CAPÍTULO 39 – AYUDA
La vida es una sucesión de hechos que a veces, para comprenderlos, hay que haberlos vivido… o al menos conocerlos.
Actualidad
Observé a mi padre sentado en el sofá de mi apartamento.
Estaba bastante tenso y no paraba de remover el café con la cucharilla en un acto mecánico.
En ese instante no lo sabía, pero él intentaba encontrar las palabras apropiadas para comenzar una conversación que no iba a resultarnos agradable a ninguno de los dos, a pesar de ser muy necesaria y sanadora.
—Muchas gracias por el cumpleaños, estuvo todo genial —dijo antes de darle un sorbo a la taza y depositarla en la mesita frente a nosotros. Cogió aire, se giró en el asiento y me encaró—. No me resulta demasiado fácil abordar este tema, aun así, creo que es necesario que hablemos.
Preocupada, me reacomodé agarrando un cojín y abrazándome a él.
—¿Qué pasa, papá? ¿Estás bien? ¿Le ocurre algo a mamá?
—Sí, no te preocupes. No es nada de eso.
—Suspiró y se rascó la barbilla compulsivamente antes de animarse a hablar—.
Alicia, sé que no soy un padre demasiado abierto con vosotras, tu madre es la conciliadora de la familia y entiendo que quizá por eso no hayas querido venir a contarme lo que te sucedía.
Fruncí el ceño y lo miré sin llegar a entender de qué era de lo que estábamos hablando exactamente.
—¿A qué te refieres?
—A lo que te ha ocurrido con Adriel.
Me encogí de hombros, incrédula, y negué con cariño.
—Papá, no te ofendas, pero no me siento del todo cómoda hablando de mis problemas de pareja contigo. Es… raro.
Él me miró con cariño y un deje de culpabilidad teñía su mirada.
—Esta mañana he hablado con tu hermana —soltó sin rodeos—. Vino a casa preocupada y me contó lo que os pasó el sábado por la noche.
Por un momento mi mente recreó la escena subida de tono que habíamos protagonizado en la cocina y me estremecí cuando noté una punzada de dolor en el pecho por el recuerdo, sin embargo, descarté automáticamente la idea de que hubiese ido hasta mi casa para hablar de eso, por lo que tan solo quedaba…
—Estrella no estaba cuando ocurrió —contesté a la defensiva.
—Leo se lo contó. —Mi cuerpo se incendió y negué con lágrimas en los ojos, sintiéndome vendida por mi mejor amigo.
No tenía derecho, no tenía ningún derecho a ir contando la discusión que mantuvimos Adriel y yo, de la que tan solo él y Leire habían sido testigos.
Me mordí el labio con fuerza, aguantando las ganas de llorar.
»Estaban preocupados por ti —los justificó—. Llevas aquí encerrada desde entonces y ya no sabían qué hacer para llegar a ti.
—Dejarme espacio, ¿por ejemplo? Si no contesto al teléfono y prefiero quedarme en casa querrá decir algo, ¿no?
Mi padre apretó con afecto mi muslo, intentando infundirme calma.
—Cariño, sé que estás mal y ahora mismo te sientes traicionada. Te juro que me encantaría que nadie te provocase daño a lo largo de tu vida, pero sería demasiado hipócrita por mi parte exigir algo así cuando el primero que te hirió fui yo haciéndoos vivir un calvario cuando aún eráis unas niñas.
—Papá…
—No, hija. Déjame hablar. Para mí no es fácil reconocer que fui débil y que por mi tropiezo aún padeces las consecuencias.
—No pude contener más las lágrimas y estas bañaron mi cara—.
No fui un buen padre entonces y no lo sería ahora si me desentendiese del tema.
Las cosas que le dijiste a ese muchacho no fueron justas.
Sabes que en el fondo no iban dirigidas hacia él, sino a mí.
Yo fui el único culpable y no sería honesto que otras personas pagaran por mis errores.
—Tú no tienes la culpa, estabas enfermo y conseguiste curarte.
—Sí, Alicia, sí que la tuve, no me justifiques —afirmó con rotundidad—.
Yo era adulto y sabía lo que hacía, aunque los motivos me sirvieran de excusa.
Y lo peor es que en ese momento no pensé en lo que podría causar con mi comportamiento.
Me convertí en un borracho, y las tres personas a las que más quería padecieron un calvario del que me arrepiento cada día de mi vida.
—Yo te perdoné hace mucho tiempo.
—No —negó con una sonrisa triste—. No lo hiciste del todo y lo comprendo. Incluso sin ser consciente estás utilizando lo que retienes aquí —añadió tocando mi frente con sus dedos— para culpar cosas que salen de aquí. —Llevó su índice hasta mi corazón y presionó ligeramente en él.
—Pero lo de Adriel no…
Me cortó.
—Adriel no soy yo, mi vida. Que una persona joven y sana beba de vez en cuando no significa que vaya a volverse un alcohólico como lo fui yo. —Sorbí por la nariz, prestándole atención—. No puedes echar sobre sus hombros algo que no le pertenece cargar. Ese chico te importa, y tú a él también.
Esa vez fui yo la que lo interrumpí.
—Papá, sé que me pasé y me arrepiento, pero no creo que sea coherente ir a pedirle disculpas cuando esto puede pasar de nuevo.
¿Quién me dice que en la próxima barbacoa o en cualquier otro momento no me sienta igual y vuelva a hacerle daño?
No puedo controlar lo que siento con respecto a este tema, no sé hacerlo.
—Lo miré abrumada—. Y realmente tampoco sé si le importo lo suficiente como para llegar a perdonarme por las cosas que le dije.
—Él ha asumido un error sin comprender qué es lo que realmente ha hecho para que le echases de la fiesta, delante de Leo y de su pareja.
Le ha pedido disculpas a Estrella y Federico por la falta de respeto que ocurrió en su casa y por las formas en las que os tratasteis los dos, y no me cabe duda de que le importas lo suficiente después de haberle cogido el teléfono a un viejo huraño y un poco antipático, y haber escuchado toda la historia que provocó tu reacción del sábado con educación y empatía.
Los ojos se me abrieron de par en par.
—¿Qué?
—Se merecía una explicación, y es lo mínimo que podía hacer por mi pequeña después de haberla hecho sufrir así durante tanto tiempo.
¿Él había llamado a Adriel y le había contado todo lo ocurrido en el pasado?
Me costaba asimilarlo y a la misma vez no podía permitir que los ojos de mi padre lanzaran ese destello de tristeza que vislumbraba cuando nos manteníamos la mirada.
—Papá, tú no me has hecho sufrir. Eso ya pasó…
—Si pudiera borraría todo aquello, intento cada día resarciros por mis errores y te juro que lo haré durante el resto de mi vida.
—Me eché sobre su pecho y lo abracé rompiendo a llorar.
Todas las emociones que había intentado retener desde hacía casi cuatro días se me desbordaron por los ojos mientras él me acariciaba el pelo y continuaba hablando emocionado—: Yo creía que lo había logrado, que habíamos dejado el pasado atrás, no como si nunca hubiese existido, pero sí como algo superado.
Y cuando me dijeron lo que le habías gritado a ese chico supe que no lo había conseguido. No al menos contigo.
—Lo siento.
—Me tendrías que haber contado lo que te ocurría y hubiésemos buscado ayuda juntos.
—Lo sé.
—Y tendrías que habérselo explicado a él también.
—No podía, aún no podía…
—Sé que es vergonzoso admitir que tu padre te hizo pasar por algo así, pero, si te estaba afectando en tu vida y en vuestra relación, tendrías que haber sido sincera.
Me separé de él y lo miré, despejando con las manos mis ojos llenos de lágrimas.
—Tú no me avergüenzas, papá.
—No creas que no me doy cuenta de cómo evitas hablar de él —me dijo con ternura—. Hazlo por mí, creo que es un buen hombre. Habla con él, por favor.
Asentí enternecida y a la vez muerta de miedo.
—Lo haré.
—Y déjame que busque ayuda, quiero hacerlo por ti. Lo superaremos juntos, ¿de acuerdo?
Volví a asentir emocionada, y ambos, con lágrimas en los ojos, nos abrazamos sintiendo que ese era el primer paso para superar los baches del pasado.
Sí, debía ser sincera y exponerme a Adriel, mostrándole no solo las partes bonitas, sino también esos monstruos que me acechaban, a los que esperaba poder darles caza muy pronto.
¿Me daría una oportunidad para resarcirme?