para que luchase un poco más por lo que quería y no se dejase llevar por la cobardía o el desánimo que tanta mella hacía en él por aquel entonces.
Unos años después, le habría alentado para que saliese de su zona de confort y cortase con todo lo que sabía que no estaba destinado para él, como por ejemplo su relación con Carla; que tampoco dejase de lado a su familia en ciertos momentos y que no permitiese que nadie menospreciara la forma en la que se ganaba la vida, honradamente y con algo que siempre le había apasionado, ya que, a pesar de que su profesión no era muy reconocida y nadie se paraba a pensar en lo que implicaba ser un gametester más allá de alguien a quien le pagan por jugar a videojuegos, solo unos pocos sabían realmente lo monótono que podía llegar a resultar pasarse horas y horas examinándolo todo al detalle, probando una y otra vez diferentes estrategias para detectar fallos de programación o incongruencias y aportar ideas de mejora a los programadores para hacerlo más atractivo para su público potencial.
Que sí, que jugaba a videojuegos y me pagaban por ello, pero había que ir un poquito más allá en la explicación.
Por último, a mi versión más reciente me hubiese gustado recordarle que, aunque para ser feliz tendría que luchar cada día, siempre iba a ser mejor hacerlo rodeado de la gente a la que se quiere y acompañado de la persona idónea.
Y Alicia era mi persona idónea.
Siempre lo había sido, aunque hasta hacía poco hubiese estado totalmente ciego y amnésico.
Hacía siete meses que había vuelto a verla, en el amplio sentido de la palabra. Siete meses desde que, rodeados por unos desconocidos que en su día fueron nuestros amigos más fieles, su sonrisa golpease contra mi pecho e hiciese de chispa necesaria para resucitar mi motor gripado desde hacía años.
Siete meses cargados de errores, obstáculos y confusiones, pero también de esperanza, ilusión y promesas.
Si pensaba en ella me daba cuenta de que hasta algunos antónimos, cosas totalmente contrarias entre sí, se podían fusionar con facilidad, ya que Alicia era susceptible, pero confiada, perseverante dentro de su versatilidad, decidida e insegura a la vez, e incluso impuntual, aunque responsable.
Y así, con ella en mi mente y una sonrisa efusiva, entré en su apartamento, que ya consideraba un poco mío también, y sonreí al escucharla tararear dentro del baño.
Estaba tan jodidamente enamorado de ella que podría haber destripado la canción a base de gallos y me hubiese seguido sonando a música celestial.
—No te vas a creer la oferta que había en la tienda… —anuncié alzando la voz mientras depositaba la compra en la isla de la cocina. Después me encaminé hasta la puerta del baño y la abrí—. «Apadrina una fruta».
Terminé la frase bajo un balbuceo tosco y la miré alzando una ceja, turbado por su postura y lo que se traía entre manos en el reducido cubículo.
—¿Apadrinar? —Me miró por encima del hombro—. ¿Qué se ha fumado Asunción esta mañana? Cada día hace unas cosas más raras en el supermercado.
Sacudí la cabeza un par de veces intentando recobrar la compostura.
—Dudo que esa señora haya estudiado marketing en algún momento de su longeva vida, pero ha sido una estrategia muy efectiva… Me he traído una caja de frutas raras y un poco feas —admití sin un atisbo de vergüenza—. ¿Qué estás haciendo?
Ella se giró hacia mí y me miró, encogiéndose de hombros con un gesto tan inofensivo que no pude evitar sonreír.
—Mimándome —respondió, y yo alcé las cejas sin comprender—.
Vale, hemos llegado a ese punto. —Se acercó a mí y me agarró de las dos manos, dotando a sus palabras de un aire trascendental.
No pude evitar que mis ojos se fuesen de nuevo a la cantidad de piel descubierta de su increíble cuerpo y me mordiese un labio con saña—.
Cariño, creo que estamos preparados para dar este paso en nuestra relación.
Voy a revelarte mi secreto más grande y mejor guardado.
Sonreí entretenido.
—Ah, ¿sí?
Ella asintió y se dio la vuelta conteniendo una sonrisa traviesa.
Agaché mis ojos para leer el mensaje que tenía adherido a su trasero. « Shakeit » o lo que traducido significaba: «Estrújalo». No pude evitar dejar ir una carcajada.
—He aquí el motivo de por qué mi culo cotiza al alza y está tan suave como el de un bebé.
—¿Qué es? ¿Una pegatina mágica? —Toqué con un dedo sobre uno de los parches que cubrían sus cachetes con simple curiosidad masculina.
—Más o menos. —Se giró de nuevo y se pegó a mí, haciendo que sus pechos comprimidos en un sujetador bastante sugerente se apretasen contra mi camiseta.
Tragué saliva cuando noté que mi pantalón se estrechaba por la zona de la entrepierna y deslicé mis manos por su marcada cintura—.
Es una mascarilla con la fórmula mágica para conseguir un culo hidratado, reafirmado y maravillosamente sedoso —aclaró y como acto reflejo llevé mis manos hasta él con la intención de pellizcarlo.
Ella se apartó haciendo un sonido con su lengua contra el paladar—.
Deja que actúe, cuando me la quite verás lo tentador que resulta, brillantito y terso.
Te dejaré manosearlo todo lo que quieras entonces.
—Eso espero —gruñí como un animal en celo.
—Y ahora tenemos que terminar de organizar los…
La detuve poniéndole un dedo en los labios, conocedor de lo que iba a decir. Agarré su cuello con ambas manos y la besé escuetamente.
—Está todo listo desde ayer y me prometiste que hoy no ibas a agobiarte con los preparativos —afirmó reticente con su cabeza—. He hablado con tu hermana, ellos se van a encargar de lo que falta para que tú puedas descansar.
—No hace falta que…
—Alicia —la interrumpí de nuevo—. Vas a olvidarte de todo.
—Mmm. Me gusta ese recién descubierto tono autoritario —ronroneó—. Vale, está bien. Delegar, delegar… Y ¿a qué hora venían tu hermana y tu madre? —Alcé una ceja.
»¿Tampoco eso? —solté un «no» rotundo y tuve que aguantarme la risa ante su gesto infantil y enfurruñado—. Pues vaya gracia.
Miré el reloj de mi muñeca, y ella se abrazó a mi cuerpo buscando mimos. Besé su cabeza y la rodeé con los brazos antes de hablar.
—Tenemos un par de horas libres. ¿Qué quieres hacer, chica manzana?
Ella se separó de mí y alzó la cabeza con una sonrisa juguetona, haciendo que nuestros ojos se encontrasen.
Su mirada mutó con un brillo incendiario que actuó directamente sobre mi polla y observé expectante cómo, sin pronunciar palabra, se escurría por todo mi cuerpo hasta quedar de rodillas frente a mí.
Casi me corrí con ese puto gesto.
—¿Cuántos deseos concede este genio? —preguntó frotando por encima de la tela del pantalón.
—Los que quieras.
Mascullé mi respuesta mordiéndome el labio inferior y aguantando las ganas que tenía de apoyarla sobre el lavabo y embestirla desde atrás, tan fuerte como pudiese.
—Qué generoso…
Siseé cuando apretó un poco más, cerrando los ojos un segundo. Al volverlos a abrir ella me observaba concentrada en mis gestos. Era del todo consciente de que estaba haciendo un ejercicio titánico de contención y también sabía que lo hacía por ella, única y exclusivamente.
—Sé que me voy a echar piedras sobre mi propio tejado —le dije en un atisbo de cordura—, pero ¿no preferirías pedir algo para ti en vez de para mí?
—¿Y eso por qué?
—Porque es tu cumpleaños.
—Precisamente por eso. —Desabrochó los botones de mi tejano y mi erección más que dispuesta, tersa y brillante sin necesidad de mascarilla, saltó frente a su cara ansiosa de recibir sus atenciones.
Alicia tenía una boca brutal y sabía usarla, y por supuesto no iba a ser yo quien se quejase por recibir una buena mamada.
Estaba enamorado, pero no loco, joder—. Tú eres mi tarta y tienes una vela gorda y muy apetecible por aquí para mí.
«Y más grande que se iba a poner»
La frase soez que le iba a soltar se quedó atascada en mi garganta al sentir cómo la introducía casi por completo en la calidez húmeda de su boca.
Eché la cabeza hacia atrás profiriendo un gruñido de satisfacción.
Cuando la observé de nuevo quedé embriagado por la visión de mi carne entrando y saliendo.
Delicioso…
Durante unos minutos que me supieron a gloria se dedicó a succionar, lamer y acariciar toda la longitud de mi erección con sus carnosos labios.
Hacía rato que me encontraba patéticamente cerca de correrme, estaba intentando prolongar un poco más el placer de sentirla a mi alrededor, pero todo mi plan se fue al traste cuando comenzó a proferir gemidos estrangulados, a la vez que se movía con mayor ímpetu y velocidad, decidida a exprimirme hasta el cerebro.