El único fruto del amor es la manzana (Costa Serena 1) CAPÍTULO 40 – UN GRAN GESTO
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CAPÍTULO 40 – UN GRAN GESTO

En un universo de sabores, la manzana es la reina del cotarro.

Actualidad

Aún no podía creerme lo comprensivo que se había mostrado Adriel cuando reuní el valor para hablar con él y sincerarme. Cierto era que mi padre ya le había puesto en antecedentes con aquella llamada que confesó hacerle, pero, siendo franca, esperaba algún reproche por su parte.

No lo había habido, aunque, si teníamos en cuenta que desde que quedamos para hablar no nos habíamos vuelto a ver, tampoco podía cuantificar el alcance de la onda expansiva de mi salida de tono de hacía una semana.

Porque no, no me enorgullecía mi comportamiento ni tampoco los reproches que le había lanzado por el simple hecho de haberse relajado bebiendo en una fiesta.

—Ali, ¿sigues ahí o estoy hablando solo como un gilipollas?

Presté de nuevo atención al teléfono que tenía apoyado en mi oreja y carraspeé.

—Perdona, Leo. Me he distraído.

—¿Qué estarías haciendo? —cuestionó con retintín y malicia.

—Definitivamente, no lo que tú estás pensando.

—¿Qué quieres? Mi mente es como una lavadora, dentro hay cosas muy sucias dando vueltas continuamente y si a eso le sumamos que tengo una jefa que raya la ninfomanía, de ahí no puede salir nada decente.

Solté una carcajada.

—Gracias.

—¿Por creer que te estás tocando mientras hablas conmigo?

—Leo, por lo que más quieras —me quejé—. Gracias por no desistir conmigo y remover cielo y tierra para que esto se solucionase.

—Tan solo hablé con tu hermana, era parte de la letra pequeña del contrato de «mejor amigo» —bromeó restándole importancia—. Eso sí, espero un buen regalo en mi próximo cumpleaños.

—Ya veremos.

—¿Cómo estás?

—Bien.

—Ya… ¿Qué pasa?

—No lo he vuelto a ver desde el jueves.

—Es sábado, no hace tanto.

Suspiré y encogí la nariz haciendo una mueca mientras me dejaba caer en el sofá.

—Antes de la pelea estábamos todo el día juntos, apenas nos separábamos y cuando lo hacíamos era por poco tiempo —admití—. Pero desde que hablamos y aclaramos las cosas no parece encontrar un rato libre para vernos.

Leo se mantuvo en silencio durante unos segundos.

—¿Estás segura de que la conversación fue bien?

—Sí —afirmé y rasqué con saña un pequeño granito de mi tobillo hasta que me hice sangre—. Me dijo que me entendía y que lamentaba no haberlo sabido antes, porque podría haberme evitado el mal rato.

—¿Y nada más?

—Pues estuvimos dando un paseo por el pueblo, parecía normal y cuando me dejó en la puerta del apartamento me dio un beso.

—¿Con lengüita?

—¿Tú qué crees?

—Pues no lo sé, Ali. Sois como dos puñeteros algodones de azúcar y no sé por dónde pillaros el punto —convino—. Tantos cariñitos, miraditas enamoradas y susurros me tienen descolocado. Yo soy más de pollazos en la mejilla.

Me separé el teléfono de la oreja mirándolo asqueada.

—¡Joder, Leo! Qué puto cerdo eres.

Él se carcajeó con ganas.

—Tengo que colgar, Ali —interrumpió su propia risa—.

Antes de marcharme voy a hacer gala de mi etiqueta de «mejor amigo» y te voy a dar un consejo: haz algo especial por él.

No sé, así, a la ligera, se me ocurre que, por ejemplo, puedes presentarte en un restaurante atestado de gente con un ramo de manzanas y declararle tu amor eterno…

Sonreí.

—Un gran consejo.

—A servir —se despidió—. Y, Ali, pídele que te dé unos toquecillos en la mejilla la próxima vez, verás qué bien sientan.

Colgó entre risas antes de que pudiese terminar de decir la burrada que había comenzado a vociferarle.

En realidad, llevaba razón, si quería demostrarle a Adriel que estaba dispuesta a poner todo de mi parte para superar los problemas y tener una relación sana y adulta con él, debía hacer algo lo suficientemente importante como para que entendiese que le quería y que no estaba dispuesta a dejarle escapar de nuevo por mis miedos o traumas, como ya había ocurrido en el pasado.

Porque lo que en su día fue un enamoramiento platónico y adolescente, lleno de dudas e inseguridades, había mutado y se había convertido en un sentimiento maduro que debíamos terminar de cultivar juntos para que floreciese y nos deleitase con todo su esplendor.

Sonreí cuando un pensamiento cruzó mi mente y di gracias al destino por regalarme la visión de la idea en la víspera de un día tan importante para el amor como San Valentín.

No tenía tiempo que perder, debía prepararlo todo y concretar los detalles de mi plan para que saliese como yo quería y, aunque era difícil, iba a dejarme la piel en conseguirlo, fuese como fuese.

Cuando esa misma noche volví a hablar con Leo, y le expliqué que su cometido era asegurarse de que Adriel estuviese dentro del plan, rio con ganas y aseguró que siempre había confiado en mí.

Decir que no pude pegar ojo esa noche sería poco.

Vi pasar cada hora del reloj y para cuando marcó las seis decidí que ya tenía suficiente.

Me levanté, limpié la casa al completo sin creerme la cantidad de suciedad que podían acumular unos ridículos veinticinco metros cuadrados en tan solo unos días y, sabiendo que aún necesitaba derrochar energía, salí a correr.

Me reconfortó ver el amanecer con la única compañía de las gaviotas que revoloteaban sobre la playa y con nervios, pero sin dejar de sonreír, volví a casa dispuesta a que ese día marcase un antes y un después en nuestra relación.

Esperaba que para bien, claro.

Cuando llegó el momento reajusté la cámara en el trípode, carraspeé y miré el reloj.

Tan solo faltaban unos minutos para que marcase la hora que había comunicado en mis redes sociales.

Había recibido muchísimos mensajes privados y comentarios entusiasmados ante la idea de ese directo con «algo especial» que había anunciado, y mis seguidores no paraban de especular.

Sonreí y me mordí el labio inferior.

Nadie había acertado, pues ninguno conocía mi relación con Adriel ni tampoco que todo lo que iba a pasar en escasos tres minutos era por y para él.

A eso había que sumarle las apuestas en el grupo de mi familia, donde Leo, que era el único que sabía lo que pretendía hacer, se mantenía asombrosamente callado, aunque no dejaba de instigar a los demás con teorías de lo más absurdas.

Ah, y por supuesto me iban a ver todos…

Así que, con muchas esperanzas, una cantidad desorbitada de nervios y jugándome parte de mi vida y de mi futuro —vale, quizá no tanto, pero era un momento crucial en mi existencia y una vez más me permitía dramatizar un poco más de la cuenta—, comencé a transmitir en directo.

Me mantuve en silencio los primeros segundos, observando cómo el número de personas conectadas no paraba de subir y veía reproducidos en la pantalla de mi portátil, estratégicamente colocada frente a mí, los mensajes de los primeros valientes.

—¡Hola, sabrosuras! —Tragué saliva sintiendo mi voz áspera y la boca seca—.

Espero que estéis de rechupete… —concluí la cabecera del saludo que llevaba utilizando desde el inicio del canal y respiré hondo—.

Sé que muchos os estáis preguntando qué es eso tan importante, exclusivo y especial que tengo preparado para este día de los enamorados.

He recibido cantidad de mensajes con vuestras apuestas y debo deciros que no, no es ninguna variante de las fresas con chocolate ni una tarta con forma de corazón…

Eso ya está muy manido, ¿verdad? Lo que traigo hoy es aún más excepcional, ya que nunca lo he hecho en el canal.

»No sé si alguno se habrá dado cuenta, pero desde mis inicios hay un ingrediente que jamás —recalqué esta última palabra sintiéndome más serena conforme iba hablando— jamás he utilizado en ninguna de mis elaboraciones.

¿Creéis que podéis adivinarlo? —Concedí un instante y fui leyendo los comentarios poniendo muecas.

»Bueno, algunos habéis acertado, aunque debo decir que otros me habéis perturbado con las respuestas.

—Me reí dejando escapar un poco más los nervios en las carcajadas—.

Bien, no os mantengo más con la intriga, hoy haremos una de las recetas más populares de la repostería mundial, una tarta icónica y con infinidad de versiones, sin embargo, la que os traigo hoy es una declaración de intenciones en toda regla, pues esta receta familiar ha ido pasándose de madre a hija y, aunque yo no tengo el honor de ser descendiente directo de esta preciosa familia, mi mentora en esta ocasión siempre me ha considerado como tal y me la ha cedido gustosa para ver si así consigo mi propósito.

Gracias, Isabel. —Inspiré hondo y sonreí, elevando la fruta que había permanecido fuera de plano y que ahora ocupaba toda la imagen en la pantalla.

»Tarta de manzana —anuncié con ceremonia—.

Venga, tomad nota, que ahí van los ingredientes que vamos a necesitar.

—Los fui enumerando junto con sus respectivas cantidades y comencé a mezclar la leche con las yemas de huevo y la harina de maíz para preparar la crema que serviría de relleno—.

Y hoy, por ser el día que es y mientras seguimos elaborando cada paso, quería contaros una historia muy especial.

La historia de un primer amor, las aventuras de un chico y de una chica que con trece años descubrieron, a través de algo tan simple como una manzana, lo que era estar enamorados y todo lo que un sentimiento tan enorme podía suponer.

—Alternaba mi narración con la receta, sabiendo que esas pausas los mantendrían expectantes y sirviéndome para reponer fuerzas por la marea de sentimientos que los recuerdos estaban provocando en mí.

»Algunos podrían catalogar sus inicios como algo catastrófico, pues se vieron obligados a sentarse juntos en clase, separados de su núcleo habitual de amigos y sacándolos de su zona de confort.

Eso para un adolescente ya es un acontecimiento en sí, pero, no contentos con eso, la madre de la chica, cómplice indirecta del destino, dio pie a que un simple desayuno se convirtiese en una deliciosa costumbre.